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5º Día en Amast – Seathora

Caí de morros contra el suelo. Álvaro y JR se reían del golpe que me había dado; no calculé bien la distancia con aquella velocidad, aparte de que ya me costaba correr erguido. Le pedí a Rito que no volviera a acelerar de aquella forma tan sólo una parte del cuerpo.

Aunque, al menos, aquello sirvió para llegar rápidamente a la ciudad portuaria. Tras quitarme el polvo, indiqué a los otros dos el camino más corto y proseguir de nuevo hasta ver el mar. No tardamos en divisar los mástiles de los navíos.

Y, como me esperaba, allí estaban ellos. Los piratas, la tripulación del Vegas, aún sin capitán… algo que no era de extrañar. Llamé al que se suponía era el líder, pero no lo aceptaba.

-¡Ecuel! -Saludé feliz de volver a verle. Tenía un arañazo en el brazo que parecía reciente, aparte de un ojo morado.- Ya te has pegado con Cuervo otra vez ¿no? -Supuse enseguida.

-¡Eh, Maxi! -Saltó de la embarcación para devolvernos cordialmente el saludo- ¡Que va! ¡Si con ella no hay quien se meta, ya sabes! Dile algo y estás jodido. -Sergio miraba fijamente el barco con cierto escepticismo. A Álvaro todo le pareció normal, ya que había visto todo en mi mente hurgando en el pasado. Según había entendido, Sergio también podía implantar recuerdos, cambiarlos o borrarlos, sólo tenía que moverlos de sitio. ¿Si me quitara mis recuerdos de ellos los perdería? ¿O podría hacer una réplica exacta? No lo sabía, pero al menos era más educado que el Íony del tiempo en ese sentido.

-Sí. Recuerdo una vez que Cuervo me dio un capón… medio mes con un chichón en la cabeza. -Recordaba con cierto miedo aquel día. Álvaro se reía por lo bajo, lo suficiente como para que me diera cuenta, ya que estaba recreando la escena mentalmente.

-¿Que fue del capitán, Maxi? -Preguntaba el pirata.

-Digamos que… ha dejado la vida de íony y ahora lleva una normal de estudiante. Apenas le veo.

-Una pena, es el mejor capitán que hemos tenido nunca.

-¿De quién habla? -Le preguntó JR a su amigo.

-De un Sergio que vive en un pueblo, cerca de Benavente. Era uno de los cinco que iba con Maxi hace unos años. -Explicaba raudo el rubio.

-Mira, estos son JR y Álvaro. Son íonys, como yo. -Les presenté a Ecuel- Tenemos pensado navegar hasta Seathora; nos hemos separado de nuestro grupo y creemos que la mejor opción es buscar en las grandes capitales. Pero corremos el riesgo de que nos detengan.

-Y… ¿cómo es eso?

-Verás, este de aquí -acerqué a Álvaro- es el heredero ilegítimo del trono de Seathora. Gadastra, su prima, es la que tiene el poder en estos momentos. -El pirata lo miró sorprendido, de arriba abajo, no sabía qué responder o hacer.

-No creo… que tu prima te haga daño. -Respondió al fin, tras recuperarse del shock- Por encima de todo ansía la paz y la armonía de su pueblo. Además, nos ayudó en la guerra de hace dos años, contra la organización del norte.

-Ese es otro tema del que quería hablarte, Lobo. -Nombré al chaval como solían llamarle todos allí- Estábamos viajando en la nave de West, rumbo hacia el norte para ver a mi hermano, cuando de repente nos vimos atrapados por unos tipos que buscaban íonys. Para aniquilarlos, claro. Creemos que aún queda un reducido grupo de personas fieles a la organización.

-No me lo creo.

-Pues creételo. -Una chica de pelo dorado, de la misma edad y de semblante serio se asomó desde lo alto del barco. Era su hermana Leona- Están atacando Seathora en estos momentos.

-¿Cómo?

-La situación está bajo control, o eso al menos es lo que muestran en la televisión. Lo están dando en directo; Orca y yo lo acabamos de escuchar por la radio. Por cierto, bienvenido de nuevo Maxi. Bueno, y su compañía, claro está.

-¿Qué hacemos? -Preguntó Álvaro despertando nuestras mentes.

-Tenemos que ir de todas formas. Si la asaltan, será por algo. Qué casualidad que una tierra tan pacífica esté siendo atacada justo ahora, cuando aparezcamos nosotros. Tiene que haber alguien allí. -Me quería arriesgar. Éramos tres íonys, posiblemente los más fuertes.

-No pasará nada, ¿verdad? -Preguntó casi de forma retórica Sergio a su amigo. Este negó con la cabeza sonriente- Nunca he estado en Seathora. Maxi, ¿nos llevas? Imagina que nos teletransportas o algo así.

-Imposible. Debería recordar hasta una mancha en una pared para teletransportaros al sitio exacto. Sería más probable incluso que creara un mundo paralelo de la ciudad sin querer. Por eso prefiero no viajar de esa forma.

-Pues en vez de imaginarte una calle… no sé, una habitación, eso tiene menos detalles. -Aportó ocurrente Sergio- Un baño sería lo más adecuado. ¿Recuerdas alguno? -Y con la idea se me iluminaron los ojos. Los agarré de los hombros y advertí que cerraran fuertemente los ojos.

-Gracias Jota, ya sé el lugar idóneo. ¡Cuidaos, Lobo, Leona! Un placer, como siempre. -No le dimos tiempo a devolver el saludo.

Aparecimos en aquella dimensión cargada y pesada, el canal que permitía conectar todos los lugares habidos y por haber. Otra vez la misma sensación de estar atravesando un flan nos obligó a aguantar la respiración y seguir descendiendo a gran velocidad en medio de ninguna parte. Por un momento caímos erguidos al suelo y entonces sentí que ese era el lugar.

Posé el pie en lo que sería una parte de los vestuarios del gran estadio de Grat-gol de Seathora. Con la mala suerte de apoyarlo sobre una pastilla de jabón. Lo peor no fue el golpe que me di en la cabeza con la cerámica del lavabo, sino que JR y Álvaro se me cayeron encima. La dentadura de Sergio quedó perfectamente plasmada en mi frente, al igual que el codo del rubio en la espalda de este. Un ser humano normal y corriente habría quedado en coma tras esos golpes, mordiscos, codazos… pero los íonys no teníamos tanta suerte.

-Joder, Maxi tío -se quejaba JR escupiendo debido al sabor de la gomina que yo usaba- ¡ni puta idea tienes!

-¡Encima de que me clavas los dientes en la cabeza, capullo!

-Fue sin querer hombre… ¡Que coño! Si es por tu culpa encima.

-¡Claro! ¡Estaba planeado desde el principio pisar un jabón y meternos una leche contra el lavabo!

-Excusas. -Metía cizaña Álvaro.

-Tú mira lo que me has hecho, cabrón. Mañana, moratón.

-Pues te invito a una jarra de cerveza y me perdonas.

-…pues sí. -Y sonreía satisfecho.

-¡Y yo qué! -Me quejé.

-Tú otra. -Decía Sergio.

-Sabes que no me gustan.

-Joder, pues en la cena de quintos quién diría lo contrario.

Cabrón -Pensé sabiendo que no era capaz de defenderme de su comentario.

Tras recuperarnos del accidente nos dirigimos a la salida del estadio. A medida que avanzábamos por los pasillos podíamos oir infinidad de sirenas, ya fueran de ambulancias o de las fuerzas de seguridad, y la seriedad crecía en nosotros.

La gente corría en todas direcciones, ahogadas en su propio fragor. Los vehículos yacían la mayoría volcados y en las calles se divisaban batallas a fuego real. Aquello parecía la guerra, esa que siempre veíamos en películas y en los videojuegos, pero esta vez era real. Sergio me miró con gesto interrogante; Álvaro y yo materializamos las espadas sin más.

-Un momento… no irás a defenderte de balas con una espadita ¿no?

-Somos íonys. Y así combaten ellos.

-No. Eres un ser racional y debes pensar como tal. -Se quejó Sergio.

-¡Venga ya! Rito ralentizará las balas, luego sólo habrá que cargárselos. Es fácil.

-Exacto. -Guiñaba el ojo el rubio, dando a entender que en aquella situación era útil.

-Bueno… vamos allá. -Dijo Sergio no muy seguro- Después de que todo termine irán a por ti, lo sabes.

-Ya pensaremos en algo. Se te da bien planear cosas. -Reía Alvarito. Eso alentó a JR y materializó su espada también- Recuerdo que la calle más corta para llegar a la casa real es esa de la derecha. -Señaló con un gesto de cabeza. Después indicó que había que girar una vez a la izquierda y de nuevo a la derecha, que no tenía pérdida.

-¿Tu crees que las calles seguirán igual? -Pregunté.

-¿Cuántos años llevan las calles de los bares de Villavieja en el mismo sitio? -Obvió Álvaro haciéndome entender.

-Vale. Vamos.

Tras dar tres zancadas ya habíamos alcanzado la velocidad adecuada para atravesar el fuego sin que las balas fueran capaces de alcanzarnos, gracias al poder de Álvaro, claro. Hubo un momento en el que me vi obligado a mirar hacia los lados; por una parte, las fuerzas de seguridad de Seathora disparaban con sus armas, apuntando al enemigo, el cual, apostado a nuestras espaldas, también devolvía el fuego con fuego.

El uniforme de estos seguía siendo el de antaño de la organización, con las siglas bien grandes ilustradas en él. Tiempo atrás, cuando averiguamos que la mayoría de los integrantes de la DAAI eran íonys, no sólo nos dimos cuenta que eran unos hipócritas, sino que debíamos caminar con el triple de cuidado. En aquel mundo había una regla de oro: da igual el poder, la fuerza o la inteligencia de un íony; un íony siempre puede ser derrotado por otro.

Tras varias zancadas y tropiezos conseguimos adentrarnos en la calle que Álvaro nos había indicado. En cuanto dejó de canalizar su poder, pudimos notar como los de la organización dejaban de atacar a las fuerzas de protección para centrarse en nosotros, cómo comenzaba a llover plomo. Por suerte, las balas desde aquella distancia, aunque acertaran en el blanco, no conseguirían dañarnos de forma mortal; solamente si teníamos la mala suerte de que dos impactaran de forma consecutiva en la misma zona del cuerpo.

-Izquierda. -Recordó Álvaro. JR y yo estábamos tan centrados en la retaguardia que olvidamos por completo nuestro verdadero cometido. Dimos las gracias al rubio y giramos al fin.

Nada más torcer el rumbo, los escombros de un edificio amenazaron con caérsenos encima. Cuando parecía que iban a escalabrarnos, atravesaron nuestros cuerpos, incluso el suelo tan desmejorado, e impactaron lejos, a nuestra derecha.

Me fijé que yo, por puro estímulo, había cruzado los brazos sobre la cabeza para no salir herido en partes vitales; por el contrario, Álvaro tornó la vista al frente de nuevo, sabiendo que Sergio desviaría el golpe. Puede que mi poder sobrepasara el de ellos, pero existía una compenetración entre ambos íonys que yo no había sentido con nadie. Esa confianza que roza la clarividencia, adivinar los pensamientos del otro… noté un atisbo de melancolía y envidia en mi interior.

Esta vez si recordamos tomar la calle de la derecha, en la que por suerte hubo tregua. Sin esfuerzo, pudimos vislumbrar el palacio real de Seathora. Tenía la esperanza de poder encontrar a los demás preguntándole a Gadastra; sabía que era amable y empática, pero no sabía hasta que punto.

-¿Te pondrán la mordaza cuando entres? -Preguntó Sergio a Álvaro. Yo no entendí nada, pero me lo notaron en el rostro, así que explicaron raudos.

-Era una especie de camisa de fuerza que mandaron construir a un científico muy famoso del norte. Anulaba todos los poderes que tuvieran que ver con el manejo del tiempo; y no sólo eso. También me daban pastillas y rodeaban mi habitación de esas piedras que anulan el poder de los íonys. Bueno, mi habitación no. Todo el castillo, por si algún día conseguía escapar. Creo que ponían las piedras bajo tierra para que nadie pudiera quitarlas…

-¿Siguen estando, entonces? ¿A eso te refieres?

-Eso creo.

-¿Y anulan cualquier poder? -Pregunté.

-Hombre… pensé que si se lo pidieron todo al mismo tipo no se molestaría en conseguir de las otras rocas tan caras; crearía otras para anular mi poder, sólo el mío en concreto.

-¿Y sí te adentraras en ese campo delimitado notarías que no puedes usarlo? -Insistí.

-Creo que sí.

-Vale. Parad. -Mandé. Se extrañaron al principio, pero escucharon.- Jota, ¿tu venías a este palacio a veces? Para entonces ya eras amigo de Álvaro, ¿no?

-Sí, desde chicos.

-Y entonces, ¿nunca se te ocurrió liberarle de su cárcel?

-Claro que sí. Pero tampoco podía usar mi poder…

-Bueno, pues ahí tienes la respuesta Álvaro.

-De todas formas, nuestra misión es buscar a los demás. Preocuparme por mi prima es cosa mía. No hará falta entrar en el castillo. -Claramente, no quería pasar por allí. Y con razón.

-Yo tenía pensado pedirle algún equipo de rescate; para que nos ayudaran a encontrar a los demás…

-Separémonos entonces. -Tomó la iniciativa JR- Maxi, vete al castillo. Álvaro, ve a la estación subterránea. Yo iré al estadio de nuevo.

-Ten cuidado entonces. -Le pedí.

-Tenedlo vosotros. -Desapareció por una de esas dimensiones tan extrañas. Al instante me sentí como una carga para el grupo, al ver que Rito había desaparecido con la misma velocidad o incluso más. Fue por eso que me noté torpe al correr con mi ritmo habitual hacia el pórtico del palacio.

-Lo han hecho. Se han separado. -Escuché detrás de mí. Torné rápidamente la cabeza, inesperado. Un hombre de constitución ligera y felina hablaba por un pinganillo, apartándose el pelo semi largo que le caía tapándole la oreja. En seguida materialicé mi arma al vislumbrar el signo de la DAAI impreso en su vestimenta.

-Permiso concedido. -Se escuchó del otro lado, aunque apenas inaudible.

-Bien. -Tras guardar el aparato con la diestra, la hoja corta que portaba a la cintura fue abandonando su vaina por obra de la zurda. Parecía meditar de qué forma acabaría conmigo, ya que miraba al suelo pensativo.

-Habéis esperado a que nos separáramos, ¿verdad? Cobardes. -Alcé mi arma.

-¿Cobarde? Es pura estrategia militar, chico. Divide y saldrás victorioso.

Debe ser muy ágil. El arma que porta es liviana también. No es un íony, aunque debo llevar cuidado. Seguramente se ha fijado en que soy el más lento de los tres. Si es de la DAAI me querrá vivo, pero a Sergio y a Rito no. Aunque bueno… debo ganar sí o sí, urgen otras cosas.

-Ven. -Incitó con un gesto de la mano libre.

-Demasiado trabajo. -Me mofaba.

-Como desees. -De media zancada había alcanzada mi posición. De no ser porque había puesto mi arma de por medio habría perdido la movilidad en uno de los brazos, seccionando tendones. Era muy veloz, más de lo que había imaginado, aunque fuera irónico.

Aborrecía el poder que tenía. Era el más poderoso, sí, pero casi imposible de realizar. Creer lo que uno piensa o imagina era dificilísimo; por el contrario, mis fobias y pensamientos más oscuros solían cobrar vida más a menudo, aquellas que pernoctaban en mi subconsciente.

Imaginaba que el tío que ahora me estaba atacando no me hubiera encontrado nunca, que no perteneciera a la organización y que no siguiera ninguna orden, pero era del todo improbable que se llevara a cabo, ya que a cada segundo estaba asestándome estocadas que debía frenar para salir ileso. Eso me mantenía ocupado; debía pararle los pies un rato. Imaginar embatirlo y lanzarlo varios metros atrás era más fácil. Probé.

El enemigo no esperó que le embistiera con aquella fiereza usando uno de mis hombros, pero aun así conseguía anteponerse aunque fuera unas milésimas antes. Conseguí separarme de él. Corrí.

-¿Y tú me llamas cobarde? -Le escuché decir en un tono alto, pero calmado, mientras me alejaba.

-La mejor parte del valor es la prudencia. -Devolví victorioso. Me puse de rodillas en el suelo y me concentré- Con esto te pararé los pies un rato.

No se me ocurrió otra cosa mejor que enraizarlo al suelo, recordando uno de los videojuegos que solía gustarme. Abrí el puño, el cual ahora estaba lleno de semillas que tiré hacia él. Atravesaron la tierra y de esta comenzaron a brotar con vida propia grandes espinos y zarzamoras que amenazaban con enredarse a sus pies. Con una velocidad sobrenatural segó las hiedras una a una; a pesar de que seguían creciendo y renovándose, no conseguían adueñarse de él. Sin pensarlo más, se deslizó rápidamente mediantes fintas felinas, algo que le acercó bastante a mí otra vez.

Mierda. -Bastó con pensarlo brevemente para que un baluarte lleno de pinchos de acero afilado apareciera delante de mí; raudo, me envolvió creando una coraza inexpugnable. Mientras el enemigo comentaba con sarcasmos mi nuevo acto, concentré mi mente.

-¿Qué haces ahí metido? No esperarás a que me vaya, ¿no? -Preguntaba con una sonrisa.

-Cállate hombre. Estoy pensando en como detenerte sin matarte por error. -Se lo tomó a broma, pero era cierto. Imaginar que su cabeza estalla no era nada difícil, casi me costaba retener esas ganas involuntarias creadas por el odio repentino. Pensé que debía dejar de ver películas de zombis.

-Tendré que sacarte yo. -Dijo seriamente. Tanto que consiguió asustarme.

Por suerte desaparecí de aquella prisión de acero antes de haber sido partida por la mitad. Apenas posé el pie en uno de los edificios cercanos, uno de los más sencillos, que había conseguido memorizar para que el teletransporte tuviera éxito. No sabía por qué, pero sólo se me venían a la mente cosas que tuvieran que ver con el espacio y el tiempo. Detenerle, acelerar mi cuerpo como lo hacía Rito, desaparecer y reaparecer en el lugar que yo quisiera…

Joder, qué cojones me pasa. -Me critiqué con furia. Para ser el íony de la imaginación no estaba haciendo mucho honor a mi nombre, pero me costaba mucho crear todo aquello. Recuerdo unos años atrás que todo era muy fácil; pensarlo y crearlo, no importaba qué fuera. Pero ahora… quizá estaba perdiéndolo. O quizá… llevara mucho tiempo sin usarlo.

Sí, eso era. Sin duda. Después de la guerra de hace dos años decidí olvidar ese mundo, a pesar de que sabía que volvería a mí. Fui un completo ingenuo y ahora debía atenerme a las consecuencias que se estaban produciendo. Recordé qué se sentía al salvar a los demás usando ese poder; recordé cómo ayudaba a Ester con su enfermedad pulmonar, cómo salvé a Marta de ser engullida por su propio poder. Sí, lo recordaba. Esa sensación de luchar por algo, volvía a estar presente.

Metí las manos en los bolsillos y me senté en el aire, en ninguna parte, como si de un taburete se tratara. El enemigo no se movió ni un ápice.

-¿No vas a preguntarme como destrocé tu guarida de hierro, eh, Effen? Tenía entendido que eras una persona bastante curiosa.

-Sí, lo soy. Pero más vago que curioso… y paso de preguntar y comerme tu discurso. -Bastó con guiñar un ojo para que la parte del suelo que estaba mirando fijamente estallara. El rival a batir se tiró a un lado ocurrente, aunque había sido por puro estímulo; esto no le libró de recibir una parte de daño, debido a los escombros que impactaron en él.

-Ya vas en serio… bueno, yo también. -De uno de los bolsillos de su traje de la organización sacó una probeta llena de una sustancia, cuyo líquido bebió- Sabe a rayos… maldito Cáracen. Existen más sabores en el mundo. ¡Siempre ácido, siempre ácido! -Se quejaba. Me miró fijamente y me caí del viento, en el cual estaba posado. Interpuse mi espada antes de que aquel golpe vertical me diera alcance, pero recordé cómo había acabado mi defensa de metal. Me aparté rodando a un lado y el edificio entero cayó roto a consecuencia del gran poder.

Observando aquella exageración me di cuenta de dos cosas: la primera, el contrincante conocía algún tipo de magia que le otorgaba fuerza y velocidad. Y la segunda, la peor, era que ese líquido contenía la quintaesencia de un íony, o eso imaginé. Al beberla, se había convertido en un igual.

-Ya veo que lo has comprendido. Eso que acabo de tomar es lo que llamamos “Voluntad del Claro” en la organización. Algo así como la sangre de dicho monstruo. Acelera el ritmo con que las células se crean, a la vez que mutan, y se van transformando en las de un íony. Y ya sabes el famoso dicho…

-Un íony siempre podrá matar a otro, independientemente de su poder.

-Exacto. Y por si fuera poco, hay otra mala noticia más. Al jefe solo le interesa tu sangre. Da igual si te llevo vivo o muerto. Me lo dijo por el pinganillo mientras tú pensabas como librarte de mí en ese escudo metálico. Como podrás intuir, los objetivos de una misión se distorsionan cuando son transmitidas de una manera informal, de jefe a subordinado, de subordinado a soldado…

-¡Y a mí que coño me dices! -Pensé para mis adentros. Tenía que terminar con él cuanto antes e ir en busca de Álvaro y JR.  Conmigo habían tenido misericordia, pero con ellos no existía esa seguridad.

Ángel escudriñó con la mirada lejos, allá en la falda de unas montañas. Esperaba que aquello no fuera un espejismo, porque había encontrado un pueblo. En seguida comunicó la buena nueva a Iván, el cual estaba sentado arrancando hierbajos.

-¡No jodas!

-¡Como lo oyes!

-¿Tienes fuerzas para una carrera?

-Sí, pero es que sería muy feo dejarte atrás. -Bromeaba Ángel con aquella supremacía tan típica de él. En el momento en que la frase abandonó su boca, pensó que no era del todo frívola, pues ya notaba como su entereza aumentaba; tal vez su cuerpo ya estuviera adaptándose a lo que le esperaba.

Veinte minutos eternos y extenuantes fue el tiempo que tardaron en llegar al pueblo. Les pareció un tanto extraño, ya que para acceder a él debían ascender por una rampa de arena. A medida que avanzaban, podían ver dibujos embutidos en las rocas (pues el pequeño despoblado estaba situado sobre un montículo bastante desgastado) que parecían relatar un cuento de hadas.

Se asustaron al mirar arriba, donde una mujer joven, dedujeron debido a su corpulencia, vestida con una capa negra que la tapaba por completo, les miraba consternada. Corrió hacia el pueblo balbuceando unas palabras.

Ángel y Mesi observaron las doce casas que componían el pueblo. Todas estaban cerradas a cal y canto. Los tejados estaban resguardados bajo grandes mantos de paja y la mayoría se componían de madera. De la más grande de todas, la que ocupaba el final de la calle, surgieron dos personas. Parecía ser el jefe de la aldea, el alcalde, si así podía llamársele. Al principio se asustaron, debido a la corpulencia del hombre que se acercaba a ellos vestido de la misma forma que la chica, pero decidieron esperar y no juzgar por las apariencias.

-Bienvenidos, extranjeros, a nuestra humilde morada. De alguna forma u otra, os esperábamos.

-Noer Beylán os da la bienvenida a los dos. -Se arrodilló la joven pronunciando el nombre de su pueblo, por el cual parecía guardar gran devoción. En seguida, de las casas surgieron todos los habitantes, todos guarecidos tras sus oscuras capas, todos mirando al suelo como perros tristes, todos atentos.

-Gracias. -Pronunció Iván sincero.

-¿Nos esperabais? -Se saltó Ángel las presentaciones muerto por la curiosidad.

-Así es, joven. Acompañadme.

Atravesaron la calle erguidos, presionados por una tensión que podía cortarse. Solamente escuchaban como las zapatillas hacían crujir la arena bajo sus pies. Se adentraron en la cabaña del jefe y quedaron anonadados cuando este abandonó la túnica que le ocultaba por completo.

-¡Jojojo! -Reía el hombre con voz severa y desgastada- ¡Siempre esa expresión en los rostros! No me canso nunca.

-Usted… bueno, todos en el pueblo… ¿sois iguales?

-En efecto. Todos aquí estamos compuestos por minerales, rocas que nacen de la mismísima madre tierra. -Al escuchar esto, Ángel comprendió que tal vez el poder que iba a obtener Mesi estaba bastante claro. No sabía por qué, pero esa sensación de que algo iba a acontecer creció en él. Iván, por el contrario, seguía concentrado en prestar atención al hombre- Sentaos, jóvenes huéspedes. Os contaré la maldición que se cierne sobre nuestra civilización. Nuestros héroes, nuestras leyendas, nuestra historia. Y os contaré por qué os esperábamos.

4º Día en Amast – Avance

Pedja abrió los ojos lentamente, reparando en cada objeto de aquella habitación. Él estaba situado muy cerca de una chimenea; le abrasaba la espalda. Se reincorporó atento, buscando a alguien en la estancia, pero solamente encontró un vaso de agua y un plato colmado de patatas con carne guisada.

Sabía que eso era para él. Y aunque se equivocara, pagaría cualquier precio, pero necesitaba comer. Había deambulado bajo la lluvia muchas horas seguidas en busca de civilización en vano; había tenido suerte al desmayarse, ya que alguien, no sabe cómo, le había salvado la vida. Notaba un fuerte dolor de cabeza, ocasionado por la fiebre que había adquirido al cruzar parte del continente con el diluvio sobre sus hombros.

Acostada sobre una silla de madera, descansaba su espada, enfundada en cuero negro y motivos plateados. La persona que le había salvado no se había conformado con darle techo, calor y comida; le estaba obsequiando con una bonita vaina para resguardar su espada del óxido que podría ocasionar el agua de lluvia.

Tras acabar todo lo que en el plato había, dio gracias en voz alta y al observar la forma de la correa, dedujo que aquello se debía colocar sobre uno de los hombros para que el arma quedara apoyada sobre la espalda. Acertó a la primera; llevar aquello le recordaba, aunque ínfimamente, al bombo que había portado en su quinta durante los días de fiesta.

Abandonó la casa. Frente a él, un pueblo pequeño y gris le daba la bienvenida. Las calles, muy descuidadas, estaban inundadas por las grandes cataratas de agua lodosa que provocaba la lluvia; las moradas, parecidas a la que terminaba de abandonar, lucían viejas pero resistentes. En aquella villa debería llover con constancia, pues las personas paseaban por la calle con prendas impermeables, aunque felices o al menos esa impresión daban. No tardó en acercarse a un joven, más o menos de su edad, a preguntarle por algún pueblo cercano.

-Eh, perdona. -Llamó cordial. El joven se dio la vuelta para hacer contacto visual con él.

-¿Sí? -Respondió atento y sereno. A pesar de que miraba a Pedja directamente a los ojos, tenía la vista perdida, como si pudieran traspasar su cuerpo humano y ver mas allá.

-¿Podrías decirme dónde estoy?

-Te encuentras en Caaler, la villa que no conoce el sol.

-¿No puedes decirme dónde queda una tal Lyras? Es a donde me dirijo. Me separé de mis amigos, alguien me salvó y ahora estoy aquí.

-¿Lyras? Hace meses que fue arrasada… no sé que puedes buscar en aquellas ruinas. Supongo que serás otro cazatesoros. Te costará llegar hasta allí sin un guía, está a varios días a pie.

-Y alguien que se preste a llevarme hasta allí no conocerás, ¿verdad?

-Yo, mismamente. Aunque si nos vemos envueltos en alguna pelea te advierto que no seré de mucha ayuda, apenas soy un aprendiz. Los cazatesoros que por allí rondan son bastante peligrosos, algunos son asesinos expertos.

-No quiero ningún tesoro.

-Yo te creo, pero ellos me temo que no lo harán. Y bien, ¿cuando deseas partir?

-Cuanto antes, si no te importa. -Decía no muy seguro. Tenía prisa en llegar, pero todo aquello era tan repentino que parecía irreal; tomar decisiones tan importantes en apenas unos segundos le hacía dudar.

-Entonces bien. Sígueme, comencemos. -A Pedja se le iluminaron los ojos, no sabía cómo dar las gracias.

-Me llamo… bueno, Pedja mejor.

-Así me referiré a tu persona, pues. El mío es Holdern. -“Que nombre más raro” pensó al instante Javi. Aunque posiblemente, Javier también podría ser un nombre muy raro para los de aquel mundo.

-Te sigo, Holdern.

-Sí, partamos. Por cierto… ¿te gustaron las patatas con carne?

-¡No jodas que eres tú quién…! -El joven sonreía de oreja a oreja. Comenzó a caminar raudo; Pedja le seguía a buen ritmo sin dejar de agradecer.

-No hace falta que seas tan ponderado. Sé que tal vez nunca puedas pagarme por salvarte la vida, pero tampoco busco ninguna recompensa. A pesar de que escasea, la ayuda desinteresada existe.

-Es que, de verdad que no sé cómo… dios, gracias, en serio. Pensé que me moriría por ahí yo solo.

-¿Y qué buscas en la capital del continente helado, Pedja?

-Una organización. Gurtad se llamaba el dueño, es el hermano de un amigo mío.

-Ya veo. Así que eres un íony. -Sonreía Holdern separando los mechones que le tapaban los ojos debido a la llovizna.

-No, no lo soy, pero tenemos que ir hacia allí. Tengo que aprender a manejar un poder que tengo, pero que no conozco. -Explicaba no muy seguro de parecer un demente. En la Tierra, contar algo así habría producido un sentimiento de frivolidad y desconfianza, pero allí aquello parecía normal.

-¿Quién te ha contado algo así? ¿El hermano de Gurtad?

-Sí.

-Cómo no… un Hárathel de por medio.

-¿Qué significa eso?

-En la historia de Amast, todos los sucesos más extraordinarios o de más relevancia han acontecido con un Hárathel de por medio. Sí eso que acabas de decir es así, si estás cerca de uno de ellos, significa que algo va a quedar grabado en la historia en poco tiempo.

Pedja se preguntó una cosa que le vino de pronto a la cabeza. ¿En aquel mundo todos hablaban Castellano? No lo veía posible. Seguramente, Maxi imaginó que podría hablar con cualquier persona en cualquier lugar, y que de alguna forma entendería a los demás humanos. También pensó que sería peligroso que su poder actuara por cuenta propia, en su subconsciente.

Tras conocer efímeramente a su salvador, y ahora guía, Pedja tomó la decisión de avanzar, a pesar de estar colmado por la inseguridad y las dudas. Prefería seguir, no quería ser un lastre para los demás y necesitaba averiguar el poder que habitaba en su interior.

Pero estaba débil. Notaba como los pulmones se saturaban con poco aire, como le abrasaba el cuerpo entero y como le dolía la garganta al inspirar. Tosía, se subía los mocos, se rascaba los ojos… quería ir a buen ritmo, pero su cuerpo tenía un límite. Al serio de Holdern no le importaba detenerse de vez en cuando para que él descansara.

Tras varias horas de extenuante avance, volvieron a reposar sobre un peñasco colmado de musgo, en medio de ninguna parte.

-¿Qué son esas piedras, Holdern?

-Son monumentos, levantados para orarle al dios del fuego. En este continente siempre llueve o nieva y las temperaturas son muy bajas.

-Ya veo.

-Hay algo que te apesadumbra. -Se preocupó el guía.

-Sigo pensando que no sé cómo voy a descubrir el poder que tengo. No sé ni por dónde empezar.

-Deberías comenzar por mejorar tu salud en estos momentos.

-¿No tendrás alguna pastilla o algo?

-Digamos que lo que comiste ya tenía bastante medicina en el caldo.

-Es que estoy fatal, tío… -Se quejaba sincero.

Se preguntaba qué habría sido de los demás: si se habían separado, al igual que él, o por el contrario permanecían todos juntos. Quiso creer en la primera opción para no sentirse tan desafortunado. Debería permanecer al lado de Holdern para avanzar, no había otra opción mejor, y protegerse a sí mismo para no acabar volviéndose loco con todo aquello.

>>¿Te gusta? -Preguntaba un chico de pelo negro y ojos claros mientras tocaba un par de acordes con la guitarra.

-Suena bien. -Respondía JR escuchando atentamente.

-Sergio. -Llamé extrañado. A veces solía dispersarse y pensar en sus cosas, mirando fijamente un punto.

-Será mejor que aproveches… seguramente, mañana no podrás oirlo nunca más.

-Dime. -Dijo prestando atención al fin. Me sentía raro al mirarle, pues sus pupilas, ahora las de un Rebellion, ya tenían la misma forma de rombo que cualquier otro miembro de la familia del oeste poseía.

-Creo que ya sé donde estamos. Si vamos al norte encontraremos una ciudad portuaria, salen barcos a Seathora cada media hora. Y bueno, tengo unos amigos allí.

-¿Amigos? -Álvaro me agarró del hombro y tras varios segundós comprendió- Ah… piratas. Mola.

-¡Eh, capullo! -Me quejaba apartándole. No me gustaba que hiciera esas cosas; no solamente podía ver el futuro con tocar a alguien, también el pasado. Tenía pensado usar mi poder para la próxima vez que hiciera contacto conmigo y darle una premonición falsa de regalo.

-Ya veo que conoces a mi prima. Bueno, a las tres… -¿Cuánto pasado había visto Álvaro? Me estaba asustando- Creo que son las únicas que se portaron bien conmigo cuando era pequeño. Venían a jugar a mi habitación a escondidas y sus padres las reñían después.

-Mejor concentrémonos en lo que tenemos que hacer ahora. -Pidió Sergio. Ambos le asentimos y fuimos tras él.

Seathora, capitál del continente este, era una de las ciudades más avanzadas de Amast, ya que su apoyo hacia la investigación de la tecnología no cesaba ni un solo día y se invertía en ella grandes cantidades de dinero. Estaba situada en una isla de color negro azabache; el color de esta se debía a un tinte que desprendían las gigantescas barreras de coral que rodeaban el continente entero.

-¿Alguna vez fuisteis a la playa de Seathora? Yo fui una vez y no me han entrado ganas de volver. -Reía con razón- Es que salir del agua e ir pisando arena negra… parecía que estábamos llenos de hollín.

-¿Con quién estabas?

-Con mis amigos de Benavente. Ester, Marta y Víctor.

-¿Y los otros dos? -Preguntó Álvaro recordando el número de integrantes del grupo del pasado.

-Pues… últimamente se han distanciado bastante, aparte de que viven en un pueblo cercano.

-¿Cómo es Benavente? -Preguntó JR. Tal vez para no aburrirse por el camino.

-Es una ciudad llena de cuestas. Subir y bajar, subir y bajar constantemente para llegar a los sitios.

-Y arriba está lo bueno ¿verdad?

-Exacto.

-¿Cual era tu misión en Amast hace dos años? -Preguntó de repente entrelazando términos.

-Rámenas me trajo a este mundo, pero la verdad es que antes de conocerlo ya había cambiado todo mi cuerpo en el de un Hárathel. Arrastré a mis amigos y me dijeron que tenía que pararle los pies a una organización que vivía para arrasar con todo rastro de Íonys. Aparte de todo eso, asaltamos el “infierno” que llaman aquí, en este mundo, y vencimos a Kyanoreh. Bueno, en realidad Ethren se la cargó; yo no habría sido capaz.

-¿No podían encargarse ellos de la organización?

-Por algún motivo, que aún hoy desconozco, me necesitaban. Incluso llegué a pensar que los malos eran ellos y me querían usar. Pero no era así. Creo que lo que necesitaban era que la organización lo diera todo para capturarme; fuimos derrocando a los más altos cargos hasta que la jefa se mostró. Y al finalizar con ella, también lo hizo la DAAI.

-¿Así se llamaba?

-Sí, son siglas. Traducido, significan Destruir y Aniquilar Íonys. Original, ¿verdad? -Dije con un tono sarcástico evidente.

-¿Crees que esos que nos atacaron antes eran supervivientes de la organización? -Preguntó Álvaro.

-Posiblemente. Pero nosotros tres no tenemos de qué preocuparnos. Me importa más lo que les pueda ocurrir a los demás. Oye, Rito.

-Dime.

-Si haces contacto conmigo para ver mi futuro, verías solamente lo que yo podría llegar a hacer. Pero, por ejemplo, si fuera por medio de un bosque y me asaltara un bandido, ¿podrías ver eso?

-Creo que no. Creo que lo que puedo ver se limita solo a tu conocimiento y a tus decisiones, pero nada más. Por eso no pude ver como atacaban el avión. O la nave, o lo que fuera eso. Sergio, agua.

-Toma. -Tras sacar el brazo de la nada se la cedió. A mí también. Él no.

-¿No puedes beber agua como todo el mundo? -Me quejé viendo como abría una cerveza.

-Si quieres te doy otra a ti. Son gratis. -Reía él.

-No, déjalo, prefiero esto. Vamos a tardar en llegar me parece.

-Diciendo eso delante de mí… ¿No te da vergüenza? -Se quejaba Álvaro amistosamente- Al principio te costará un poco adecuarte, pero acabarás cogiendo el truco. -Yo no sabía a que se refería- ¡Acelerando piernas! En tres, dos… ¡Uno!

-¿¡Qué!?

-¿Qué es eso? -Alertaba Santi asustado. Tras avanzar por la niebla y apartarse de ella, se adentraron en unas tierras desoladas del color de la arcilla. Las nubes se tornaban negras y el aire era muy espeso, casi líquido.

-Ahora ya sé dónde estamos. -Reía Alexandra obviándolo. No tardó en adueñarse de su arma- Atravesando este infierno llegaremos a un bosque muerto y después a Bellefont, la capital del continente Oeste. Allí se crió y adiestró JR. -La criatura deforme, llena de un líquido negro parecido al regaliz, los miraba sin expresión. Había de todas formas y tamaños- Son animales, infectados por la maldad de este lugar. En la lengua de este mundo se le conoce como Hengarock: la traducción más acertada en castellano sería “El lugar donde todo termina”.

-Parecen lentos.

-Sí, ellos sí. Pero reza para que no nos encontremos con los veloces. Escucha, Santi, estamos en una situación extrema. No tenemos comida, ni agua potable. Si recorremos la playa hasta llegar a la ciudad tardaríamos una semana. Si atravesamos este lugar infestado de monstruos posiblemente en un día estemos allí. En ambos casos, la posibilidad de sobrevivir es casi nula. ¿Qué prefieres?

-Si vamos por la playa podríamos pescar algo.

-¿Y el agua?

-Con suerte podría llover.

-Y abrimos la boca para ver si cae agua dentro.

-¡No, hombre! Tú puedes crear y destruir cosas ¿no?

-No es tan sencillo. Nada se crea ni se destruye, solo se transforma. No puedo crear un cubo de la nada o una piscina gigante, ni una casa con grifos que den agua potable. Eso podrían hacerlo Maxi o JR, pero no yo.

-¿Y no podrías destruir la sal del agua de mar? -Inventó Santi ocurrente. A ella no se le había ocurrido.

-Probemos, venga, pero me llevará un tiempo.

-¿Nos seguirán? -Señalaba a los enemigos.

-No, no se atreverán a salir de aquí. Ven, vamos, con un poco de suerte…

Sin perderlos de vista, dieron media vuelta y se dirigieron a la playa. La idea de Santi había sido ingeniosa, tal vez nacida de la necesidad. Por el camino le preguntaba cosas que le parecían primordiales saber; cosas cómo el truco para usar su poder, la manera de canalizarlo o qué se siente al usarlo por voluntad propia. También dedicó un interrogante a los monstruos “veloces” que ella nombró.

-Digamos que tienes que imaginar cosas que necesiten luz para llevarse a cabo. O, incluso, una imagen mental de cómo quieres que ocurra. Pero es muy difícil, ya que es esencial tener fe en que ocurra. Por eso los íonys con poderes extraordinarios usan de forma tan escasa su don, aunque también depende de uno mismo. Fíjate en JR: hay que tener mucha fe y confianza en sí mismo para conseguir lo que hace… pero a él, eso no le cuesta. Y eso que en la vida cotidiana es un desastre…

-¿Y entonces? Si no tiene confianza en sí mismo para unas cosas, ¿cómo usa su poder así?

-Porque a él le adiestraron de pequeño. A someterlo.

-¿Cómo?

-Desde que son niños, los Rebellion son obligados a conocer su poder y a usarlo. Cuando consiguen que algo maravilloso e inexplicable para los demás ocurra, son maltratados: les crean fobias. De esa manera, asocian el no usar bien su poder con el sufrimiento… y aprenden por las malas.

-¿Qué hacían con JR?

-Siempre le decían que si no conseguía usar su poder correctamente, alguien querido para él iría muriendo. El primero que cayó fue un perro que tenía.

-Qué salvajes…

-Sí. Falló tres veces más en toda su instrucción, que duró años. Su hermana, su padre y por último su madre. Después sólo quedaron con vida Axeas y Lexas, sus dos hermanos. Aunque Axeas, por lo que me ha contado él, murió el año pasado. -Santi intentaba ponerse en el lugar de Sergio, pero no podía, ya que no había vivido una situación similar.

-¿Y a ti?

-A mí solo me pegaban porque no quería aprender a bailar danza Carán, una especie de baile de Ashnaram. Siempre estaba llena de moratones porque me negaba. Al final me obligaron. A veces me golpeaban con una vara de hierro en los pies cuando no conseguía hacer bien los pasos; tenía un par de falanges rotas en ambos.

-Prefiero cambiar de tema.

-Es comprensible. -Reía ella con melancolía- Creo que puedo quitarle la sal al agua, pero tardaré un tiempo.

-Pescaré mientras. -Se ofreció contento.

Calzada, Fran y Elena se acercaron al edificio. Una colosal catarata caía en una parte del templo; de hecho, la mitad de la construcción se adentraba en una oquedad que había sido creada por la erosión, atravesando el agua por completo. Aquel mundo no dejaba de sorprenderles.

En la puerta, unos monjes de indumentarias violetas les dieron la bienvenida y sin decir o hacer nada más, las puertas se abrieron para los huéspedes. Dando las gracias caminaron hacia el interior.

Al introducirse por completo en el edificio notaron el frío y se les erizaron los pelos de los brazos. Se quejaron del fresco con un par de bromas y siguieron adentrándose cada vez más.

-Mira. -Señaló Fran con un gesto de la cabeza- La sala de recepción. -Se acercaron prestos, pues tenían esperanzas de encontrar un mapa y guiarse, tanto por el templo como por la parte del mundo en la que habían caído.

-Tío, pero, ¿cuánto mide esto? -Se hicieron con uno de los anhelados mapas tras escuchar la queja de Calzada.

-Fíjate ahí. Hay un balcón desde el que se puede ver el interior de la cueva, esa que crea la cascada. -Señalaba con el índice Elena, dejando en el papel su huella dactilar- Es una maravilla de este mundo según esto. ¡Vamos a verla!

-Creo que nuestra mayor prioridad es intentar reunirnos con los demás lo antes posible… aunque, bueno, no sabemos dónde están. Y tampoco creo que tardemos mucho en ir a verlo. -Decía Fran pausadamente auto-convenciéndose. De todas formas, no quería ser duro con ellos, aunque lo único que dijera fuera la verdad; conocía muy bien a ambos.

Ángel e Iván no habían tenido tanta suerte. Recorrieron millas y millas por aquella planicia, buscando un río que les sirviera de guía, pero no habían encontrado nada. Nada, salvo unas ruinas, pertenecientes a una ciudad antigua.

Ambos resoplaban y, con la boca seca debido al calor, tragaban saliva intentando llevar algo de líquido al estómago, esperanzados de que aquellas minúsculas gotas pudieran calmar su sed aunque fuera ínfimamente. Descansaron posando las espaldas sobre la fría roca de uno de los cimientos, apostándose en el suelo, allá donde habitaba la sombra.

-Creo que aguanto sin beber todavía. -Apoyaba Messi la cabeza sobre la piedra. Se dejaba caer hasta alcanzar el suelo y descansar cuan cadáver- No podrás crear agua con alguna fórmula, ¿verdad?

-Lo dudo. Puede que cuando invoque este poder no sienta cansancio, ni dolor, pero no me atrevo a usarlo estando tan débil. Y sí, ya he pensado en fortalecernos o algo por el estilo; sinceramente, no creo que funcione. No porque no quiera probar, sino porque no sabría cómo hacerlo. Sé cómo estoy de cansado yo, pero no sé que tal lo llevas tú.

-Pues tengo sed y estoy jodido, no sé que más decirte. -Sonreía Iván sin fuerzas.

-Creo que no nos va a quedar otra.

-¿El qué?

-Beber nuestra propia orina.

-¡No jodas…! -Ángel sonreía ahora al ver el gesto de asco que había dibujado en la cara su compañero.

-Me voy a arriesgar. -Dijo con seguridad- He usado este poder varias veces y nunca me ha debilitado; sé que me afecta de alguna forma, pero no sé cual. Al menos sé que no moriré de agotamiento. Vamos allá.

Con la boca quitó el tapón del bolígrafo, ya que no deseaba mover muchas partes de su cuerpo, y comenzó a dar valores. Iván volvió a mirar como realizaba aquella magia, por curiosidad, aunque no conseguía comprender algunos símbolos. Escribió el signo del igual y un número. Esperaron pacientes, mirando al frente.

Antes de dar las gracias siquiera, ambos agarraron las garrafas de cinco litros de agua bien fría que se habían materializado frente a ellos y sacando fuerzas de flaqueza las acercaron a sus secas bocas. Bebieron tan deprisa que comenzó a dolerles la garganta, el estómago y la cabeza con la misma intensidad. Lo pasaron mal unos segundos, pero el alivio que sintieron atenuó sus penas.

El frescor recorrió todo el cuerpo, incluso notaron como caía en vacío aquella catarata de agua casi gélida.

-¿Te apetece comer algo? -Preguntó Ángel tranquilo, ahora que se había librado de ese mal.

-Algo que llene… que sea consistente y sólido. Y que me guste.

Comieron todo lo que les dio la gana y más, casi hasta reventar. Tras reposar los estómagos y descansar varios minutos, se levantaron nuevamente para seguir con la marcha. Atravesaron las ruinas del despoblado, adentrándose nuevamente en la llanura traicionera que otrora habían recorrido.

Rieron con ironía al ver, a varios metros del poblado deshabitado, una charca colmada de agua cristalina. Se miraron el uno al otro significativamente, resoplando con una sonrisa que guardaba tras de sí un poco de rabia. A Ángel le podría haber costado muy caro usar su poder.

Tras varios metros en silencio, Messi habló.

-Gracias, Ángel. Tal vez, si hubiera acabado aquí con otro habría muerto.

-De nada, hombre. ¡Hoy por ti y mañana por mí! -Decía, ahora ya con energías renovadas, Ángel.

Los pasillos estaban saturados de susurros que no decían nada. En todo el edificio la tensión era tan grande que cortaba la respiración y la gente corría en todas direcciones sin saber muy bien qué hacer.

Los novatos estaban obligados a volver a sus habitaciones, mientras que los de mayor rango tenían que acudir a la reunión que se estaba celebrando en la sala más grande de aquel colosal lugar.

Todos agacharon sus cabezas y reverenciaron al que parecía el jefe: un hombre trajeado, con el pelo negro y corto, de mediana edad. Sus ojos amarillos era lo más peculiar que poseía, aparte de una quemadura en una de las manos, en la derecha.

Tras levantarse de su asiento de pieles, habló a los presentes tras guardar un largo silencio:

-¿Por qué? -Preguntó, nada más. Tras otro largo silencio, comenzó a caminar de lado a lado de la sala, llevándose el puño a la barbilla. Miró nuevamente a los convocados y alzó la voz- ¡Por qué sois tan…! -Calló. Respiró hondo y terminó su frase- …ineptos.

Con un gesto de la mano que realizó, varios cuerpos cayeron al suelo. Al menos no sintieron dolor, no se habían enterado de que iban a morir. Aquellos que horas antes habían detrozado el Red Raven descansaban ahora en el frío mármol, fulminados.

-Traedme a Effen… Ya. Antes de que el otro cabrón lo encuentre.

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3º Día en Amast – Comienzo

-¿Quién, qué, es libre? -hablaba Ethren contemplando el nuevo paisaje mientras los demás escuchaban- Hasta los pájaros, aun batiendo las alas en los cielos, no son libres. Pugnan por huir de una prisión de la que, por más que asciendan, no podrán escapar. Esclavos de su propia carne, de unos límites que les son impuestos al nacer, vuelan… huyendo de la cruel verdad que no quieren aceptar. El tiempo, infinito, aunque para nadie, es el que termina por convencerles de la única realidad que existe; que todo perece, que todo acaba. Tiempo… ¿qué mejor alentador? Si apenas miras atrás en él y por más que vives parece no terminar y a la vez, ese sentimiento de aprovecharlo nace como la primera de nuestras necesidades.

-Oh no… ya empieza. -Se llevaba Redan la mano al rostro, desesperado.

-Qué cierto. -Añadió Derenán sin más.

-Somos nosotros los que decidimos de qué queremos librarnos; en eso consiste la libertad. Eso de que nunca somos libres es discutible. -Comentaba sereno Garanth mientras encendía un cigarro, mirando las vacías y grises casas restantes de Villavieja, desde las alturas de aquel edificio que Ethren había creado.

-No eres libre, Garanth. No importa tu punto de vista. Es así. -Esa actitud molestaba al joven. Puede que fuera más fuerte que ellos, pero lo veía todo de otra forma. Siempre pensó que intentaba imaginarse a sí mismo como un Dios, como si él pudiera responder a los grandes interrogantes de la humanidad desde los tiempos más inmemoriales.

-No eres ningún dios… y tampoco haces milagros. -Dijo sin tapujos.

-De momento. -Reía para sí.

-Yo… te lo he dicho desde el primer momento, Ethren. Espero que no te moleste… -Pronunciaba cuidadosa Idún- pero si algún día alcanzas lo que quieres habrás cometido un grave error, uno que tal vez no tenga remedio.

-Entonces, tu estarás allí para solucionarlo.

-¿Cómo podría luchar contra un Dios…?

-¡Pues así, tronca! -Jonatan se acercó y le dio a Ethren dos golpes amistosos en el brazo imitando a los boxeadores. Ambos carcajeaban.

-¿Cómo la llamarás? A esta base. -Pidió saber Derenán.

-No tendrá nombre.

-¿Y por?

-Verás, Derenán -se sinceraba Ethren- en los libros de historia se recogen gran cantidad de nombres, que pertenecieron a personas que descubrieron grandes cosas. Pero hay gente que no ha pasado a la historia, que no tienen un nombre entre esos textos. Esta base los representa, a esas personas que también lucharon por su mundo y que ahora descansan en el anonimato de la historia.

-Pues entonces… yo sí le pondré un nombre. -Sonreía la mujer.

-¿Ah, sí? Cuál… -preguntó Redan soberbio, creyendo que cualquier título que pudiera conceder él fuera mejor que el de las demás personas.

-Llamaré a esta base… Memoria Latente. Por todos aquellos que se unieron a la tierra, que nutrieron las raíces de los árboles, cuya madera, se usó para escribir tales hojas de papel… en las que no existen, ni prevalecen.

-Joder, Dere, tronca -se asustó su hermano- ya hablas como él. -Levantaba ambas cejas impresionado. Ethren también abría la boca observándola. Idún, al tener sentimientos, no pudo contener en su rostro la envidia.

-Nunca te han gustado estas conversaciones, Redan. -El líder le dio unas palmadas en el hombro.

-No. La vida no es poesía, la vida no se puede pintar con palabras bonitas; es por eso que cada vez que hablas así me enervas. -Se zafó en seguida de su amigo- Y puede que ya no esté vivo como tal, pero aún recuerdo qué se sentía. Echo de menos hasta coger un catarro. -Ese último comentario hizo reir con ganas a Garanth.

Pedja y Álvaro fueron los últimos en despertar y en ir al salón para unirse al desayuno de lujo que los Atheráh nos habían preparado. Antes siquiera de sacar un tema de conversación, devoramos los alimentos, tanto con los ojos como con la boca, a pesar de que no conocían ni un solo plato de los que nos pusieron.

-¿Qué es esto? -Me preguntó Calzada.

-Es una Quimba. -Expliqué- Por fuera es blanca, pero por dentro es morada. Es muy dulce, es como si comieras un pastel; es autóctono de este lugar, los cactus del desierto dan el fruto.

-¿Seguro que sabe bien?

-Que sí hombre, pruébalo. -Incidí. Al final decidió pegarle un bocado y se maravilló ante el sabor. Tuve que reir, pues su cara no tenía precio en aquel momento. Aparte de sus morros manchados ahora con un tono violeta.

-¿Y esto? -Preguntó Pedja señalando a una bebida roja con nata en la superficie.

-Lo llaman Nublo. Es una bebida alcohólica suave, pero como contiene muchos lácteos los adultos suelen desayunarla con algo de comer. -Se llevó el vaso a la boca y dibujó un mohín en la cara significativamente. Tras relamerse varias veces frunciendo el ceño, dijo un simple “no está mal”.

-Pues a mí me gusta esto. -Reía Alexandra deshaciéndose de un envoltorio de plástico. Dentro había una especie de mazapán. Lo mostró a todos- Esto se llama Capricho, ni más ni menos.

-¿Y a qué sabe? -Preguntó Fran a su quinta.

-Sabe a lo que más te gusta… y a lo que más te repugna. -En seguida se lo llevó a la boca y todos la miraron con los ojos abiertos. En apenas tres segundos hizo decenas de gestos con la cara.- Delicioasqueroso.

-Dame uno. -Pidió Santi.

-Y a mí. -Secundó Iván. Al final, cada uno se llevó el mazapán a la boca, yo también.

-Sabe a nocilla y a… ¡Puaj! -Se quejó Elena. Hizo el amago de sacárselo en seguida de la boca, pero decidió comérselo debido al sabor que le gustaba- ¿El tuyo de qué es, Santi?

-Buff… de marisco y lentejas. -Carcajeamos- ¿Maxi?

-Calabacín rebozado y pulpo.

-¿Que no te gusta el pulpo? ¿Y te gusta el calabacín? A este hay que matarlo.

-¿Os place el desayuno, señores huéspedes? -Preguntó de repente Yiraméh, la cual se había adentrado un momento. Esta vez, a nadie nos incomodó su presencia.

-Sí. Gracias. -Las di en nombre de todos. Con una sonrisa, marchó de la estancia de nuevo tras recoger unos papeles.

-Joder… eso es cambio de personalidad y lo demás, tonterías. -Comentó Santi recordando la discusión de ayer.

-Bueno… ¿y por dónde empezamos? -Habló Ángel por primera vez. Sergio y Álvaro también habían guardado silencio sepulcral. Esa pregunta me pilló desprevenido, pero era cierto. No existía ningún plan.

-Pues supongo que debéis adiestrar el poder que se os a otorgado, que dormita en vosotros.

-¿Y cómo sabemos quién maneja qué elemento?

-Sinceramente, no lo sé. Y por más que pueda imaginarme una cosa u otra, es mejor tener precaución con magia de por medio.

-Alguien que nos pueda ayudar… no sé, ¿no tienes contactos? -Sugirió Álvaro.

-Pues ahora que lo dices… supongo que mi hermano me puede contar algo al respecto.

-¿Tienes familia aquí? -Se interesó Sergio.

-Dos hermanos. El mediano está como una cabra y es un pesado; y el mayor…  bueno, digamos que intenta pasar desapercibido y que evita las multitudes.

-A quién me recuerdan… -Reí al darme por aludido con la broma de Ángel.

-¿Y nos puede ayudar? ¿Dónde está, tío? -Seguía Calzada con el interrogante.

-En el continente helado, al norte de la gran capital: Lyras.

-¿No es allí donde estaba la organización esa? Chicos. -Llamó Alexandra pensativa.

-¿La conocéis?

-Sí. Aparte de los problemas que ya teníamos -habló Álvaro. Ahora no solamente entendían sus dos antiguos amigos; Pedja también- a veces venían soldados de la élite para matarnos. Iban por libre.

-Pero fuimos mejores. -Decía Sergio con orgullo.

-Sí, hasta que nos mataron… -Reía Alexandra con melancolía. Los demás enmudecieron.

-¿Y cómo es que…? -Preguntaba Elena sin ánimo de ocasionarles aflicción alguna.

-Pues no lo sé. Recuerdo toda mi anterior vida. ¿Vosotros también, verdad? -Los dos chicos asintieron- Lo último que veo es como nos cosieron a flechazos… y después mi infancia, la que he vivido ahora. Y hasta hoy…

-Como nos cosieron a flechazos, a los dos. -Puntualizó JR con la vista perdida en el gran cuenco de Quimbas.

El gesto se repetía, era siempre el mismo. Cada vez que Sergio enfatizaba algo de aquel pasado tan insondable para los demás presentes, Álvaro agachaba la cabeza, tristemente, sintiéndose culpable y Alexandra levantaba las cejas en un mohín melancólico. Debía ser un recuerdo tremendamente doloroso, pues los tres cambiaban de humor radicalmente. Ahora, Pedja, aunque no tanto como ellos, compartía esa desazón.

-¿Iremos en barco? -Preguntó Elena.

-En barco se haría muy largo, este mundo es más extenso que la Tierra. West y Kanaeda nos llevarán seguro.

-¿Avión?

-Algo así… -Reí.

-¡Abrochaos los cinturones, capullos! No quiero ver como alguno sale volando atravesando el cristal. Hola de nuevo, pequeña. -Hablaba con las paredes de su vehículo.

-¿Qué es esto? -Preguntó Pedja.

Habían entrado en una especie de nave voladora, con una forma aún más peculiar que la de los aviones. Parecía una caravana aérea, repleta de dormitorios, baños, instalaciones, incluso una sala de juegos y una de estar. Sillones, estanterías que sujetaban los libros con unas gomas adheridas, ventanales enormes con espectaculares vistas al exterior, incluso una cubierta con una barandilla.

-Pues un avión tío. -Decía Fran.

-Una nave espacial. -Pronunció Calzada.

-Sí, una nave espacial que no va al espacio.

-Tú calla, sapo. ¡Esto es, ni más ni menos, que mi amada Red Raven! -La presentó West- Y no os preocupéis, husmear por aquí todo lo que deseéis. El viaje será placentero y sin sobresaltos. ¡Kanaeda, a sus puestos!

-¡A la orden, jefe!

No pasaron ni diez segundos cuando de repente el aparato comenzó a desprender vibraciones que anunciaban el despegue. Tras un acelerón, varios gritaron y perdimos el equilibrio, cayéndonos unos encima de otros golpeando una de las paredes. Después de reincorporarnos y quejarnos, todo pareció mucho más estable; eso sí, el inmobiliario estaba en su sitio, sin moverse un ápice.

-¿Placentero y sin sobresaltos? ¡Los cojones! -Me quejé.

-Auch. -Se quejó Messi. Retiró un objeto que se estaba clavando en su espalda. Era una botella de cerveza entera.

-Ea, perdona. -Se disculpó Sergio- Es que justo metí la mano en… ya sabes, mi dimensión particular, y justo fue agarrarla y caernos. -Tras frotarse la parte dolida, Iván se la devolvió.

-Mis gafas, tío. -Se entristecía Calzada por momentos al verlas destrozadas debido al impacto.

-Toma. -Ofrecimos JR y yo a la vez unas gafas idénticas a las suyas, completamente nuevas. Álvaro, haciendo retroceder el tiempo había sido más rápido. Le fulminamos con la mirada amistosamente.

-Está claro quién es el mejor aquí. -Bromeaba Álvaro sonriente.

-¡Pero qué conductor de mierda tenemos! -Gritó Pedja retando al de pelo albo.

-¿Cómo dices? ¡Cago en la virgen! -Se escuchó desde la cabina.

-¡Para ser un conductor de primeeera! ¡Aceleeeera, aceleeeera! -Al únisono nos unimos todos a cantar con él. No tardamos en caernos al suelo debido a otro cambio brusco de velocidad; tras escuchar sus risotadas, juramos vengarnos de Pedja.

Habían pasado ya dos horas desde el comienzo del periplo y todos estábamos esparcidos por los distintos habitáculos del vehículo, cada uno hablando de sus propios pensamientos. Alexandra, Álvaro y Sergio conversaban seriamente en una de las estancias. No quise quedarme a escuchar, pero algo me obligó. Tal vez en el fondo, mi alma curiosa exigía información y por ende me volví sumiso a mi egoísmo.

-¡Es parte del pasado! Dejadlo ya, por favor. -Suplicaba Alexandra.

-Si no tiene importancia ya. -Concluía Sergio severo.

-¡Joder! ¿¡Y si no la tiene por qué me haces sentir así!?

-¿Sentir? ¿Tú sabes que sentí yo cuando te pusiste delante de mí para que te atravesaran con una puta espada? -Sergio era aquel tipo de personas que imponía respeto, y también cierto miedo, cuando se enfadaban. Su voz, más grave que la de sus compañeros, hacía enmudecer ahora que estaba siendo liberada con violencia. En aquella situación, mirar sus ojos claros debía abrasar las retinas y fundir el alma hasta licuarla completamente.

Los penetrantes ojos castaños de Alexandra descendían su mirada y empequeñecían, causa de la impotencia y la tristeza de los días pasados. Álvaro, incapaz de discutir con un amigo llegados a ese punto, frunció el ceño, agachó la cabeza y apretó el puño con furia, la cual se convirtió en tristeza a los pocos segundos.

-Pero ahora estamos juntos… y vivos. De nuevo. Y eso es lo que importa, ¿verdad? -Buscó un asentimiento en Alexandra que obtuvo rápidamente- ¿Verdad, Sergio?

-Verdad… -Dijo tras una pausa calmada y serena- Siempre he estado hecho un lío. Es verdad que los tres íbamos a morir allí… pero no podía permitir no ser el primero. Tío, tu cuerpo, cayó sobre mí y yo… no sabes lo que se siente.

-Esta vez no moriremos a manos de nadie. Los años serán los únicos con permiso para llevarnos al otro barrio… ¿vale, chicos? -Pidió Alex. Los dos asintieron- Aún no me puedo creer que nos hayan perdonado.

-Nos lo merecemos. Fíjate como vivías tú de pequeña, Alexandra, joder. Siempre que te veíamos tenías moratones por todo el cuerpo… y a Sergio le obligaron a eso, porque es la costumbre de su familia. Y yo… y yo encerrado sin ver el exterior. Aquello no era vida.

-Los tres lo han pasado mal… -Me dije a mí mismo, conmovido. Aquel sufrimiento ahora se había convertido en mío propio, pues era mi forma de ser. No pude evitar que aquella nostalgia me invadiera.

Decidí no escuchar más, pues seguramente no entendería; aparte de que me había inmiscuido en problemas que no me atañían en absoluto. O al menos, eso pensaba.

Encontré a Elena sentada en un sofá, en una habitación con televisor, sola, interesada en ver qué programas solían echar en aquel mundo. Me acerqué y me senté a su lado.

-¿Estás viendo el tiempo? -Le pregunté un poco asombrado.

-Sí. Quería ver si ponían la imagen del mundo al completo, para ver cómo es.

-Seguro que es más feo que la Tierra. -Bromeé. Después de una pequeña y tímida sonrisa, ambos nos quedamos mirando la tele, sin decir o hacer nada. Tras un silencio, Elena habló.

-Qué raro que la Tierra se llame Tierra, cuando está conformada por tres cuartas partes de océano, ¿verdad?

-Pues… no me parece tan extraño. -Sonreí.

-¿Por?

-El Amor, por ejemplo. Está conformado, también, por tres partes de sufrimiento y una de amor… y aún así recibe ese nombre. En ambos casos, tanto Amor como Tierra, se llaman así porque en esa pequeña parte… es donde reside lo realmente importante. ¿No crees? -La miré significativamente. Comenzó a reir con ganas mientras me miraba extrañada. Yo me sentía raro.

-Estás to loco… pero me gusta que digas esas cosas. Son muy “Maxi”.

-Gracias. -Pronuncié no muy seguro de haber entendido el cumplido.

Otra sacudida producida por el vehículo nos hizo balancear, aun sentados en el sofá, hasta casi tirarnos. Nos reincorporamos de un respingo.

-¿Viajes sin sobresaltos? -Repetí sarcásticamente la frase que llevaba diciendo durante todo el trayecto. Elena no dijo nada, pero tampoco le habría dado tiempo ya que West había abierto la puerta de la habitación raudo; tras buscarme relampagueante con la mirada me habló.

-Problemas.

Nada más escuchar la palabra abandonamos la habitación con presura y seguimos al de pelo albo. Nos reunimos inmediatamente todos en la sala principal y por los ventanales vimos lo que estaba sucediendo. Varias naves, parecidas al Red Raven, nos apuntaban con miras láser y amenazaban por megáfonos lo que nos harían si no nos entregábamos.

-Esto no es obra de él. -Supe en seguida.

-¡Ocupantes de la nave Raven A96, se os someterá a un escáner para averiguar si hay algún íony entre vosotros! ¡De así ser, deberá entregarse de inmediato o nos veremos obligados a responder con un ataque armado!

-West, usa tu poder. -Pedí.

-No puedo. Si no veo qué aspecto tienen sería inútil. Aunque nos hiciera invisibles dispararían, no son tontos.

-¿Kanaeda?

-Lo siento; yo igual.

-Maxi, imagina tú algo. -Me pidió Santi.

-Eso es, hazlas estallar.

-No, West, no pienso matar a nadie.

-¿Prefieres que te maten ellos a ti?

-¡Tiene que haber otra forma!

-¡Pues piensa!

-¡Tienen cinco segundos! -Anunció la voz proveniente del otro vehículo. Me había puesto nervioso y no sabía qué hacer.

-Cuando lancen los misiles pararé el tiempo. -Dijo Álvaro preparándose.

-No, ni se te ocurra. No estás en condiciones. Os teletransportaré a todos, a donde sea.

-¡Ni hablar! Tú estás igual o peor. -Se quejó Alexandra riñendo a JR.

¡Apunten!

-¡Haced algo! -Pronunció Calzada haciéndonos entrar en razón, colmado de impotencia.

Antes de que todas aquellas cargas explosivas hicieran contacto con nosotros actuamos. A pesar de que Álvaro y Sergio estaban débiles, no se me ocurrió otra cosa que cederles parte de mi energía vital, imitando el poder de mi hermano mayor. Al notar la fuerza en su ser, el tiempo comenzó a disminuir, pero no tanto como había planeado el rubio. Antes de que la llamarada nos consumiera, como había ocurrido con parte de las paredes del Red Raven, un remolino de dimensiones nos engulló a los allí presentes. Tras dar muchas vueltas por el espacio insondable sin control, caímos en el árido suelo, en medio de ninguna parte.

Nos reincorporamos lentamente, sacudiendo el polvo de nuestras prendas. Abrimos los ojos y oteamos en todas direcciones alterados. Fui el primero en hablar.

-¿Sergio? ¿Y los demás? -En aquel paraje solamente estábamos Álvaro, él y yo. Para darles la vitalidad que nos salvó, debía hacer contacto físico con ellos; tal vez esa fuera la razón por la que habíamos terminado los tres en un lugar diferente al del resto.

-¿Dónde nos has traído? -Le preguntó el íony del tiempo.

-El primer lugar que me vino a la cabeza. Lo siento, ha sido el subconsciente.

El rubio enmudeció al escrutar nuevamente el paisaje que le rodeaba. Yo tampoco me había fijado, tal vez debido a la altura, pero sobre un montículo descansaba un árbol medio marchito. A los pies de este, descansaban tres epitafios… que decidí no leer.

-Entonces estamos al Este. -Obvió Álvaro tras reparar en las tumbas- ¿Qué hacemos?

-Supongo que robar una nave como la de West y encontrar a estos.

-Me parece bien. -Hablaban ellos dos, con toda la tranquilidad del mundo.

-Entonces… a Seathora, ¿no? A mi casa. -Sergio asintió.

-¿Gadastra es familiar tuya entonces, Rito? -Pregunté interesado. Tras asentir, noté como aquello podría abrirnos muchas puertas, lo que me esperanzó.

-¿Cómo es ahora aquello, Maxi?

-Pues… normal. Como Villavieja o Benavente, nada comparado con lo que contabais ayer. Pero no te preocupes, Aniki, somos fuertes. Si ocurre algo nos las apañaremos. -Sonreía al ver que lo llamaba de aquella forma- Aunque no tengo ni idea de por dónde hay que ir, así que… hale, encabezad la marcha.

-Qué remedio.

-Lo que no entiendo aún… es cómo sabían esos que íbamos con West. Es decir… sabían que viajábamos en esa nave en concreto, sabían hacia dónde nos dirigíamos y sabían que éramos íonys. Por si no os fijasteis, no esperó a contar cinco. Además, conducir un trasto volador de esos no es exclusivo de nosotros, cualquier humano puede hacerlo.

-¿Y por qué sabes que no fue el otro? -Se refería Sergio a Ethren.

-Pues porque podría aparecer ahora mismo, arrancarnos el corazón de cuajo a los tres e irse bailando la macarena haciéndose un cinturón con ellos.

-Eso… di que sí, ahí, animando. -Se quejaba Álvaro sonriente- Venga, no perdamos tiempo. Que nosotros sabremos defendernos, pero ellos…

-¡Tienen a Calzada! -Pronuncié con orgullo el nombre de mi pupilo.

-Está Alexandra con ellos. -Decía Sergio tranquilizándose por ese hecho.

-No es invencible, tío.

-Ya, pero es más fuerte que tú y que yo.

-Eso he de admitirlo.

Ángel se reincorporaba sacudiendo la cabeza en todas direcciones para librarse del polvillo que se le había quedado atorado en el pelo. Al lado suyo descansaba la libreta con unas cuentas que no había escrito él antes. Al mirarla de cerca, pudo diferenciar los símbolos: era un mensaje.

-¡Oye, que nos piramos, tronco! ¡Ya os las apañaréis tú y el otro! ¡Nos vemos! -Firmado, West. Abajo, con una caligrafía mucho más cuidada y bonita, había escrito otro mensaje.

-Lo siento, siempre es así. Al lado de este bolígrafo te dejo uno completamente nuevo, para cuando se te agote la tinta del que llevabas tú. Tened cuidado. -Firmado, Kanaeda.

-Qué precavida. Se lo agradeceré. -Decía para sí el de tez morena agarrando el nuevo boli. Messi resurgió como un zombi, sacando la mano de las profundidades de un montón de rocas. En seguida Ángel le ayudó a salir.

-Hoy todas me caen a mí ¿eh? -Decía quitándose la sangre que descendía por su ceja derecha.

-¡Eso parece! -Reía Ángel recordando el botellín de cerveza de Sergio- Solo estamos tú y yo. Parece que el poder de JR salió defectuoso.

-Bueno… ¿y ahora qué? A buscar algún pueblo cercano para informarnos. Si podemos encontrar un mapa, mejor.

-Exacto.

-Si tuvieras que buscar uno en medio de una llanura, ¿qué dirección tomarías? -Preguntó buscando opinión.

-Lo primero que haría sería encontrar un río y seguir el cauce; no sería difícil encontrar una aldea cercana a un arroyo. Dijo Maxi que este mundo era mucho más extenso que la Tierra, así que esperemos tener suerte y encontrar algo rápido.

-Pues a dar el paseíto entonces. -Animó Iván con una palmada amistosa en el hombro.

Santi. Eh, Santi, arriba. -Llamaba Alexandra con unos leves zarandeos. El chicó despertó dolido de la espalda, pero solo era un golpe.

-¿Y los demás?

-Estamos solos.

-¿Qué es este lugar? Está todo lleno de niebla.

-Hace mucho aire, pero no es tan frío. Tal vez estemos cerca de alguna playa y esta sea la bruma que trae el mar.

-No puedo ver lo que hay a un metro de mí casi. -Se quejaba el chico- ¿Esperamos a que se vaya?

-Creo que va a ser lo mejor.

Eh, levantad. ¡Vosotros! -Despertaba Calzada a Fran y a Elena. Sus rostros amodorrados desaparecieron a los pocos segundos.

-No son íonys. -Decía un hombre trajeado con indumentaria militar. Las frentes de los tres chicos tenían dibujados puntos rojos de varios francotiradores que estaban apostados en la parte superior de los vehículos, metros atrás. Tras varios segundos de agónica espera, marcharon dejando con vida a ambos tres.

-Si llega a estar JR o alguno de estos con nosotros nos habrían fusilado. -Se decía Fran a sí mismo- ¿Estáis bien los dos?

-Sí. Gracias. -Pronunciaba Elena reincorporándose- ¿Eso es un templo? -preguntó señalando el edificio que llevaban escrutando desde hace un rato.

-Tiene toda la pinta.

-Vamos ¿no? Mejor que quedarnos aquí… -Tomó la iniciativa Calzada. En seguida le siguieron.

Pedja estaba sentado en el suelo como los indios. Se encontraba solo, en un lugar que no conocía, en un mundo en el que no había estado antes. Y además llovía a cántaros.

-Si llego a saber esto me hubiera pirado ayer. -Resoplaba y reía por no llorar. Se levantó y comenzó a caminar en línea recta, a ver si así podía llegar a algún lado en concreto. En seguida materializó su espada y la llevó en la mano el trayecto entero.

-Ethren. -Llamó Idún. El nombrado cerró el libro que estaba ojeando, no sin memorizar antes la página que estaba leyendo- Es un mensaje de Garnyon. Han asaltado a Effen, un ataque aéreo. Pero siguen todos vivos, no te preocupes.

-Es bueno saberlo. -Se tranquilizó- No pueden morir antes de que me abran la puerta al otro lado, no lo podemos permitir.

-Lo sé… Sólo tendrás que pedírmelo si quieres que vaya a socorrerlos.

-Idún… De hecho, si te voy a pedir algo, pero no quiero que les protejas; prefiero observar su evolución. Prefiero… que averigües quién está detrás de todo esto y qué quería de los íonys. Hay infinidad de ellos en Amast, que casualidad que sea a Effen justamente al que le haya ocurrido esto.

-Así se hará, si es lo que quieres.

-Gracias. -Pronunció con sinceridad el íony. Con un gesto de la mano, la mujer de tez azabache desapareció dejando un rastro de humo y cenizas.

2º Día en Amast – Unión

La reunión había resultado ser durísima.

Me gané a pulso la apatía de Yiraméh, la madre de los Atheráh, pues las descalificaciones y los insultos hacia mis amigos no cesaban. Y por supuesto, no me quedaba callado en aquella situación; incluso, infundí valor a los demás y comenzaron a defender también a los tres íonys.

-¡Esto es una vergüenza! -Se quejaba de nuevo la señora de la casa.

-¿Cómo quiere que acepte que los sentencien a muerte? -Señalé con el dedo al taciturno trío, los cuales no abrían la boca siquiera para respirar. Los demás habían enmudecido; creo que se debía a que jamás imaginaron al Maxi que ellos conocían así de enfadado y rabioso.

-¡No podemos permitir que su traición quede impune, Effen!

-¡Yo no me llamo así! -Faltó poco para que aquella frase fuera un grito iracundo- ¡Usaré la fuerza si es necesario! -Si hubiera sido un poco más consciente en aquel momento habría guardado silencio, pero mi visceralidad me venció, como era normal.

Banzza se puso en guardia y Yiraméh también, aunque lo disimuló bastante bien.

-Tú podrás defenderte, Effen, pero tus amigos humanos no. -Amenazó. Noté como se ponían nerviosos. Yo materialicé mi espada blanquinegra y la alcé hasta dejarla a la altura de mi cuello, las miré sin sentimiento en los ojos, como ellos solían hacer.

-Tocad a uno solo y Amast se irá a la mierda junto con vosotros y vuestras putas costumbres. -Ahora sí que había perdido los papeles.

Era incapaz de suicidarme, no disponía de tanto valor como para cortarme la yugular con un frío metal afilado, ni tampoco tanta falta de juicio; sabían que no sería capaz, pero debía imponerme de alguna manera, la que fuera. Algunos me miraban con los ojos abiertos, otros miraban a otro lado esperándose lo peor. Con un chasquido de lengua la mujer maldijo y cruzó los brazos.

-Malditos Hárathel, siempre con los sentimientos por delante, sin importarles el bien colectivo… -Suspiré aliviado al ver que había ganado aquel asalto y que se daba por vencida- Bien, ahora que por fin nos hemos puesto de acuerdo… ¿podrías informar a los presentes qué tema querías abarcar, Effen?

-Sí. Ahora que hemos dejado claro que no se castigará a estos tres íonys con la pena de muerte -volví a puntualizar- informaré.

-Maxi. -Llamó Fran- ¿Podrías decirlo de una forma en la que entendamos todos? -Asintiendo, comencé con una historia que ahora se triplicaría en extensión.

>>Veréis, este mundo en el que estamos se llama Amast… y también tiene una mitología, una respuesta a la mítica pregunta de “de dónde venimos”. Los océanos, el viento, la tierra, la luz del sol… todas tienen un origen. En total son diez los elementos que en este relato datan y cada cual corresponde a un dios: Fuego y agua, tierra y viento, luz y oscuridad, tiempo y espacio y vida y muerte. Ahora me gustaría que contarais cuántos sois. -Dije sonriente.

Todos se miraron sin saber bien qué decir. Algunos ni siquiera hicieron el amago de girar para saber cuantos estaban allí. Pedja negó con la cabeza sonriente, sin creerse lo que allí estaba sucediendo. Elena se miró las manos y recordó la primera vez que luchó contra los Claros, justamente la vez que su espada desprendió una hoz de luz negra que devoraba la carne como un ejército de termitas.

Volví a relatar el cuento que Kanaeda me había explicado para entretenerme, uno que ahora era de vital importancia. El universo, con sus dos lados, el finito y el infinito; la diosa mal lograda que sintió envidia, el portador del saber…

-Así que Alexandra es la envidiosa… -Reía JR. Recibió un leve tortazo en el brazo por parte de su amiga.

-Y yo el sabio. -Pronunció con narcisismo exagerado, aunque bromeando, Ángel.

-Pero, entonces… tú no pintas nada, ¿no? -Me dijo Calzada.

-Esa es la parte del cuento que falta. -Respondió ahora una Yiraméh respetuosa y serena- Los dioses no podían usar directamente su poder, aunque lo poseyeran. Necesitaban canalizarlo, necesitaban una herramienta… en las viejas leyendas, este medio era la sangre.

-Mmm… -Pensaba Santi en busca de respuestas- Pero aun así, ¿por qué un humano en vez de una herramienta? -Se refería a mí.

-Es perfecto, todo encaja. De hecho, ¿qué mejor que Effen para lograr que desenterréis el poder que dormita en vosotros? Por si no lo sabíais, él puede crear todo cuanto imagina. No le sería difícil crear un ambiente en el que os veais obligados a usar de alguna forma el don que se os ha otorgado.

-Si, bueno… pero a veces resulta un poco desagradable. Tú no sabes que apuro puede llegar a ser imaginarte a todo el instituto desnudo…

-¡Tú es que estás loco! -Reía Ángel- ¡En qué andarías pensando!

-¿Todo? -Preguntó seriamente Mesi. Yo le miré y le respondí afirmativamente.

-Sí. Todo, Iván. Pero -dije antes de que fuera capa de comentar nada- crear lo que imagino no significa que sea una especie de dios; imaginar consiste en combinar, nada más.

-Hay muchas cosas que no entiendo aún. -Se quejaba Elena.

-Pregunta titi, que yo te respondo lo que quieras. -Ella reía al ver que la llamaba de aquella forma.

-En realidad -Intervino Alexandra- serían los diez elementos más la sabiduría. Por eso alguien debe portarla y uno de nosotros cargar con dos elementos.

-Yo creo que sabiduría tenemos todos; no hace falta que alguien cargue con todo el peso de tener que responder cualquier pregunta. -Opinó Fran- Pero como dice Elena, hay cosas que no me cuadran muy bien.

-Tal vez sea culpa de este. -Me señalaba Santi.

-Banzzalien, manda un mensaje al resto de familias. Diles que los tres íonys quedan absueltos; pueden caminar por Amast con tranquilidad. -Los jóvenes celebraron en silencio, con una sonrisa, que sus cabezas estaban seguras sobre sus hombros.

-Gracias, tía. -Se inclinó Alex con una sonrisa.

-A mí no… al Hárathel, Aalén. Venid, os mostraré vuestros dormitorios para hoy.

-No queremos causar más molestias…. -Dije yo con miedo de que estuviera mintiendo y aprovechara la noche para asesinar a nuestros tres amigos- Además, fijo que tendrá que preparar muchas habitaciones y-

-Effen. -Me interrumpió- Desde que entraste por la puerta ya había once habitáculos preparados para ti y cada uno de tus compañeros. Cuando a un Hárathel se le mete algo en la cabeza… -Suspiraba sin remedio. Aquella confesión me impresionó tanto a mí como a los demás; ya se había anticipado a todo aquello. Los Atheráh eran sorprendentemente amables y razonables… a su modo.

Y al final, seguimos a la mujer. Pedja quedó rezagado, pero Álvaro le dio una palmada en el hombro recordando que debían seguir.

-Es duro… ¿verdad? -Solamente le miró sonriente.

-Sí, pero que remedio. No puedo hacer nada. -Intentó parecer poco perturbado con una sonrisa. Álvaro tardó en devolvérsela, absorto en sus propios pensamientos.

Antes de ir a los dormitorios nos enseñó una estancia comodísima, llena de sillones, con una barra y estanterías colmada de vasos de cristal; las bebidas, en el frigorífico. JR fue disparado.

-¡Oh…! -Dijo abriendo el primer botellín de cerveza- Hoy templo.

-¿Qué tal el pueblo, defensor? -Le rasqué la cabeza a Calzada amistosamente, sabiendo que le aborrecía aquel gesto. En seguida me apartó de mala gana y reí.

-Pues… si no llegan a estar JR y estos… todos muertos.

-Sí. Pero la que se cargó sola a los blancuchos esos fui yo ¿eh? -Se crecía Elena.

-Sí oh, ¿y yo qué? -Sonreía Santi- Eh, Maxi, creo que Elena y yo tenemos la oscuridad y la luz.

-¿Quién de los dos-

-Yo. -Se anticipó Elena a la pregunta que estaba a punto de formular.

La miré con melancolía, pues la oscuridad que tendría que soportar no sería ni parecida a la de una habitación sin luz. Me parecía extraño, también, que en la mitología de Amast vida y muerte pertenecieran al mismo dios y luz y oscuridad estuvieran separados, pues no me parecía posible la existencia de uno sin el otro.

-Qué, ¿aprendiste a saltar de edificio en edificio? -Le pregunté a Calzada para liberar tensiones. Este reía.

-¡No! No jodas…

-Se mete una leche que no lo volvemos a ver. Además que como se le caigan las gafas se queda ciego y se la pega.

-Maldita amarilla. -Tortazo en el brazo y queja.

Reparé en una estantería y mirando un punto en concreto encontré lo que buscaba efímeramente. Un libro con ilustraciones de aquellos dioses que habíamos nombrado minutos antes. Se lo acerqué para que echaran una ojeada; acto seguido me acerqué a Fran y a Iván.

-Vosotros bien, me imagino. -Saludé sonriente.

-Pues sí, si te lo imaginas, supongo que sí. -Contestó sagaz Fran, algo típico en él.

-¿Habéis notado algún poder vosotros? Como Elena o Santi.

-No. Nada. -Se sinceró Mesi- Oye, ¿qué busca el otro tío con todo esto?

-Quién sabe… querrá ver que hay al otro lado ¿no? Supongo que es lo que yo haría en su lugar.

-Mientras no imagines cosas que no debes, todo bien. -Sonreía Mesi.

-¡Eso digo yo! Voy a ver a estos. -Sus ojos estaban colmados de escepticismo, pero aun así parecía que querían entender todo aquello por ellos mismos. Ángel y Alexandra estaban hablando seriamente, sentados en un sofá, por lo que decidí no inmiscuirme.

-Qué pasa, quinto. Anímate, hombre. -Le decía JR a un Pedja malhumorado, pero que reía. Le dio una palmada en la espalda, la cual le dolió, pues al ser íony su fuerza era mayor, pero no era consciente. Tras varios intentos, comenzó a brindar con él abriendo otro botellín.

Álvaro, por el contrario, estaba sentado en un taburete, con la mitad del cuerpo apoyado sobre la barra de mármol. Creí que se dormiría ahí mismo.

-¿Rito? -Le pregunté preocupado.

-Perdona tío, es que no me he recuperado de la última pelea. ¡Pero con un par de horas de sueño lo arreglo rápido!

-Ea, el bicho. ¿Cómo era?

-Veloz, fuertísimo, inteligente, resistente… lo tenía todo el cabrón. Menuda paliza me metió. -Informó JR.

-Su forma…

-¡Ah! Pues era como un humano, pero más grande. Caminaba sobre las cuatro extremidades y le salían la hostia de brazos de la espalda tío. Cuando nos lo cargamos se transformó en una tía chunga, blanca… y bueno…

-Ya, supongo que sabré reconocerlo si me peleo con alguno.

-Pues sí, un poco de ayuda no vendrá mal la próxima vez.

-Álvaro. -Me senté a su lado y comencé a informarle de algo que me parecía curioso, de forma que sólo él pudiera oirme- Hace unos años, estuve aquí, en Amast. Para entonces yo no sabía nada de todo esto y menos aún la historia de antes. Te lo digo porque la otra vez vine con cinco amigos de Benavente; por “error”, acabaron en este mundo conmigo… y uno de ellos aprendió a manejar la tierra y el tiempo.

-Ya veo. Es esa la coincidencia de la que hablabas ¿no? Ellos eran cinco y si cada uno portara dos poderes todo encajaría… ¿Crees que fuiste tú mismo quien decidió que tuvieran algún tipo de fuerza? Aunque fuera de forma inconsciente.

-Pues lo más seguro es que sí. Recuerdo que siempre estaban frustrados; no es que desearan luchar al frente, como un soldado más… sino que estaban hartos de ser protegidos y querían defenderse ellos mismos. Tal vez, ese fue el comienzo.

-¿Sólo él tiene? De los cinco.

-No. También aprendieron a manejar el agua y las sombras. ¡Tío! De verdad que preferiría llevar una vida normal… antes siempre pensaba que ser el protagonista de un videojuego sería divertido, pero ante esta realidad veo lo infantil que era. Pelear contra monstruos no es divertido.

-Es que estás muy tonto. -Decía JR a mis oidos. O más bien, su boca, saliendo de la nada, como si flotara en el aire. Me hizo sobresaltar.

De repente noté como algo me golpeaba el pecho. Observé durante un momento la zona dolorida, pero nadie me había tocado; sentí como si alguien hubiera sostenido mi corazón en su puño por unos instantes… y no pensaba en la posibilidad de que Sergio gastara una broma de tan mal gusto. Había sido interno, parecido al presentimiento de un Claro acercándose, pero era distinto.

-Me voy a dormir. -Dije rápido, intentando disimular el malestar. Por un momento, me pareció ver como JR miraba a Álvaro significativamente, como avisándole de algo, pero no ocurrió nada. Tal vez sería sólo mi imaginación jugando una mala pasada, o tal vez algo implícito que escapara a mi percepción.

-Yo creo que en breves también. -Me dijo el íony del tiempo dándome una palmada amistosa en el hombro. Se quedó observando un punto en concreto, concentrado. Me pareció extraña aquella reacción, así que busqué en su cómplice algún resquicio, pero seguía a lo suyo; si estaba disimulando, lo hacía sin fallo alguno. Al final, el rubio me soltó.

-Hasta mañana. -No quería quedarme más allí.

Cerré la puerta tras salir y Banzza, que esperaba en el pasillo de rodillas, se reincorporó para enseñarme los dormitorios. Agradecí.

-¿Qué has visto? -Preguntó Sergio a su amigo.

-Nada. Parecía preocupado por algo, pero en las siguientes ocho horas solo lo veo durmiendo.

-¿Crees que se ha dado cuenta y ha imaginado que veas eso en concreto? -El rubio negaba con la cabeza.

Fue casi instantáneo. Apenas me dio tiempo a vislumbrar la forma que tenía el habitáculo cuando de repente aquella sensación que me ahogaba volvía a mí, ahora más intensa; había esperado a que estuviera solo para llamarme, para que nadie nos molestara en esos momentos. Caí mareado sobre la cama y rebotando noté como me golpeaba contra el suelo. Mis ojos se empañaron hasta que los cerré, presa del agotamiento repentino que me invadía.

Y desperté en la playa de siempre. Sacudí la arena que había quedado atorada entre mis cabellos de dos manotazos y me senté como los indios, observando aquel mundo tan extraño pero al que tanto cariño guardaba, pues no dejaba de ser mi rincón de los recuerdos, mis sueños, mis secretos… ahí estaba todo.

Nada había cambiado. La línea del horizonte se torcía según avanzaba con la mirada hasta quedar completamente en vertical; las nubes, juntas, danzaban en espirales para intentar adentrarse en aquella fina línea creada por cielo y tierra; dientes de león, colosos en flor, surgían de las profundidades del océano. Los pétalos, tristemente se despedían, esclavos de su nuevo dueño el viento, de aquel tallo del que habían formado parte.

-Hacía mucho que no te pasabas por aquí… Effen. -Miré raudo en dirección a la voz, sobresaltado, aun sabiendo a quién me encontraría- ¿Y esa expresión de sorpresa? Recuerdo haberte dicho… que hasta que no estés completo, tú y yo seremos un único ente. Si algún día, por cualquier causa, pierdes el control… me adueñaré de ti.

-Kyanoreh. -Pronuncié con melancolía. Unos metros adelante estaba ella, resguardada en un sauce llorón de tremendas dimensiones. Se reincorporó lentamente- ¿Qué quieres?

-Pues, verás, Effen… intenté no caer en la tentación de echarle una ojeada a tus recuerdos y a tu corazón, pero al verte rodeado de personas que no conocía… la curiosidad fue demasiado fuerte para que pudiera aguantarme. -Dijo con un tono juguetón a la vez que amenazador. Sus ojos esmeralda destelleaban iracundos- Javi, Fran, Ángel, Sergio, Elena, Calzada, Santi… si, lo veo, puedo ver como tu corazón arde.

-Basta.

-¿Basta? Lo que tú sientes, recuerdas, piensas, hueles, tocas… todo ello lo siento yo también, afloran en mí porque somos una misma persona. Un ente separado por error.

-Ni tú, ni Ethren, ni yo… tenemos algo que ver. No os conozco de nada.

-¡Y venga, y venga…! ¡Repítelo otra vez a ver si terminas de convencerte! Creer tu propia mentira para huir de la realidad no te salvará. Podrás engañar a los demás… ¿pero a ti mismo?

-Sois vosotros los que no comprendéis algo tan sencillo.

-Comprender… ya. Mira a tu alrededor y dime qué es lo que ves. -No tuve necesidad de otear hacia ningún lado, pero tampoco quería perder el contacto visual con ella- Este mundo es tu interior; todo lo que aquí existe eres tú. Ni siquiera has intentado comprenderte un poco y por eso está así.

-Sí sólo me has hecho venir para esto creo que ya hemos terminado. Te he demostrado que soy más fuerte y lo haré mil veces más hasta que te rindas. -Ella sonreía con arrogancia, mirando el suelo con la cabeza a un lado.

-Mil serán pocas. Pero… aparte del típico sermón de siempre… quería avisarte.

-¿Sí? Te preocupas por mí y todo.

-Obviamente. Si tú palmas, yo no tengo muchas opciones de sobrevivir. Pero a lo que iba. Eres idiota por naturaleza y aunque te avise no me harás caso… pero quedarte solo será tu perdición. Es lo que él busca.

-No me hace falta nadie. Soy yo quien debe acabar con esto, sin ayuda. No debe inmiscuir a otros.

-En fin… -suspiró ella abatida- No lo entiendes, como siempre. Eres un niñato. Me da igual si te sientes solo y vas lloriqueando por ahí; mejor aún, me lo pones en bandeja… pero si pierdes se acabó. Rodéate, úsalos si hace falta.

-¡No haré eso!

-¡¿Es que no te das cuenta?! -Gritó ahora, como una madre reprendiendo a un hijo- ¡Si Ethren consigue atravesar la pared y llegar al otro lado… se acabó! Hay un mundo completamente insondable ahí fuera; puede que termine con él, puede que lo domine, pero eso no lo sabemos. No debes dejar que llegue a ese punto y tus amigos ya juegan su rol.

-No son herramientas. -Me quejé enfadado.

-No, de hecho TÚ sí lo eres. ¿No escuchaste? Tú eres el canal, lo que deben usar.

-¡Usarme para qué!

-…olvídalo, eres imposible. -Suspiró. Las nubes comenzaron a desprender pequeñas gotas de lluvia, que caían en direcciones opuestas según la zona en la que se encontraran- Para derrotar a Ethren no te bastará con tener una espada afilada, Maxi.

-Lo sé.

-Usar tu poder tampoco te servirá, por mucho que lo acrecentes. Jugará con tus debilidades, te machacará; el infortunio de los demás es su droga… se maravilla viendo como sufren a sus pies, rogando. Poder crear todo cuanto imagina hace que sea el enemigo más peligroso de todos.

-Igual yo.

-¡No, te falta experiencia! Él lleva siglos… y tú eres un maldito íony chulo de tres al cuarto.

-Subestimarme será su error, al igual que fue el tuyo, Daralaya. -Kyanoreh sonreía misteriosamente al recordar aquel nombre que no había vuelto a oir en años. Despues de eso, quedó pensativa.

-Eres débil.

-No lo soy.

-Eres como el cristal… duro, pero frágil. Nos conocemos.

-No, no nos conocemos. Dejadme ya los dos, no deberíais existir.

-¡Ja! ¿Y tú sí? Somos la segunda y tercera vida de aquel íony, te recuerdo. ¿Cómo puedes juzgar tan rápidamente quién puede vivir y quién no?

-Quiero salir de aquí. No hablaré más contigo.

-Es tu mundo… -dijo tras una pausa- Si tú no sabes salir… no veo cómo puedo ayudarte.

-Lo que no entiendo aún… -Pronuncié despacio y con tristeza- es por qué en vez de aceptarme me rechazas.

-Porque eres débil. Y lo reiteraré hasta la saciedad; creo que padeces un grave trastorno psicológico si no puedes recordar la misma frase cada vez que nos vemos.

-Lo derrotaré y tú estarás para verlo.

-Hacerte el héroe no te salvará, por mucho autoestima que te aporte; crees que tus debilidades son las suyas, pero te equivocas. Él tiene todo lo que necesita, no sufre por nadie, al contrario que tú. Si consigue atrapar a alguno de tus amigos… fin.

-Sí. Lo sé… -Admití dándole la razón en aquella ocasión- Gracias, como de costumbre.

-Tch… lárgate de aquí, niñato.

Tendido en el suelo, me reincorporé hasta acomodarme de nuevo en la cama, recordando todo cuanto ella había dicho. Estaba agotado, así que pensé que no tardaría mucho en dormir; ni siquiera me deshice de la ropa. No escuchaba ninguna clase de ruido, por lo que supuse que ya estaban todos descansando. Aquella casa siempre estaba en silencio absoluto, así que cualquier ruido se escucharía sin dificultad alguna.

-¿A dónde vas? -Habló Álvaro lo suficientemente alto como para que el huido le escuchara. Este, tras chasquear la lengua, paró y dio media vuelta para mirar al chico. La casa de los Atheráh ya quedaba bastante lejos; le había dado tiempo a recorrer medio pueblo, pues ya se podía ver el casino y la calle en la que se colocaban los puestos de frutas en los días festivos- Esta ciudad, llamada Ashnaram, es conocida en el mundo entero porque está rodeada de un desierto helado. Aunque veas arena, ahí fuera te espera una hipotermia asegurada; si no hace frío es por una magia muy antigua que los protege. Y tú solo no sé qué vas a hacer, la verdad…

-Estoy hecho un lío. Y además, cabreado. -Se quejó Pedja- Yo sólo había ido al pueblo a pasarlo bien y a ver a mis amigos… y de repente me veo corriendo, huyendo de unos bichos que me quieren matar; por si fuera poco, casi la palmo hace un par de horas porque me habían arrancado de cuajo la mitad del cuerpo… y ahora este mundo de magia. ¡Es que joder! -Pateando un terrón de arena maldijo su situación actual una vez más.

-Si te quedas con nosotros volverás antes. Si te vas puede que te quedes en este mundo hasta que te mueras. -Se sinceró Álvaro.

-¿Cómo sabías que me iba a ir? -Preguntó sin darle importancia a lo demás.

-Ah, claro. Estabas inconsciente y por eso no escuchaste. Cuando toco a una persona, recibo información de su futuro, de algo próximo. Es como una premonición. Por eso siempre hago contacto físico con la gente, por precaución… no sea que se les ocurra alguna locura, como a ti ahora mismo.

-¿Y vas a retroceder el tiempo para que vuelva a la casa esa? ¿O me vas a obligar usando la fuerza?

-Ninguna de las dos y podría. Pero, si quieres, nos sentamos por aquí y me dices por qué te marchas.

-¿Cómo quieres que te diga por qué? Si no lo sé ni yo; sólo quería aclarar mis ideas. Es que todo esto de repente… me ralla mucho.

-Me recuerdas a mí hace unos años. -Sonreía Álvaro.

-¿Cómo?

-Sí. Tuve que huir de mi hogar, renunciar a todo. Fue bastante duro… pero bueno, tenía a Sergio y a Alexandra.

-¿Pero qué te pasó?

-Pues nací en el continente del Este. Verás, allí las mujeres tienen mucho más poder y privilegios que los hombres; que el heredero al trono fuera un hombre, es decir, yo… fue un escándalo.

-¿Y por qué? ¡Ni que sólo pudieran nacer tías!

-Es que, cuando era un varón, la mujer abortaba. -Pronunció con tristeza Álvaro- Pero mi madre no quiso aquello. Mintió a todos, diciendo que siempre había sido una niña. Se encerró en los baños del palacio, dio a luz sola y cuando me mostró al mundo la sentenciaron a muerte. Después de aquello, la familia de mi tía tomó el poder. No podían sacrificarme, yo no era culpable de nada, ni siquiera de haber nacido aunque así lo pareciera. Viví siempre encerrado en la misma habitación y bueno… es largo de explicar. -Álvaro se felicitaba a sí mismo al ver que Pedja había olvidado por completo sus ganas de marchar, aunque fuera con un tema tan delicado de tratar como su infancia en Amast. Ahora quería seguir escuchando aquella historia.

-¿Esto es Villavieja? -Pronunció Jonatan levantando una ceja. Idún asentía mientras Garanth hacía lo mismo con la cabeza, pero bostezando.

-¿Para qué hemos venido? No te interesa nada de aquí ¿no? -Decía quejándose Redan.

-¿Os gustaría vivir aquí? La verdad es que me apetecía cambiar de aires. -Reía Ethren mirando el pueblo desde lo alto del pabellón.

-Estaría genial. Aquí el aire es más limpio. ¿Verdad, tío?

-A mí me da igual. No respiro… -Bromeaba el del parche al más joven del grupo.

-Te gusta, ¿Derenán?

-Tantas construcciones me agobian. -Después de observar el pueblo volvió a tapar sus ojos con la venda negra que llevaba siempre.

-No te preocupes, quedará como nuevo. Yo me encargo de que así sea. -Pronunció Ethren creando una imagen mental de lo que quedaría de Villavieja.

1º Día en Amast – Íonys

Todo estaba en calma.

Los gritos agónicos del Claro habían desaparecido y la oscuridad que había envuelto el poblado entero se disipaba al igual que los restos de una hoguera. Celebraban aliviados que aquel infierno hubiera desaparecido por fin; también les alegró que Calzada despertara, aunque débil, tal vez por ser el que más cerca se encontraba de convertirse en un íony. Los dos antiguos protectores del pueblo que se encontraban de pie explicaron la situación al joven, pues si pisaban en Amast lo más seguro es que él fuera el representante del grupo de guerreros de Villavieja, su líder. Maxi así lo había encomendado.

-Entonces no podemos dejar a estos dos durmiendo. -Decía Calzada aún sin asimilar lo que supondría acarrear toda esa responsabilidad. A pesar de ello, tenía razón en lo que decía, refiriéndose a Fran y a Pedja.

-Alexandra es la que no debería estar inconsciente. -Avisó Álvaro a JR.

-¿Por qué? ¿Que pasa con Amast? -Se interesó Ángel en seguida, preocupado por la seguridad de su amiga.

-Eso. ¿Qué habéis liado allí? -Preguntó Elena después de que terminara la frase.

-Cosas nuestras. -Respondió Sergio sistemáticamente, como si le hubieran preguntado aquello muchas veces.

La frustración y la impotencia crecía por momentos. Era la situación la que les hacía perder los nervios, pero intentaban sonsacar la paciencia de cualquier lugar. Pensaban que aquello si les incumbía, que ahora todo lo referente a Amast era su nueva realidad y debían conocerla. En cuanto aquella niña, que parecía estar sacada de algún cómic, se acercara sabrían que la hora de ir al otro mundo había llegado.

-¿Y cómo despertamos a estos? -Preguntó Santi para apaciguar los ánimos enterrados. Lo consiguió, aunque no en gran medida; él también se sentía así.

-Yo lo haré. -Propuso el íony del tiempo.

-Mientras no te revientes por dentro como cuando paraste al bicho… bien. -El rubio sonreía, pero con culpabilidad y melancolía.

-¿Cómo lo harás? -Preguntó Mesi. Era el que más atención prestaba cuando alguien usaba algún poder; al menos quería entender cómo.

-Pues primero tengo que saber a qué hora se iban a despertar. Después adelantaré el tiempo en ellos.

-Les estarás robando tiempo de vida. -Reía Santi.

-Yo pienso que durmiendo se pierde más tiempo. Sergio.

-Dame. -Extendió la mano a tiempo, recibiendo un reloj que le había pasado Álvaro- ¿Cuándo? Son las cuatro y trece minutos. -Los demás se sobresaltaron. Aquel infierno que había parecido infinito no había trancurrido más que en unas pocas decenas de minutos.

-56 horas, 22 minutos. -Respondió Fátima tirando el cigarro y pisándolo, mientras expulsaba la última bocanada de humo.

-…correcto. -Afirmó el íony del tiempo, no sin impresionarse- ¡Vamos allá!

Y las agujas comenzaron a tomar velocidad. Giraron y giraron, aceleraban; el segundero ya no era visible, el minutero podía seguirse con la mirada, hipnotizante; el horario se mantenía vago y al ralentí. A algunos les hizo gracia ver a los convalecientes respirar tan rápido, pues parecía que el pecho les temblaba. También dieron un respingo cuando uno de ellos tosió, pero ocurrió en una milésima o menos de segundo, por lo que no supieron de donde pudo provenir.

-Para. -Dio la orden. El tiempo volvió a la normalidad. Álvaro se dejó caer, sentado sobre la piedra del monolito. Entre el calor y el esfuerzo estaba sudando; jadeaba como si hubiera recorrido kilómetros- Mira que eres burro.

-¿Cómo es que se van a despertar los tres a la vez? -Preguntó Ángel, pues le pareció extraño.

-Adelanta el tiempo de cada uno a distinta velocidad. El que calculamos antes era del que menos iba a tardar en despertar.

-¿Y cómo puedes saber eso? -Secundó Elena con otro interrogante.

-Cuando toco a una persona recibo al momento información de su futuro. Es como una premonición.

-¿Y cuánto puedes acelerar el tiempo?

-Lo que le dé la gana. Hacerte viejo, dejarte hecho un cadáver o borrar de ti hasta el polvo. Incluso hacerte un bebé de nuevo. -Respondió Sergio por su amigo. Álvaro agachó la cabeza, afligido, como si aquellas palabras le tacharan de culpable y le reprendieran duramente.

Fran le dio un golpe amistoso a Mesi para hacerle saber que ya estaba recuperado. Pedja le siguió y Alexandra después. Se reincorporaron hasta quedar sentados.

-Os cargasteis al bicho ¿no? -Miró a Calzada, esperando una respuesta.

-No. Yo no he luchado; sé que lo vi aparecer a toda leche por la calle y ya no me acuerdo de más. -Mientras explicaba el suceso, Fran reparaba en las tres personas que no esperaba ver allí.

-¿Estás bien, Alex? -La chica asintió al moreno.

-¿Y tú qué? -Preguntó JR a un Pedja distante.

-Yo… no sé. Bien, creo. ¿Pero cómo somos tantos?

Sin tiempo para escuchar una respuesta, aquella niña de blancos cabellos y ojos rojizos reapareció, haciéndolos enmudecer. Se acercó lentamente y poco a poco, Álvaro y Sergio se pusieron delante de la débil Alexandra para que no existiera el contacto visual entre las dos.

-Sé lo que escondéis.

-No la vas a tocar. -Amenazó Álvaro.

-Ni entre los once conseguiriais hacerme un rasguño. Pero estáis de suerte, lo dejaré pasar por esta vez. Además, sería un acto de deshonra hacia mi familia si combatiéramos en duelo ella y yo.

-¿Deshonra? ¿A la familia? ¿Acaso enterrar los sentimientos no es más deshonroso? Y no sólo para tu familia, sino para la humanidad.

-Calla, o será peor. -Regañó JR a Alexandra.

-Las grandes familias de Amast estamos destinadas a protegerlo de los males venideros. Cuanto más vacío queda el cuerpo de todo tipo de sentimientos, más poder adquirimos los íonys. La familia Atheráh renunció a ellos para proteger a la humanidad; no nos importa deshonrarla mientres esté sana y salva bajo nuestra mirada. A pesar de habértelo dicho infinidad de veces, pareces no entenderlo.

-Y seguiré sin hacerlo.

-Tú misma. Effen me dijo que erais cuatro y un íony… pero ya veo que no es así.

-Somos más porque-

-Contigo no estaba hablando. -Interrumpió violenta a lo que Sergio estaba a punto de explicar- Una Atheráh traidora, un Rebellion huido de sus responsabilidades y el heredero ilegítimo de la familia del este… menudos ejemplares. Tenéis suerte de que os dirija la palabra; dadle las gracias a las circunstancias.

A cada segundo, los tres chicos perdían la confianza en sí mismos y eran desalentados. Por el contrario, los novatos entendían cada vez menos y querían saber mucho más.

Les parecía mentira todo aquello. Miraban a JR, a Álvaro o a Alexandra, tan poderosos… y sin embargo, en aquella situación solamente podían agachar sus cabezas, impotentes, y callar. Fátima, por lo visto, también era incapaz de hacer algo al respecto. Con un gesto de la cabeza, la pequeña pero madura niña les invitó a pasar por una dimensión que había creado; aquel poder, que parecía completamente diferente al de Sergio, tenía como fin llevarles a Amast. No confiaron en ella, pero estaban siendo obligados.

-Sergio. -Llamó Fátima- Tráelo de vuelta. -Dijo refiriéndose a la Villavieja que siempre hubo- Si ocurre algo, os avisaré.

-¿No vienes? -Preguntó Calzada. Antes de que la mujer respondiera, el pueblo completamente destruido había sido intercambiado por el original, con un simple movimiento de la mano. Consiguió asombrar a los novatos.

-Me quedaré aquí, que el bar no se atiende solo.

-Está Candi, mujer. -Recordaba Fran sonriendo.

-Pues eso… solo. -Bromeó Fati al grupo entero- Tened cuidado. Sobretodo tú -Advirtió a Calzada- El mundo al que vais es muy estricto y penar con la muerte algo habitual… suerte, chicos. Quiero veros a todo en ferias, así que volved de una pieza, ¿vale?

-No tengo todo el día. -Cortó Banzza, la pequeña íony.

-¿Podemos hacer un trato? -Le preguntó la mujer en el último momento.

-Eso no es posible. Soy una persona de corta edad, poco sabia e ingenua; puedo ser engañada con facilidad. Por ende me ceñiré a lo que se me ha encomendado. -Fátima maldijo en su fuero interno y con un gesto se despidió. Desapareció segando el viento.

-Hacía mucho que no nos visitabas, Effen. Ven, toma asiento.

Y allí me encontraba yo, bajo la atenta mirada de aquella mujer. Yiraméh, la madre de todos los Atheráh más fuertes, me observaba con ojos penetrantes e indiscreta, de tal forma que me sentía escrutado en mis adentros. Estaba inseguro, rígido… era incapaz de ser natural con aquella persona. Incluso la silla que había tomado para sentarme me parecía la más incómoda del mundo.

Estaba todo igual que la última vez: cortinas color burdeos, al igual que las alfombras; paredes inmaculadas, blancas, con un solo cuadro al lado de una estatua de mármol; cristaleras de color vivos y brillantes, lámparas de araña…

-No pensé que me pudieras -rectifiqué y hablé sin tutear- pudiera recordarme.

-¿Insinúas que no tengo capacidades psíquicas suficientes para recordar algo tan nimio?

-¡No, no! -Aclaré rápido, acongojado- Quiero decir… estuve varios minutos aquí, en su casa.

-Hace unos años, Effen… nos hiciste combatir a todos a tu lado. ¿Crees que nos olvidaríamos del icono de nuestra libertad?

-Pero si yo no hice nada… fuisteis vosotros los que me ayudasteis en todo, incluso hubo sacrificios. Nadie me debe nada, al contrario. -Me eché la culpa y con razón.

-Me han dicho -pronunció tras una pausa- que tu hermano mayor lleva bastante bien la nueva organización. Gurtad, se llamaba, creo recordar.

-Sí. Después de acabar con todos los miembros anteriores, la reconstruyó y fundó un hogar para íonys.

-Me resulta gracioso que puedan dormir en un edificio en el que antes se asesinaba y se experimentaba con ellos. -Y acorde a sus palabras, dejó escapar una leve carcajada- Pero también tenías otro hermano, el mediano.

-Laren.

-Me dicen que partió contigo.

-Es un pesado… -Sonreí.

-¡Tú, sapo! -Llamó West desde una habitación contigua. Se acercaba- ¿Te vienes a dar una vuelta con la rubia y conmigo? Así esta te deja de dar la chapa. -Señaló a su madre adoptiva.

-Westhen… aún no he terminado de hablar con nuestro invitado.

-¡Que sííí… anda que no hay días, macho! Venga, vamos.

-¡Pero- no me dio tiempo a decir nada. Me arrancó del asiento con un tirón y yo temí por mi vida al notar como Yiraméh nos apuñalaba con sus ojos carmesíes.

-Perdona a mi vieja, tío… que ya se va haciendo mayor y claro. -Lo dijo en un tono bien alto y claro, para que la nombrada lo escuchara.

-Espera. -Le pedí- Banzza va a aparecer con ellos de un momento a otro. -En seguida escuché el ruido de la puerta abriéndose y supe que se trataba de ellos. Tenía que verlos aunque solo fuera un momento- West.

-¡Que no, tío! Que están bien hombre, si no la otra habría venido sola. Venga, vamos por ahí. Luego los ves y hablas con ellos y les das besos o lo que te dé la gana.

Al final no me quedó más remedio que seguirle. Siempre pasaba igual. Incluso me obligó a salir por la puerta trasera para no poder verles.

-Los he traído, madre. -Al instante se levantó del asiento, firme e imponente. Se acercaba poco a poco, dedicando tiempo a cada persona en la que reparaba.

Se posó frente a los íonys. JR, Álvaro y Alexandra agacharon la cabeza y no se atrevieron a mirarla a los ojos. El resto de invitados no gesticuló palabra alguna.

-Tienes suerte de pisar esta casa de nuevo, Aalén.

-Sí, tía. Gracias, tía. -Respondió Alexandra sin sentimiento o tono alguno en la voz. Esta reacción cogió desprevenidos a unos cuantos; no podían imaginar que aquellas personas tuvieran algún lazo de sangre con su amiga.

-Al menos respetas nuestras costumbres aunque sea sólo en mi morada… eso dice mucho de ti.

-Un honor, tía.

-Desde luego, sois la joya de la corona… -Reía sarcásticamente- El heredero ilegítimo de la familia Azarast… a ti si que no te imaginé, ni en mis mejores sueños.

-Un placer. -Mintió Álvaro.

-Algún día debía pasar… pero la culpable no fue otra que tu madre, no te apures. -Aquellas palabras hicieron despertar la rabia en él, pero cedió- Y de entre todas las joyas, tú eres la que más brilla. ¡Mírate! -Agarró a JR del pelo con violencia y le obligó a mirarla a los ojos- ¡Aparte de que os despreciamos, huyes de la única tarea que se te fue encomendada! ¡Jamás te será perdonado el daño que hiciste! -Lo soltó- Ineptos, arrogantes, orgullosos… y os hacéis llamar protectores de Amast. ¿O acaso debo recordarte por qué en tu familia cada nombre lleva como mínimo una equis? Responde, maldito Rebellion. Recuerda esa letra, la letra de la vergüenza.

-Debido a que la tarea de la familia del oeste es la más dura

-¡Ja! -Interrumpió la dueña y señora de aquella casa. Sergio calló un segundo, pero continuó.

-muchos fueron incapaces de someterse a tal sacrificio, y por consiguiente abandonaron sus hogares y renegaron de su linaje. Debido a la gran frecuencia de huidas

-Traiciones. -Aclaró para sí misma Yiraméh.

-a todos los integrantes de la familia Rebellion se les impuso la norma de portar en su nombre la letra equis. Así, cada vez que cualquier miembro decidiera huir, se le tacharía esta, significando que traicionaba el juramento de proteger Amast.

-Es decir, la pena de muerte. Huiste, Sahrén… los de vuestra calaña nunca aprendéis. Eres una persona afortunada, pues no te daré muerte en presencia de Effen; si por mí fuera, no me daría ni el menor remordimiento. Aunque posiblemente ya te hubiera ejecutado mi hija en cuanto tuvo la oportunidad. Por otro lado… -Dijo abandonando a los íonys, mirando ahora a los humanos- ¿Quién de vosotros es el líder?

-Yo. -Habló Calzada tras un largo silencio que dejó en evidencia que no se acordaba.

-Críos. En media hora exacta nos reuniremos en este salón. ¿Podrás llevar la cuenta, íony del tiempo? -Con una última y falsa risotada abandonó la habitación, seguida por su hija.

Álvaro, Alexandra y Sergio seguían mirando el suelo, pensativos y dolidos. Los demás guardaban silencio y les dedicaban miradas de impotencia y, sobretodo, tristeza. Querían ayudarles de algún modo, pero no entendían nada de aquello. ¿Heredero ilegítimo? ¿Traidor? ¿Indigna? Desconocían el por qué, pero sabían de sobra, que precisamente esas tres personas, eran incapaces de hacer daño a nadie.

El pelo de Alexandra, así como sus ojos, comenzaron a tonarse albino y carmesíes, lo que impresionó a los demás. Las pupilas de JR, abandonaban su forma redonda y habían adoptado una mucho más extraña, parecidas a un rombo tumbado. El único que no presentó cambios fue el íony del tiempo.

-Eh, chicos… -Habló Santi con melancolía. No podía permitir que alguien cercano a él estuviera triste, ya fuera conocido o no, por lo que intentó animarles- Escuchasteis, ¿verdad? Maxi está aquí.

-Tal vez eso a vosotros os pueda ayudar. Lo nuestro es causa perdida. -Terminó de abatirse Sergio- Volveré a la hora acordarda, tengo que ir a un sitio.

-Ten cuidado, tío. -Pidió Álvaro.

-Ya han dicho que no me harían nada, no te preocupes. -Y concluida la frase, abrió la puerta y abandonó la casa cerrando con cuidado. Alexandra, sin decir absolutamente nada a nadie, sin parecer triste siquiera, se adentró en un habitáculo adyacente a la sala. Antes de cerrar con un pequeño ruido, los miró a todos sin expresión en el rostro; pero aquellos ojos, ahora carmesíes, no tenían la fuerza suficiente para retener las lágrimas.

-Como se pasa la tía. -Se quejó Calzada refiriéndose a la Atheráh. Ángel prefirió no hablar por lo que le pudiera pasar. Pedja llevaba unos minutos que no hacía más que resoplar y llevarse la mano a la frente. Fran y Mesi estaban aparentemente calmos y Elena no sabía qué hacer para animar al íony restante.

-No os preocupéis… siempre ha sido así.

-Sí, pues como no nos preocupemos nosotros no sé quién.

-Gracias. -Pronunció, al fin, con una sonrisa a su quinta. Les parecía un pecado que alguien tan alegre como Álvaro estuviera triste, por lo que les reconfortó esta reacción.

JR llegó a su destino tras varios minutos, después de atravesar parte de la ciudad en la que se situaba: Ashnaram, el pueblo del desierto helado. Se fijó en el edificio, el cual no había cambiado un ápice, y sin más demora se adentró.

El suelo estaba pegajoso debido a la cerveza desparramada y el fragor que captaban sus oidos era animado, colmado de gritos de júbilo. Las mismas caras, los mismos asientos incluso el mismo olor; en aquel casino parecía no avanzar el tiempo… hasta que repararon en él.

El silencio mató el ambiente. Muchos tiraron las cartas y el dinero sobre la mesa, apañaron sus prendas de los asientos y como un rebaño abandonaron el local empujando y tropezando. Por suerte, Sergio ya estaba acostumbrado a todo tipo de insultos; apenas le costó ignorarlos. La música de pianola, típica de los casinos, seguía sonando de fondo.

-Parece mentira… fue hace un año la última vez que te vieron y aún te recuerdan. Sabían que tenían que irse en el momento en que apareciste por la puerta; sabían que hablaríamos… y creen que nos batiremos en duelo hasta que uno de los dos muera. ¡Pero no tienen ni idea! Hay que ver que gente… ¿¡Qué!? ¿Pero qué es esto? ¡Darandela!

-Lo siento, gana la casa de nuevo.

Ellos dos no habían cambiado. Allí estaba aquella mujer, vestida de cabaret, apartando con un bastón las monedas que ahora pertenecían a la casa de juegos. Pero ya no tenía el pelo, de color salmón, recogido, sino que lo llevaba suelto cuan largo era. Por otra parte, allí estaba el cutre de su hermano: vago, quejica… y vestido de traje con un sombrero de flores que rompía el conjunto, haciéndole parecer ridículo y de pésimo gusto. Estaba sentado con los pies encima de la mesa de póker.

-Eh, qué pasa Sahrénx, ¿te vas a quedar ahí? -En seguida reparó en el chico y vio que no se encontraba muy bien. Dejando de frivolizar, se acercó presto. Era increíble ver como se parecían ambos; en los ojos, en la barbilla, en la voz.

-Lexas… ¿pero qué haces con ese sombrero? -Reía JR. Recordaba perfectamente el día que lo había comprado en Villavieja, en uno de los tenderetes los días de feria. El nombrado se lo quitó e incrustándolo fuertemente en la cabeza de Sergio habló.

-Se cargaron a Axeas. -Dijo refiriéndose al mayor de los tres hermanos- Aunque bueno… por el lado bueno, ya no tendremos que aguantar su “halitosis”. Tú y yo somos los últimos Rebellion.

-Y encima yo estoy bajo pena de muerte.

-¡Encima eso! Ya puedes andarte con ojo… estoy harto de llorar por los que mueren. Pero tienes suerte, eres amigo del Hárathel, ¿no?

-Sí.

-¿Mucho? ¿O sólo conocido?

-Él me llama hermano.

-¡Genial! Entonces -advirtió con el dedo índice- será mejor que aproveches su influencia, porque de un Rebellion nadie tendrá piedad. Ni los humanos, ni los íonys… cada vez que nace alguno de nosotros es como una maldición para el resto de las familias.

-Ya…

-Sahrén. -Llamó con amabilidad la bella compañera- ¿Está mi primo aquí también?

-Sí, Alvarito… bueno -tuvo dificultades para recordar el nombre que tenía en Amast- En… Enre

-Enderal. -Ayudó la mujer.

-Sí. Estamos todos en casa de los Atheráh.

-Menudo suicidio… -Reía Lexas colocándose el sombrero- ¿Hablaste, pues, con el Hárathel?

-No, aún no.

-¿Y a qué esperas? ¡Si es que! -Lexas metió el brazo en una de las dimensiones y rebuscó sacando la lengua. JR quiso frenarle, pero fue tarde- ¡Ea, aquí está!

¿Qué fue aquello?

Noté como una mano me sujetaba con fuerza; tiró de mí hacia atrás y todo el paisaje cambió por completo. ¿Había sido una jugarreta de West, una ilusión? Ahora me encontraba en una especie de local que me sonaba bastante. Lo corroboré en seguida al ver a Lexas sonriente y a Darandela barajando las cartas. Fue JR el que me impresionó, pero me alegré de verle.

-Sergio. -Reparé en él con más detalle. Estaba agotado, abatido, o al menos esa impresión daba- ¿Todo bien? ¿Y los otros cuatro?

-Sí… cuatro. -Reía.- Contándote a ti, seríamos once.

-¿¡Once!? ¿Y quiénes…?

-Ahora los verás.

-Yo… lo siento. Siempre que pasa algo malo es por mí.

-Antes de que fueras íony ya nos pegábamos con los Claros en Villavieja, así que no te echamos la culpa. -Por aquel plural, supe que no sólo él era íony. Y me parecía que todos queríamos saber muchas cosas. Por supuesto, estaba preparado para cualquier pregunta.

-Qué curioso, Maxi. -Sonreía Lexas.

-¿El qué? -Me vi obligado a preguntar.

-La vez pasada eran cinco… y ahora traes a diez.

-¿Y? -No entendía muy bien por dónde iban los tiros.

-¿En serio no prestaste atención a la historia que te contó Kanaeda?

-¡Claro que sí…!

-Entonces te puedes hacer una idea de lo que está pasando. -Y no dijo más. Se colocó el sombrero que llevaba siempre y comenzó a jugar un solitario.

-¿Qué historia, Maxi? -Preguntó Sergio con ganas de saber. Poco a poco, me estaba dando cuenta de la situación; y ahora sabía que nada ocurría por casualidad, mucho menos en un mundo insondable regido por la magia.

El cuento de Kanaeda me hacía temblar. Eran las piezas del puzzle que ya encajaban las que me habían puesto nervioso. Una vez más, había arrastrado conmigo a diez personas inocentes que no tenían nada que ver con todo aquello; y, sin embargo, mucha gente creería que aquello era lo correcto, lo idóneo, lo que les salvaría.

Ahora lo demás era nimio. Lo acontecido unos años atrás era tan normal como la arena que rodeaba la ciudad: la caída de la DAAI; la muerte de Daralaya, jefa de dicha organización; Kyanoreh… creo que ya sé lo que buscaban. No era el don de crear todo cuanto imaginaba lo que anhelaban, sino más bien el poder que, según el cuento que había relatado Kanaeda, poseía: el vínculo, la herramienta que canalizaba los elementos.

-Sergio. ¿En breves hay una reunión, verdad? En casa de Banzza.

-Sí.

-Bien. Os tengo que contar lo que sucede. Urgentemente.

-¿Es grave?

-Ahora mismo no sabría discernir lo grave de lo insignificante. Sólo sé que temo por vosotros.

Sergio me miró con rostro interrogante, pero con los ojos le pedí que esperara un poco más. Eran muchas las cosas que tenía que decir y no quería dejarme nada. Ahora lo entendía todo. Cinco, diez… encajaba a la perfección. Y lo peor es que Ethren lo había averiguado antes que yo.

5X.2 de Agosto – Transformación

-Yo… no quiero este poder.

Respondió Elena de forma sistemática. Se imaginaba a sí misma, engullida por la oscuridad, en un mar de olas negras que la arrastraban a sus más impías profundidades. ¿Por qué, entonces, había recibido aquel don? No. No era esa palabra la que quería usar; la palabra más adecuada era maldición. Invocar a las sombras era como llamar a las puertas de su infierno particular, por lo que se negaba rotundamente a ayudar de ese modo, aunque se tratara del único.

-Entonces, ayúdame a mí. -Pidió Santi sincero. La miró sonriente para intentar infundirle ánimos y confianza en sí misma de nuevo- Aunque, si de verdad temes el poder que tienes… deberías enfrentarte a tus miedos, como hemos hecho y haremos todos tarde o temprano. 

-No sé qué haré cuando llegue.

-Yo creo que lo sabrás. Fíjate en JR, por ejemplo. Ahora mismo está luchando contra el bicho ese y nos está protegiendo. ¿Te crees que no le tiene miedo?

-Sí… también tiene que tenerlo.

-Y su poder… ¿No crees que es más aterrador que el tuyo? -Prestó atención Elena- ¿Te imaginas que algún día se queda atrapado en la dimensión esa por la que viaja? Si te das cuenta, en ese lugar en el que se mete no corre el tiempo; se quedaría allí dentro para siempre.

-Pues que se suicide, yo que sé. -Reía nerviosa. Santi lo hizo con ganas. Hablando de él, había reaparecido de nuevo en el monolito, esta vez al borde de la extenuación y lleno de golpes. Una de sus espadas estaba completamente destrozada.

-Se ha puesto serio.- Informó JR limpiándose la sangre que le recorría toda la frente.

-Normal tío, no sé cómo puedes luchar con eso. -Decía Ángel señalando una de las espadas del guerrero.

-Es que es tonto y no las usa como debería. -Reía Alexandra.

-Mira quién habla. -Respondió a la provocación amistosa de su amiga. En realidad sólo ellos dos entendían de qué hablaban. Tal vez Álvaro también supiera, si al menos no estuviera inconsciente.

-¿Cuánto crees que tardará en llegar? -Preguntó Mesi con los músculos del cuerpo en tensión, aunque aparentemente calmo.

-Un minuto como máximo.

-¿Cómo que como máximo? ¿No le has hecho nada? -Sergio negaba a su compañera íony, la cual se daba cuenta por instantes de la gravedad del asunto- Pues si tú no le has hecho nada…

-Alvarito y tú sois más fuertes.

-Pero tú llevas más tiempo luchando, tienes más experiencia.

-Hago lo que puedo. -Dijo con la mayor humildad existente.

-No te reñía… pero perdón si sonó de ese modo.

-¿Y qué hacemos? -Preguntó Ángel para comparar ideas y elegir la más óptima.

-Lucharemos contra él, Sergio y yo. -Propuso Alexandra- Si perdemos vendrá hacia aquí… Ángel, creo que eres el único que puede…

-JR. -Llamó Santi, el cual se acercaba con Elena- ¿Cuánto tardarías en ir y volver a Amast?

-Milésimas, un segundo como mucho.

-¿Y con ayuda? -El íony del espacio calló. A todos les pareció extraña la reacción, por lo que buscaron respuesta en Alexandra. También agachó la cabeza y dedujeron que había problemas en el otro mundo.

-Llévanos a Amast.

-No. -Respondió al instante negando la proposición de Elena- España correría la misma suerte que- Antes de poder terminar la frase, escucharon como un gran grito grave y cruel colmó los vientos que lo transportaron hasta sus oídos y como el pabellón falso creado por JR, al completo, volaba varios metros atravesando de lado a lado la carretera. El estruendo que realizó al golpear el suelo fue demoledor y desalentador.

-Está muy cerca. -Avisó Fátima alerta.

-Voy. -Alexandra saltó del monolito y atravesó el escudo blanquecino que Ángel había formado minutos antes. A una velocidad que no era natural para un ser humano, recorrió el camino hasta poner pie en la carretera y después la siguió para acercarse lo antes posible al pueblo. Al ver esto, Ángel quiso seguirla pero JR le retuvo.

-Ni se te ocurra.

-Vamos, tenemos que ir los dos. -Intentó explicar el chico- Será mejor un buen ataque que una defensa mediocre ¿no? ¿Qué mejor defensa que esa?

-No, no es tan sencillo. -Ahora fue Sergio el que quiso hacerle entender- Este es distinto a los demás; cuando luchaba contra él, memorizaba cómo le atacaba y cómo me defendía. Con seis minutos ya se ha dado cuenta de como reacciono, fijate como me ha dejado la espada, hecha una mierda.

-Yo haría caso a Ángel. -Intervino Santi. Elena y Mesi opinaban igual, por lo que conseguían convencerle.

-Sergio. -Habló Fátima.- Ya sé que quieres proteger todo a toda costa… déjalo que vaya contigo. Sabes que tiene razón. -Tras un corto silencio aceptó sin más remedio.

-Venga, vamos. Pero prepárate para lo peor.

-Sí. -Asintió Ángel con decisión.

-¡Ten cuidado! -Suplicó Elena, como si al oir sus palabras le obligaran a prometérselo.

-¡Mejor que lo tenga el bicho! -Bromeó Ángel para intentar dibujar sonrisas en los rostros de sus amigos.

De un tirón inesperado del brazo, desapareció junto con el íony de las dimensiones, no sin sobresaltarse. Apenas le dio tiempo a parpadear; ya se encontraban en el campo de visión de su enemigo. Antes de poder reaccionar, debido a que sus cerebros todavía estaban procesando la información que sus ojos captaban, Alexandra los apartó a los dos de la trayectoria de un ataque que habría sido fatal. Perdió la seguridad con la que luchaba al ver a Ángel; en aquella situación, su amigo no sería más que una torpe y débil lombriz expuesta a la atenta mirada de un ave rapaz.

La abominable criatura desenterró aquellos brazos que habían perforado de forma tan profunda, casi arraigados al mismísimo corazón de la tierra, y los miró amenazador, sediento. Flexionó sus extremidades inferiores como un sapo y con rudeza saltó al frente extendiendo las manos, gritando, en pos de alcanzar a alguna de sus presas.

JR agarró con su mano libre una casa distante, y violando las leyes naturales la lanzó como un simple juguete al enemigo, aumentando de tamaño a medida que se acercaba. Ángel y Alexandra tuvieron que agacharse para no ser golpeados por la enorme fachada que acertó de lleno en la cara del letal Claro. Ese golpe no le aturdiría para siempre, por lo que decidieron separarse rápidamente para obligarle a atacar a un único objetivo.

Resurgió con rabia de entre los escombros, masticando un trozo de puerta con una boca que parecía no existir. En la espalda, justo por la mitad, una fina línea plateada amenazaba con seccionarle de forma simétrica; si conseguían acabar con la oscuridad, la verdadera forma saldría al exterior y podrían terminar con él de una vez por todas.

Ángel aprovechó que el monstruo estaba reincorporándose para escribir un par de cuentas en la libreta que había traído de su casa; ya que JR y Alexandra tenían experiencia en el combate, se centraría en protegerles con lo que hiciera falta. Tras llevar a cabo varias operaciones, apuntó al lado de están cuáles servían para qué situaciones y memorizó los resultados; con solo echarle una ojeada ya sabría que poner en cada una.

En un nuevo embate, cargó contra el íony de las dimensiones. Era el que más cansado estaba, aparte de que ya conocía su forma de luchar y actuar. Antes de golpear a Sergio, los puños cambiaron de trayectoria y los redireccionó hacia sí mismo. Fugaz, se dio cuenta a tiempo y el monstruo recibió el daño; Ángel tardó un poco en darse cuenta por qué el enemigo había actuado de aquella forma, pero Alex lo sabía. En todo momento, JR se envolvía a sí mismo mientras luchaba en una dimensión que intercambiaba los lugares con el del oponente; así, cuando un ataque iba dirigido hacia él lo recibía el enemigo. Por suerte sabía invertir el proceso en el momento idóneo para que no ocurriera alrevés.

La chica atacó desde atrás. Apenas consiguió hundir el filo en el cuerpo de aquel ser, por lo que maldijo en voz baja. Se apartó de un salto para que los brazos no rompieran sus costillas, los cuales casi la habían dado alcance con un ataque horizontal, y Sergio aprovechó para escabullirse por una de las tantas dimensiones que conseguía atravesar.

Con una leve inclinación le bastó para situarse de un pequeño salto en frente de Alexandra, que comenzó a esquivar y parar la poderosa salva de ataques.Con un grito de dolor cayó al suelo. Había recibido un fuerte impacto en el hombro derecho; ya lo notaba destrozado y el dolor crecía brutalmente. El salvaje Claro alzó todos sus puños para aplastar definitivamente a la joven guerrera. Aunque JR había reaparecido de entre las dimensiones para defender a la maltrecha mujer, el enemigo había sido mucho más inteligente; antes de descargar toda aquella potencia sobre ellos, volvió a atacarse a sí mismo y por consiguiente, el golpe había sido recibido por el íony del espacio en su totalidad.

La cara de Alexandra se empapó de sangre y gritó en vano al ver como el cuerpo de su amigo chocaba inerte contra una de las viejas fachadas. A Ángel le dio un vuelco el corazón y se echó la culpa por haber juzgado mal la situación; había reservado aquel poder demasiado. Antes de vislumbrar el fin de su amiga, escribió una operación sencilla que no había hecho antes pero que esperó con toda su alma que funcionara: infinito menos infinito igual a cero.

El símbolo apareció rodeando a la malherida, dibujando una esfera que la acogió por completo del que seguramente habría sido un final horrendo y prematuro. Aquella protección resultó tan potente que hizo retroceder al enemigo varios pasas atrás, anonadado. Buscó en todas direcciones en pos de encontrar al culpable que le había arrebatado el placer de matar; ardía en deseos de estrujarlo con todos los brazos de su espalda.

Sacando fuerzas de flaqueza, la joven aprovechó la ceguera provocada por la ira que atormentaba a su irracional enemigo y perforó uno de los laterales de la bestia, clavando su espada con furia.

-Muere. -Golpeó el filo de la hoja con el nudillo y la amenazadora vibración del metal creció hasta hacer temblar los cimientos de la tierra. El arma comenzó a despedir destellos cegadores y al instante una descomunal explosión surgió de ésta. Las casas y los árboles fueron arrancados, se desintegraron antes de tocar suelo firme; la carretera se quedó fundida debido a la alta temperatura y el enemigo rodó metros revolcándose en los áridos guijarros.

Ángel tuvo que cerrar los ojos para no quedarse ciego debido a la desorbitante temperatura, pero de igual forma notó su cuerpo arder por unas milésimas. Alexandra debía ser una especie de íony de la creación y de la destrucción, a juzgar por las habilidades curativas y asoladoras que poseía; y no solamente eso, sino que además tenía problemas para buscar el punto medio.

A pesar del agotamiento que la invadía, corrió hacia el enemigo con un arma aún candente. Los estallidos fueron igual de demoledores que el anterior, los gritos de dolor de la bestia lo corroboraban. Deflagración tras deflagración, la falsa Villavieja era borrada del mapa rápidamente; los que se habían quedado en el monolito se preguntarían qué bando era el que provocaba aquella destrucción, aunque seguramente Fátima estaría explicándoles la situación como era debido.

Ángel pudo verlos de nuevo a ambos: Alexandra jadeaba fuertemente, con la boca abierta hasta donde los músculos la dejaban, mientras que el Claro parecía un espejo roto, pues tenía grietas argentadas por toda su oscura capa de sombras.

-Venga… venga… -Se decía a sí mismo el chico- Eso ya cae, Alex.

>>¿Qué debería hacer? -Preguntó en su fuero interno, en instantes que parecieron eternos- ¿Podría curar a JR? Aunque… si así fuera, ya conoce su forma de luchar, no sería conveniente. Podría atacar yo y terminar con esto o defender a Alex y esperar un milagro. Si ataco yo y no me lo cargo, me convertiré automáticamente en su objetivo… y fijo que ella me defendería con su último aliento. Si por el contrario defiendo a Alexandra… aunque está a punto de desmayarse. Entonces, no hay más opción.

Comenzó a dar valores.

Todos los brazos sujetaban a la desprotegida íony con fuerza, el enemigo comenzaba a abrir la mandíbula desencajándola como las serpientes. No le dio tiempo a engullirla, pues prestó atención a varios objetos que caían del cielo. Una lluvia de números unos descendió a la velocidad del sonido e impactaron de lleno en el sombrío cuerpo del objetivo sin darle apenas tiempo para reaccionar; lo perforaron más o menos hasta la mitad, pero bastó para derrotarlo. Los brazos soltaron a la malparada joven y cayó al suelo como una muñeca de trapo. Antes de que la verdadera forma surgiera del monstruo, Ángel corrió aguerrido para alejar a su amiga lo antes posible; acto seguido se acercó a JR.

-¿Te lo cargaste? -El moreno se sobresaltó, no pensaba que estuviera vivo. Como mínimo lo imaginaba inconsciente, pero no hablándole.

-¿Tío? ¡Si no tienes ni un rasguño!

-Ah, ya… es que me aburrí de esa carne y la cambié por otra. -Se atrevió a bromear en aquella situación- Aunque me sigue doliendo todo. Y encima ahora viene lo peor. -Intentó reincorporarse, pero estaba tan débil que hasta su camiseta negra le parecía estar hecha de plomo.

-¿No puedes recuperarte?

-Claro.

-¿Y cuánto tardarías, más o menos?

-Pues un par de días, no te jode. ¿Qué pasa, no puedes hacerlo tú?

-Sí, creo que sí. Déjame probar. -Se sentó como los indios en frente de él mientras escribía la operación que curaría del cansancio a Sergio. Chasqueó la lengua y después tachó todo rápidamente. Pasó página.

-Como no te des prisa…

-Tranquilidad.

-¿Tranquilidad? -Decía Sergio mientras miraba como el Claro se reincorporaba lentamente, sin hacer ruido. Ya había posado las cuatro extremidades principales en el suelo, pero Ángel no podía verlo ya que estaba de espaldas. Para no alarmarlo o desconcentrarlo, decidió disimular a pesar de que estaba comido por los nervios.

-Un poco más y ya termino.

-Vale, tranqui. Sigue sin moverse. -Mintió. Los brazos que le salían de la espalda se habían adentrado poco a poco hacia el interior y la fina línea plateada que le recorría el cuerpo ahora brillaba de forma intensa. De aquella fisura prístina ahora surgían dos inmaculadas manos blancas que parecían de mujer, las cuales abrían paso separando aquel manto azabache de envidia y odio. La melena, también blanca, apareció con el resto de la cabeza de aquel cuerpo vacío que ahora yacía cuan cascarón.

-¡Ya está! -Dijo Ángel escribiendo el resultado. No ocurrió ningún cambio visible, pero Sergio notó como sus fuerzas eran recobradas y como el dolor desaparecía tenuemente.

-Digamos que no me encuentro del todo bien.

-¡Es que yo no soy tú! He tenido que hacer un cálculo aproximado a la debilidad que padecías.

-Digo yo que bastará con esto. -La frase que había abandonado recientemente su boca no servía más que para infundirse ánimos a sí mismo, pues no se acercaba en nada a la realidad. Aquel cuerpo de mujer, que parecía estar hecho de mármol, agarró con la mano el cascarón y de un tirón, aquella pétrea capa de oscuridad había pasado a ser una fina tela de sombras que ahora ocultaba su silueta. Llevada por el viento, la prenda silbó de forma siniestra como si aún poseyera vida propia.- Ya está aquí, Ángel.

El chico, al darse la vuelta, observó a una estatua femenina viviente, que los miraba con ojos negros penetrantes. Supo enseguida que aquel manto que la cubría no era otra cosa que la piel del casi inexpugnable monstruo.

-Es más fuerte que el anterior, ¿no?

-Sí. Y está más buena. -Los nervios ayudaron a reir al moreno.

-¡Como nos mate ya verás si opinas lo mismo!

-Entonces no opinaré nada.

-¡Obviamente…! Concentrémonos mejor.

-Sí, eso pensaba yo. -Terminó de reincorporarse torpemente. Aún sentía el dolor en la espalda, el lugar donde había recibido el demoledor ataque, por lo que estaba encorvado. Ángel, a pesar de haber usado su poder varias veces, se encontraba en perfecto estado- ¿Te dejo una espada? Sólo tengo que alargar el brazo y te pillo cualquiera. -Ofreció JR.

-Prefiero el bolígrafo. -Reía Ángel.

-La espada no se queda sin tinta.

-La usaré como último recurso.

-Entonces bien.

No había más tiempo para dialogar. El Claro extendió el manto por el suelo y la oscuridad comenzó a crecer engulléndolo todo a su paso. Sergio agarró a Alexandra; comenzaron a correr, pues no querían hacer contacto físico con nada proveniente del enemigo. Al ser íony, JR corría mucho más deprisa que Ángel, incluso con su amiga en brazos.

Con un gesto de la mano, la oscuridad se extendió rápidamente, tanto que alcanzó a los huidos. Ángel y Sergio se encontraban en medio de un charco de aguas negras, esperando algún movimiento por parte del Claro. Se imaginaban que de la antigua coraza negra surgiría el ataque; era obvio, pero aún así resultaría imposible escapar por mucho que corrieran.

-¿Un teletransporte de esos tuyos? -Pidió Ángel.

-No puedo.

-¿Cómo que no?

-Es largo de explicar.

-¿Qué hacemos? -En el justo momento en que terminó la frase, unas extremidades idénticas a las que portaba a la espalda minutos antes nacieron de las profundidades, esta vez de un tamaño colosal, y con la palma abierta descendieron vertiginosamente para aplastarlos como a moscas.

Corrieron esquivando a la primera, a la segunda y a la tercera, pero resultaba imposible escapar de aquel suelo maldito. En un último intento por machacarlos, todas las deformes manos se alzaron para aterrizar al unísono sobre ellos dos.

-Mierda. -Sergio agarró a Ángel y con una fuerza sobrehumana los lanzó a él y a Alexandra al frente, volando varios metros. 

Antes de que las manos descendieran, antes incluso de que Ángel y Alex hicieran contacto con el suelo, escucharon un agudo y melódico sonido. Una fuerte onda de choque separó los cimientos y con estos a la oscuridad que los ahogaba. Retornando al tamaño original, la capa del color del ébano se acopló en la mano de su dueña, la cual observaba turbada como su poder había quedado quebrado y por tanto, anulado. Sergio cayó de culo sobre la carretera y el moreno se quejaba del hombro, la parte del cuerpo con la que había aterrizado.

No sin asombrarse, observaron a la persona que les había salvado de la muerte segura. No hacía falta deducir de dónde podía provenir, pues el color albino de su cabello liso daba una pista irrefutable de su lugar de origen, así como sus pequeños ojos carmesíes.

La niña, de mirada perdida e inexpresiva, dejó caer sus brazos, en los que portaba un violín. Se acercó lenta y amenazadoramente hacia el Claro, con pasos cortos pero decididos. A mitad del trayecto frenó, mirando a Sergio con los mismos ojos huecos con que observaba al enemigo.

-¿Sois los amigos de Effen? -Pronunció con la misma calma y opacidad con la que caminaba o dirigía sus ojos. JR supo que se refería a Maxi, por lo que asintió- Para variar, no sois más que un hatajo de ineptos… igual que los cinco anteriores. -Dando unos cuantos pasos más, se apostó en frente del objetivo a abatir- Volved con los demás, yo me encargo ahora. -A pesar de tener los doce años de edad, hablaba con precocidad y seguridad en sí misma.

Sin mediar palabra alguna, JR cumplió la orden y se acercó raudo hacia los otros dos. Usó su poder y en un segundo desaparecieron sin dejar rastro, atravesando las dimensiones. El Claro gritó con furia, ahora con una voz más femenina y de ultratumba. La niña se llevó el violín al hombro y posó con cuidado el arco sobre las cuerdas, lista para exterminar.

-Desaparece.

JR, Ángel y Alexandra retornaron al monolito pillándolos a todos desprevenidos. Los que en pie se mantenían habían invocado su espada y estaban dispuestos a luchar, mientras que los inconscientes seguían reposando en el mismo sitio. Todos se alegraron enormemente.

-¡Estáis bien! -Decía aliviada Elena.

-¿Pudisteis con él? -Preguntó un débil Álvaro. No habían reparado en él hasta que habló.

-Pues sin ti nos ha costado un huevo. -Decía JR mostrándole a la inconsciente Alexandra- Tiene el hombro molido… y yo estoy hecho una mierda.

-Lo siento. -Se disculpó el íony del tiempo con sinceridad.

-Tú cúrala, que ya tendremos tiempo de hablar.

-Ya ves.

-¿Podemos volver al pueblo entonces? -Sergio iba a contestar a la pregunta de Santi, pero Ángel se le adelantó.

-¡Qué va! Es que ha aparecido una niña que… bueno, suena un poco irreal, pero es cierto.

-¿Una niña? ¿De pelo blanco, quizá? -Interrogó Fátima. Era eso por lo que Sergio quería contestar antes que Ángel; con una mentira, claro. El chico asintió.- Banzza, de la familia del sur, de los Atheráh… ¿Qué hará aquí?

-Nos preguntó que si estábamos con Maxi.

-¿Sabes que pasará si ve a Alexandra no? -Preguntó Álvaro.

-Sí, sí lo sé. Así son todos los de la familia. -Sólo entendían entre ellos, lo que les molestó al resto de los que allí se encontraban.- Cuando se cargue al bicho querrá hablar con nosotros, así que esperaremos. No creo que tarde mucho.

-¿Y después? -Preguntó Mesi. Como todos, lo que querían era que volviera la paz a Villavieja; volver a acomodarse sobre sus camas, salir de fiesta los sábados por la noche, darse un baño en las piscinas… querían que todo terminara cuanto antes. Y querían ver a todos a salvo.

-Iremos a Amast. -Concluyó Fátima con tristeza.- Está claro que esto no termina aquí.

-Maxi está allí, ¿no? -Quiso saber Santi. Todo aquello había empezado con él, y suponían que reuniéndose de nuevo con su amigo al menos conseguirían una respuesta; o tal vez una pregunta, que definiera lo que sentían en aquellos momentos. Querían hablar con él, necesitaban hacerlo, para calmarse y conseguir un poco de paz interior.

-Sí, allí está… buscando, también, la respuesta.

5X de Agosto – Desesperación

La mañana del cinco de Agosto había finalizado sin incidente alguno. Tanto Elena, como Pedja, Calzada, Iván, Fran y JR se fueron a sus respectivas casas, a dormir. Tendrían hasta la tarde para descansar. Alexandra, al contrario, marchó de nuevo a cuidar de Álvaro, pues no quería quitarle el ojo de encima hasta verlo completamente recuperado. No necesitaba descansar, pues su cuerpo de íony resistía mejor que el de un ser humano… y estaba preocupada.

Nada más llegar, se acomodó en la silla que había dejado vacía durante varios minutos. Usó su terrible y eficaz fuerza, pero no sin perder el control; se sentía orgullosa de sí misma. Saludó a Álvaro, sin esperar respuesta, y comenzó a ojear unos mensajes que Ángel le había estado mandando a altas horas de la noche.

Tengo que preguntarte un par de cosas que me han venido a la cabeza. Mañana hablamos.

La curiosidad devoraba su interior, pues el asombro que le causó ver a Alexandra curando sus heridas, sólo con un gesto de la mano, le obligó a querer saber más.

-¿Cómo lo haces? Es decir… ¿qué sientes? ¿Qué piensas cuando lo haces?

-Me imagino a mí misma, acariciando la herida. Cuando mis dedos la rozan, se va cerrando lentamente, como una cremallera. Y… desaparece. Respondiendo a la primera pregunta, digamos que manipulo la energía a placer. Como todo íony; aunque no hace falta ser uno para llevar a cabo esta transformación.

-Un íony, por decirlo así, es como un mago, ¿no?

-Así es. Pero no hace falta ser un mago para hacer lo que yo hago, al menos en el mundo de donde provengo. Tanto yo, como JR o Álvaro.

-¿Ellos también? Vaya… ¿Y qué le hiciste a Eva? Le borraste los recuerdos, o algo así.

-Digamos que la apacigüé. Lo recuerda todo, pero no le interesará lo más mínimo el tema.

-¡Oye, eso no está mal! -Sonreía Ángel- ¿y yo también podría curar a los demás como tú?

-Puede ser. Sólo, aprende a manipular la energía. Que todos tengamos un poder diferente, hablo de los íonys, significa que a cada uno se nos ha dado la forma de leer y expresar la fuerza de un modo u otro. Donde yo veo estrellas, tú puedes ver cuadrados y otra persona ve círculos. Los lee de distinta forma, los expresa de distinto modo; invoca un poder completamente diferente. Incluso hay varias formas de sanar heridas. Álvaro, por ejemplo, hace retroceder el tiempo y deja la carne impoluta; JR transplanta la parte dañada y coloca una completamente nueva. Yo, me temo, soy más complicada.

-Entonces yo puedo hacer esto también. Sólo tengo que encontrar el modo de leerlo, de expresarlo y de invocarlo.

-En teoría. Pero no eres un íony.

-A pesar de que lo seas, no dejas de ser humana ¿verdad? Como yo.

-Sí, ahí tienes razón.

-Entonces, por lógica, si tú puedes hacerlo yo también. Estamos en igualdad de condiciones.

Alexandra leyó el último mensaje, enviado a las cuatro de la mañana.

-¡Creo que ya lo tengo! Estoy cansado, mañana te lo enseño y me dices.

Si Ángel conseguía manipular la energía, sería un pecado contra la naturaleza, pensó. A los íonys, aparte del don, se les daba el “permiso” para poder hacerlo. Pero, que un humano sometiera aquella fuerza tan brutal, a pesar de ser increíble, se convertía al mismo tiempo en un crimen atroz contra el orden lógico de las cosas.

Volvió a guardar el móvil en su bolsillo y tumbó medio cuerpo sobre la cama, quedando en una postura muy mala, ya que aún estaba sentada sobre la silla. Sin apenas darse cuenta, cayó rendida. Todos los protectores de Villavieja, por una vez en varios días, podían descansar aunque fueran solamente unas horas. El reloj de la plaza hizo sonar las siete horas que correspondían en aquel momento y el alba acogió la pequeña villa en sus brazos, iluminando las calles con timidez.

Álvaro se despertó.

Con los ojos entreabiertos, oteó a ambos lados de la habitación y medio noqueado se dio cuenta al final de lo que había ocurrido. Allí estaba Alexandra, con medio cuerpo sobre la cama, velando por él. Se sentía culpable, ya que siempre depositaba en sus dos amigos, de forma obligada, la tarea de cuidar el pueblo mientras se recuperaba por haber usado el don que le había sido otorgado. Pidió perdón al aire y se reincorporó hasta quedar con la espalda apoyada sobre la pared, para despertarse del todo. En el reloj ya marcaban las tres y cuarto del mediodía.

Sentía el cansancio por todo el cuerpo, sobretodo cuando vio que había dormido sólo un día. No estaba recuperado, pero por algún motivo había despertado de aquel coma usual que no podía evitar. Las piernas no le respondían como él quería; rezaba para que las tuviera dormidas. Respiraba despacio, ya que a mayor intensidad notaba fatiga y eso no le ayudaba mucho a recuperarse.

Al posar los pies en el suelo, recordó la primera vez que Fátima les había explicado a los tres cómo notaban la presencia cercana de un Claro. Y no lo recordó por casualidad, sino porque lo notó fuertemente, como un puñetazo en el pecho.

-Es como un mal presentimiento. Esa sensación de que va a ocurrir algo malo, ese mal agüero… es lo que indica que se aproxima uno. Uno, un grupo, millares… nunca se sabe.

Álvaro sintió miedo por todo el cuerpo. Si cuanto más fuerte era el mal presentimiento más fuerte era el Claro, o el grupo de Claros… debían ser más de un millón. Se los imaginaba a todos, colmando la dehesa y tapando el horizonte, un manto blanco que no dejaba ver la hierba seca o el final de la carretera. Iba a ser horrendo. Se reincorporó con decisión, dio un par de brincos y sus piernas reaccionaron sin problemas, lo que le esperanzó. Se vistió en una milésima de segundo, usando el poder que tantos problemas le causaba siempre y salió corriendo de casa. La zona del pabellón fue la que se le vino a la cabeza, por lo que decidió ir allí.

Fran y Mesi iban riendo por el camino, contando batallitas y haciéndose bromas, olvidando aunque solo fuera por unos minutos aquel mundo de magia y monstruos. Pensaron que lo mejor después de haber peleado y de haber tenido que asimilar tanta información, era darse un chapuzón en las piscinas, así que se dirigían a ello.

A Iván, lentamente, le desapareció la sonrisa de la cara al sentir un gran malestar sobre la zona del estómago; de igual forma, su amigo cesó de hablar dejando la anécdota por la mitad. Frenaron en seco y se miraron el uno al otro con nerviosismo.

-Oye, Fran. Los bichos esos… aparecían cuando tenías un mal presentimiento, ¿verdad? -Preguntó Mesi buscando una corroboración.

-Así es.

-¿Estás… sintiendo lo mismo que yo? -Ambos estaban concentrados. Intentaban buscar algo con la mirada, escuchar un ruido extraño; esperaban algo.

-Sí… ¿Cuántos son?

-No-no sé Fran.

-Ten cuidado. -Los dos ya respiraban entrecortadamente y estaban alerta. Les temblaban las piernas, los brazos y tenían miedo- Mira, mira eso.

Varios metros adelante, por la zona del parque, una nube negra descendía en espiral y comenzó a asentarse sobre el camino. El cielo parecía rasgado, herido, al paso de aquella oscuridad que se adueñaba del asfalto y de los objetos adyacentes. Detrás de aquella humareda azabache podía vislumbrarse al enemigo. Pensaron que a aquello no se le podía llamar Claro, ya que era negro en su totalidad menos por los ojos serpentinos como dos perlas. Exhaló aire por donde debería estar la boca y las sombras fueron apartadas con violencia. Fue entonces cuando se fijaron en la forma de aquel ser.

Era el doble de grande que un ser humano, pero mantenía su forma. Caminaba a cuatro patas y de su espalda salían incontables brazos que extendían sus manos al cielo, como si centenares de personas atrapadas en el estómago de aquella cosa quisieran salir de ahí y tendían su mano en busca de alguien que les rescatara. Era una calamidad, un verdadero monstruo. Se tumbó en el suelo y mordió el asfalto; todas las manos se pusieron a rascar la grava e intentaban arrastrarse, cada una en una dirección, en un intento desesperado por abandonar aquel cuerpo. Con un gesto rápido de cabeza, miró a los dos chavales.

En un instante, comprendieron. Notaron con tan solo mirar aquellos ojos blancos y rasgados lo poderoso que era aquel ser, lo peligroso y destructivo que podría llegar a ser. Y en su interior nació un conflicto, se lo imaginaron a la perfección. Iván protegería a Fran, pero Fran protegería también a su amigo; en tan solo una milésima de segundo, ambos pensaron el modo de interponerse entre su amigo y el enemigo para recibir el ataque que ya sentían encima. Sabían que sería demoledor.

Reaccionaron.

Fran se agachó con el primer movimiento y consiguió apartar los brazos de Mesi, los cuales iban a agarrarle para crear un escudo humano, pero fue más sagaz. En un segundo, su cuerpo quedó arraigado separando al monstruo de su amigo y deseó, irónicamente, que el enemigo atacara cuanto antes, pues sabía de sobra que no tenía la misma fuerza que él.

-¿¡Eres idiota!? ¡QUITA! -Gritó Iván con toda la fuerza que su cuerpo podía crear.

Aquello ocurrió en tan sólo un segundo. El monstruo apareció delante de ellos, a lo que pareció la velocidad de la luz, y golpeó con todos los puños de su espalda. Con un sonido seco, ambos chicos cayeron muchos metros atrás, sobre la caliente piedra; sus mochilas habían salido volando y ahora descansaban cuan cadáveres.

Cinco segundos después, Mesi entreabrió los ojos y medio mareado miró en todas direcciones. Se reincorporó, sin pensar o hablar, como si una especia de amnesia se hubiera adueñado de él… hasta que miró a su amigo, tirado a su lado, inerte.

-Fran… eh, Fran. ¡Fran! -Su camiseta, blanca, estaba llena de sangre en una zona en concreto. La fuerza del impacto le había perforado la zona derecha del cuerpo, más o menos en la parte por la que se opera la apéndice. La tela de la prenda había quedado introducida en la profunda herida, tanto que, aunque no pudiera observarse a primera vista qué forma tenía o qué grave era, no dejaba lugar a la imaginación.

El chico abrió los ojos. Miró a su amigo unos instantes. Con su apoyo intentó ponerse nuevamente erguido. Levantó medio cuerpo hasta quedar sentado; después, con la mayor dificultad del mundo, posó la planta del pie izquierdo y comenzó a reincorporarse con ayuda de su amigo, mientras ponía la pierna restante en contacto con el suelo. Una vez en pie, encorvado debido al dolor, dejó caer sus brazos y observó de nuevo al monstruo. Si no les había atacado todavía, era porque aquel ser estaba deleitándose de su fuerza, pues miraba su cuerpo maravillado sin poder creer aún la proeza y el poder que le había sido otorgado. Tras varios segundos, gritó con fuerza al cielo en señal de triunfo; un sonido que ahogó al pueblo entero. Aquello no había sido nada más que una prueba… y se había quedado corto. Podría repetir ese ataque con el triple fuerza.

-Corre… -Pronunció Fran. Cayó inconsciente sobre él, que le agarró fugaz para que no se golpeara contra el suelo. Miró de nuevo al monstruo y sin pensárselo dos veces, cargó sobre un hombro al malherido. Corrió en dirección al Castilla.

El omnipotente enemigo, al darse cuenta que su presa intetaba huir, gritó con mayor fuerza que antes. Los cristales de las casas cercanas reventaron en millones de partículas y las fachadas más viejas caían derrumbadas. Mesi aguantó el grito y decidió no mirar atrás. A pesar de cargar con su amigo, corría ágil; quería salvarlo, no sabía cómo, pero esperaba que Fátima tuviera la respuesta. También pensó que era inútil correr, pues en un instante aquel monstruo había recorrido toda aquella distancia y ni siquiera le había costado un esfuerzo.

>>No mires atrás, no mires, no mires… -Se decía a sí mismo mientras corría a toda la velocidad de la que disponía. Con cada brinco que daba al cambiar de pierna, se empapaba con la sangre de Fran y aquello le desesperaba aún más; la simple idea de verle muerto le hacía temblar de dolor.

Sin darse cuenta, pues solamente estaba concentrado en seguir corriendo, pasó de largo a una persona que había aparecido como su sombra. Ahora mismo, se interponía entre el huido y el enemigo, en el centro de la calle. Mesi ya corría por la zona del estanco.

Álvaro miró con decisión a aquel ser que se mantenía distanciado. Con una ojeada, supo lo fuerte y lo imbatible que podía llegar a ser ese monstruo. Y por si fuera poco, apenas podía dar dos pasos seguidos, por lo que hacerle frente a la criatura resultaba algo imposible. Pero se dio cuenta también, que aún no había despertado por completo; estaba en trance, observando los límites de su poder. Aún seguía parado, cerca del parque.

-Vamos… ven. -Pronunció Álvaro en un susurro- Ataca.

Escuchó su súplica. La calamidad tensó todo su cuerpo y de un impulso distorsionó la realidad, recorrió toda la distancia que los separaba. En el último instante, el chico extendió la mano y paró el tiempo. Frenar a aquella criatura en seco había producido una onda de choque descomunal; las fachadas cercanas se resquebrajaron, el suelo se agrietó dibujando pequeñas fallas y Álvaro sintió un fuerte golpe, tal vez parecido al que Fran había recibido minutos antes. A pesar de todo aquello, no perdió la concentración. Y esta vez, solamente el monstruo había sido detenido, ya que Iván corría con su amigo en brazos, todavía sin mirar atrás.

Mentía. Siempre les había contado a Sergio y a Alexandra que no sabía parar un objeto o una persona en concreto, pero no era más que una falacia. Si siempre quedaba exhausto al usar su poder, era porque guardaba un par de ases en la manga y no quería utilizarlos hasta que fuera estrictamente necesario.

Su cuerpo entero temblaba, apretaba la mandíbula y sentía como su propio corazón estaba a punto de estallar, pues una gran fuerza empujaba en contra de su voluntad. Miraba el suelo sin pensar en nada más que en detener al enemigo; sentía sus aceleradas pulsaciones por la parte de las sienes y notaba como la piel de las yemas de sus dedos se desintegraba poco a poco, quemada.

Escuchó, antes de caer inconsciente, como alguien corría pos los tejados cercanos. Sonrió.

-Ya era hora… -JR sujetó a Álvaro. Antes de desfallecer, miró que los ojos claros de su amigo le fulminaban reprensivamente, pero aun así estaba alegre. El tiempo retornó su curso.

Todos los puños, en vez de golpear a ambos chavales, penetraron en una dimensión invisible y atravesaron el asfalto tras su espalda. Extendiendo la mano, Sergio alargó la calle y posicionó al enemigo a kilómetros de distancia; aquella realidad distorsionada no podía ser más irrealista, pues las ventanas de las casas tenían de ancho unos cincuenta metros de longitud. Tenía que alejarlos a todos de allí, buscar un sitio seguro. Pero no muy lejano, pues debía mantener a raya al atacante.

-El monolito. -Pensó deprisa.

Rápidamente, atravesó aquella dimensión que le dejaba viajar a libre albedrío por cualquier lugar y posó a su amigo sobre la piedra de la construcción.

Iván, que ya estaba por la calle de los bares, se extrañó al ver que todo estaba vacío. ¿Es que nadie había oido el descomunal grito de la criatura? Todo era un mal sueño. Miró atrás otra vez para cerciorarse de que el monstruo no le seguía.

-Mesi. -Por puro estímulo, el nombrado invocó la espada y atacó al frente con un revés. JR consiguió apartarse, pues no se la esperaba, pero era normal debido a los nervios que colmaban al pobre chico. Este lo miró, durante varios segundos, pidiendo perdón con los ojos. Extendió los brazos exigiendo a Fran- Dámelo. Le curaré.

Pero chocando contra las casas, descontrolado y a una velocidad desorbitante, apareció de nuevo el cazador, corriendo con las cuatro extremidades. Antes de recibir un ataque demoledor, Mesi, Fran y Sergio aparecieron en el monolito. Cuando estás a punto de morir, dicen que ves pasar toda tu vida en diapositivas. Pero era mentira y JR podía comprobarlo en aquellos instantes; no son diapositivas de tus recuerdos, sino una sola imagen con todos los recuerdos pegados, unos encima de otros, creando una única foto. No daba tiempo a más.

-Déjamelo a mí. -Decía Alexandra, la cual ya había llegado. Tenía los ojos anegados en lágrimas, posiblemente por sentirse culpable de no cuidar como debía de Álvaro. Ahora yacía casi muerto, con la piel de la mano completamente abrasada- Ven, Mesi. Tumba aquí a Fran. -Decía aún sonándose la nariz.

-¡Calzada! -Se dijo a sí mismo JR.

Desapareció y en un instante retornó con una Elena desesperada y un Calzada fatalmente herido. Alexandra acudió en seguida a la chica, la cual no podía dejar de gritar. Lo hacía tan fuerte que sólo con oirla los demás sentían dolor en sus propias gargantas.

-¡Elena, cálmate, por favor! -Pedía Alexandra contagiándose de la desesperación de la pobre chica.

-¡Que se muere! ¡Javi! -Volvió a liberar un llanto ensordecedor, señalando la yugular seccionada de Calzada.

-Mesi, ven aquí. -Pidió Sergio. El nombrado estaba respirando fuertemente, sin saber bien cómo reaccionar o qué hacer- ¡Mesi! -Alzó la voz esta vez, haciéndole despertar de aquel trance. Le miró dando un respingo- Ven. Aprieta aquí.

Sujetó la cabeza de Calzada con una mano y la ladeó para apretar con la palma de la otra el cuello sangrante. Elena se sentó, hundió la cabeza entre ambas rodillas y comenzó a llorar en silencio.

-Encárgate de Calzada o se muere. Intenta que- Calló de repente. Con un impulso fuertísimo, desapareció de nuevo atravesando las dimensiones y volvió dando un grito de dolor. Una de las manos negras había atravesado la dimensión e intentando aferrarse a algo, arrancó un trozo de la piedra de la que estaba hecho el monolito. Sergio tenía un corte por toda su espalda, el cual comenzó a cicatrizar a la vez que desaparecía el dolor; lo importante es que había conseguido traer a Pedja.

-Dios mío… -Se dijo Alexandra con la voz temblorosa, tapándose la boca con ambas manos. Medio cuerpo del chaval había sido arrancado de cuajo por la bestia y sus ojos no desprendían ni un solo vestigio de vida. Aun así, tenían esperanza.

-Deja a Calzada. Ocúpate de Pedja. Si le curas vivirá.

-Santi… -Le carcomió la preocupación por dentro.- ¡Ángel!

Con otro teletransporte, JR apareció con Ángel, el cual estaba impoluto, pero intranquilo. Respiraba fuertemente y no entendía nada de lo que había pasado.

-¿Qué…? -Se preguntó. En un instante, asimiló la nueva información que sus ojos captaban.

-Mesi, con toda tu fuerza. -Recordó Sergio. Reapareció con un despierto y nervioso Santi, que miraba los nuevos rostros muy conocidos para él.- Me voy.

-¡Cómo que te vas! -Se quejó Alexandra.

-Voy a luchar con él. Si no lo mantengo alejado de aquí, moriréis en cuanto os encuentre.

Sin mediar más palabras, desapareció. La chica, en vez de desesperarse, comenzó a sanar a Pedja, pues era lo que más urgía en aquellos momentos. Llorando, cumplió con su cometido.

-¿Qué ha pasado aquí? -Preguntó Santi al aire. Aquello parecía estar lleno de cadáveres.

-Ha aparecido un Claro mucho más fuerte de lo que habíamos visto nunca. ¿Oíste ese grito, verdad? Eso fue lo que os hizo salir a todos a la calle. Mira… mira como los ha dejado. -Decía refiriéndose a los heridos.

-Creo… creo que puedo ayudar. -Decía Ángel muy seguro de sí mismo- Si JR muere lo más seguro es que se dirija hasta aquí, ¿no? -A pesar de que Alexandra no quería pensar en ello, asintió- Bien.

Fue entonces cuando el moreno sacó de su bolsillo una libreta y un bolígrafo y comenzó a dibujar ecuaciones y símbolos matemáticos.

-Qué… ¿Qué haces? -Preguntó Alex.

-Me he pasado toda la noche leyendo.

-¿Leyendo?

-Sí, leyendo la energía, como dices tú. Ahora la estoy expresando -decía escribiendo rápidamente con el bolígrafo- y ahora, la estoy invocando.

“=18’99”

Al escribir el resultado final, un escudo blanquecino comenzó a brotar de la tierra. Creció hasta alcanzar la máxima altura del monolito y esférico, rodeó la construcción hasta mantenerlos a salvo.

-¡Funcionó!

-Ángel… esto es… -Decía impresionada. Sacudiendo la cabeza, se vio obligada a sí misma a retomar la atención sobre el maltrecho cuerpo de Pedja.

-Mesi, ¿Cómo está Calzada?

-Muerto. -Susurró Elena para sí misma. Ángel la miró preocupado, pero le alegró ver que no tenía ningún rasguño. Santi tuvo que acercarse a ella e intentar esperanzarla de algún modo.

-Tiene la yugular… -decía Iván con la voz temblorosa, como la tenían allí todos los presentes.

-A ver, creo que puedo.

Creó un apartado en la pequeña página y comenzó a dar valores: uno a la vida, otro a la muerte; otro a la herida, otro a la forma de curarla; uno a Calzada… y el último, a la energía. Escribió el resultado, pero nada sucedió. A ambos les dio un vuelco el corazón.

-Ya vi el fallo. -Pasó página y con un chasquido de la lengua comenzó a escribir de nuevo la operación rápidamente. Mesi se vio obligado a mirar cómo conseguía Ángel hacer aquella magia y la sorpresa se la llevó al ver un símbolo matemático que no había visto en la vida- ¡Ya está!

Y así fue. Apartó la mano que tapaba la herida y miró impresionado la proeza. Su cuello sólo estaba manchado de sangre, pero intacto. Tras varios segundos, Iván habló.

-Ese símbolo… ¿Cuál es?

-Significa “poder de íony”. Lo creé ayer. Y mira el resultado.

-¿Cómo funciona?

-Digamos que te imaginas un círculo de color blanco y tienes que oscurecerlo más y más. Eso te ayuda a concentrarte, tanto que puede llegar a dolerte la cabeza. Es en ese momento cuando escribo el resultado de la operación. Sólo hay que dar valores.

-No es sólo por eso, Ángel… -Reía Alexandra para sí misma, sabiendo lo que allí ocurría- Está ocurriendo todo… como en los cuentos. Esto es la hostia…

-Elena. -Decía Santi, ahora con la excusa perfecta para calmarla- Calzada ya está curado, no le pasa nada. Se pondrá bien.

-¿Pero y el pueblo? ¿Y la gente?

-No es más que una réplica. -Explicó Alex para todos- Nada más sentir el mal presentimiento, JR cambió la Villavieja real por una completamente creada por él. Ahora la verdadera, aunque parezca increíble, está en Amast. Villavieja, y todo lo anexo a ella 30 kilómetros a la redonda.

-Por eso estaba vacía la calle de los bares. -Comprendía Mesi- Ven, Ángel, cúrame a Fran; que como se muera no sé lo que me hago.

En seguida se puso a ello. Vida, muerte, Fran, herida en la zona de la apéndice, forma de curarla y energía fueron los valores.

-Terminé con Pedja. -Se dijo Alexandra- Ahora Alvarito.

JR apareció de nuevo. Se sentó sobre la roca y jadeó varias veces; estaba cansado, pero no herido. Todos se alegraron, aunque ínfimamente debido a la situación.

-Qué, se te queda grande, ¿eh, quinto? -Bromeó Ángel.

-Calla hombre. ¿No ves que voy ganando? Sólo me ha metido en la iglesia de una hostia. Y me hizo más daño meterme ahí que el golpe. -Rieron la broma- ¿Cómo estáis?

-Los dos Javis están curados. Y Fran en ello. -Habló Elena aclarándose la voz, al fin un poco más tranquila. JR se acercó al íony del tiempo y posó la oreja en su corazón. No había pulsaciones.

Con violencia, comenzó a golpear con ambos puños el pecho del chico. Eran tales los impactos que creían que iba a resquebrajarse la piedra bajo ellos.

-Sergio. Sergio. -Llamó dos veces Alexandra. Después de una docena de puñetazos, volvió a poner el oído cercano al corazón del chico.

-Esto ya me gusta más. -Decía satisfecho al oir los latidos- Cúralo, me voy de nuevo. No sea que venga…

-¡Espera! -Llamó Santi- Quiero ayudarte.

-¡Yo también! -Pidió Ángel con sinceridad.

-Yo… tengo miedo. Pero no quiero estar aquí sentada sin hacer nada. -Esas palabras abandonaron los labios de Elena sin sentirlas suyas, pues le costaba reaccionar.

-Me apunto. -Concluyó Mesi.

-No, no vendréis.

-¡También es mi pueblo! -Se quejó Santi.

-Sí, pero protegerlo es responsabilidad mía.

-Nuestra. -Rectificó Alexandra con severidad, como si hubieran tratado ese tema bastantes más veces.

-Es igual. Si no quieren morir que no vengan. Mesi, joder, fíjate lo que le hizo a Fran. ¿Crees que puedes hacer algo? Si en una milésima de segundo recorre la cuesta de la ermita entera.

-Y yo que sé. Pero mejor que estar aquí quieto será, digo yo.

-Pues ya estáis corriendo, porque no os pienso llevar. -Sin mediar más palabras, desapareció. Todo lo que había dicho lo decía por el bien de ellos; sabían de sobra que no tenían la más mínima oportunidad contra aquel monstruo, pero querían ser de utilidad.

-Sergio no es imbatible. -Decía una nueva persona que había aparecido en cuestión de un momento.

-Fátima. -Se impresionaron todos. Ella seguía impasible, fumando el cigarro.

-No os preocupéis por ser de utilidad. Los Claros contra los que habéis luchado no eran más que un proyecto, casi fallido diría yo. Un Claro de verdad… es aterrador. Son colosos, gigantes armaduras blancas que caminan sin voluntad y destrozan todo aquello cuanto sus ojos captan. Cuando aquella coraza blanca cede, la verdadera forma asoma; oscuridad, creada por la más pura envidia, el más profundo odio, que guardó aquel íony en vida; porque ¿sabéis? un Claro es el alma de un íony que acaba de morir, su poder en estado puro. Eso que casi os ha matado es un

-Claro a la inversa. -Terminó Ángel la frase de Fátima.

-Guardad fuerzas. Sergio no podrá con él, como mucho podrá romper la primera capa, la más débil. Después quedará la coraza blanca, la casi indestructible. Ahorrad espíritu y alentaos como podáis; yo también lucharé a vuestro lado. Aunque digamos que los años no me han tratado tan bien como quisiera. -Reía agarrando la carne de sus muslos.

-Alexandra. -Llamó Santi- Tú eres íony, ¿no?

-Sí.

-Elena y yo, ayer…

-Lo sé; luz y oscuridad.

-¿Por qué? -Preguntó el chico.

-La pregunta que yo haría -intervino Fati- sería ¿Puedes enseñarnos a usarlo? -Enmudeció. Ahí es donde quería llegar, pero quería saber un par de cosas antes.

-Chicos, todo esto que está aconteciendo no es casualidad, ni nos ha tocado esto porque ha venido Maxi al pueblo. Todo esto viene de mucho antes.

Maxi.

Automáticamente, al oir ese nombre, muchos culpaban al chico, pero pensaron en las últimas palabras de JR, rectificadas por Alex: “Defender el pueblo es responsabilidad nuestra”. Seguramente, años atrás, Villavieja ya había sido atacada, pero habían sabido disimularlo a la perfección. Maxi había sido la provocación.

-Os contaré la historia cuando podáis escucharla todos con atención. Es larga y no quiero repetirla uno por uno. Ahora creo que deberíamos esperar a Sergio.

Santi llamó a Elena tirándole levemente de la manga y la hizo bajar del monolito. Se posicionaron unos cuantos metros más allá, sin salir del escudo protector que había levantado Ángel. El chaval la miró fijamente.

La pregunta que dio rienda suelta a la imaginación de la chica fue: ¿Cómo usarías tú la oscuridad?

5 de Agosto – Pedja

Varios días habían concluido desde mi rescate.

Y por lo que West y Kanaeda me relataban día a día, los humanos se habían revelado contra nuestra raza. Ahora, los íonys no éramos más que una plaga que debía ser exterminada a cualquier precio; de hecho, varios pregoneros pasaban de vez en cuando por las ciudades para mostrar fotografías y características de varios que debían exterminarse con presura.

Pensé en todo lo que podría acarrear aquello. La reina Gadastra, tan querida por su pueblo, el continente este, ahora no era más que otra fugitiva. Al igual ocurría en el oeste, con los Rebellion. Era una pena, ya que Lexas, el sucesor por excelencia del trono, había abandonado el anonimato para cuidar del pueblo que había dejado abandonado todo este tiempo. Aunque eso sólo hizo aumentar el odio de los ciudadanos por él. Igual pasó con el querido rey Lazdar, hermano de West, al Norte, en la ciudad helada de Lyras.

Por suerte, al sur se abstenían de guerra y conflictos y los Atheráh podían vivir sin temor a persecuciones o miradas abyectas. Además, nadie se atrevería a levantar la voz a un Atheráh…

-Effen. -Me llamó Kanaeda- ¿No están contigo? Tus amigos.

-No. No estaba en Benavente, estaba en mi pueblo. Es allí donde han atacado… y donde siguen atacando.

-¿Podrán defenderse? No les habrás dejado a su suerte ¿verdad? -Me sentí muy culpable cuando pronunció esas palabras. Sé que no había hecho suficiente, sé que podía haber hecho más por ellos.

-Saben manejar cualquier arma que les des, incluso luchar desarmados. Y bueno… digamos que les dejé un regalito.

-¿Les diste algún poder?

-Los mismos que tienen Ester, Marta, Víctor, Sergio y Omar. Y a Calzada el elemento restante.

-Ahora que recuerdo, Effen… ¿Conoces la mitología de Amast verdad? En la verdadera mitología, no es Kyanoreh, ni ese tal Ethren, los personajes a relatar. Ellos son el pasado, pero la verdadera historia de Amast es un cuento. -Íbamos caminando hacia la costa, la cual estaba bastante alejada, así que sería una gran idea que relatara la leyenda de aquel mundo tan mágico.

-Cuéntame, Kana, me muero de ganas. -Pedí con sinceridad.

-Pues verás, Effen.

>>Dicen los cuentos, que el universo sí es finito y que por lo tanto, todo nuestro mundo está limitado, vivimos en una bola de cristal gigante. Pero, aparte de lo que hay dentro de la bola de cristal… ¿Qué crees que hay por el otro lado de esas paredes? Al otro lado está lo infinito, lo incomprensible, el saber absoluto y la eternidad en sí misma. Los seres sabios e indulgentes, no todos Effen, de aquel mundo paralelo sintieron una gran melancolía por el nuestro y decidieron adentrarse en la pequeña bola de cristal, nuestro universo. Emnath, la deidad de la luz, nos guió con esperanza, nos concedió millares de estrellas que alumbrarían hasta el final de los tiempos. Naaféh, la hermana de la luz, la sombra, creó la noche y el índigo en los cielos para otorgar descanso a los seres que poblamos este universo. Tannarel se arrancó el corazón, lo comprimió con ambas palmas de sus manos hasta darle forma esférica y nos dio una tierra en la que vivir. Brédaron extendió los océanos y creó la lluvia; Évelley, hermano de Tannarel, avivó el fuego de nuestra tierra y el de nuestro corazón. Y por último, Calhrad nos otorgó con la primera ráfaga de viento el sentir. Como puedes deducir, este es el comienzo de la historia de Amast.

-Sí, me recuerda mucho varias mitologías de la Tierra. ¿Después de eso que sucedió?

-La madre y el padre de todos los seres de aquel otro mundo sintieron miedo de la gran obra maestra que habían creado los jóvenes dioses. Por lo cual, cada uno impuso una limitación. Ellos tenían temor de que el ser humano pudiera alcanzar algún día el otro lado de la pared, de aquella esfera, por lo que crearon el tiempo y el espacio.

-Y aún queda algo ¿verdad? -Sonreí.

-Sí, Effen. La deidad olvidada, el antagonista que tienen todas las historias. Ella sintió envidia, celos de esa belleza de mundo que habían conseguido crear. Cuando todos aquellos dioses descansaban, pues haber otorgado una parte de sí mismos había supuesto un supino esfuerzo, la malvada cedió a los seres de aquel mundo el don de vivir y morir, de crear y destruir. Cuando los demás se enteraron de la traición, la furia creció en ellos y los elementos se agitaron. Terremotos, olas, incendios, huracanes, sombras que engullían, luces que descendían del cielo abrasadoras… hasta que por fin, el dios de la sabiduría puso fin a aquella batalla. Explicó a cada Deidad que era necesario aquel cambio, pues así se aferrarían con mayor amor y valor a la vida y todo lo que ella les había concedido. Fue por fin, cuando el dios de la sabiduría cedió parte de su conocimiento, que todos descansaron. Para proteger el mundo que habían creado, todos ellos se adentraron en la pequeña bola de cristal, nuestro universo, y se disfrazaron de simples humanos que vivirían en distintas épocas para cuidar de él.

-Y ellos son los dibujos que salen en los libros.

-Sí. Por eso, cuando Marta liberó aquel día a Naaféh de sí misma… tuvimos que creer. Esto ya no se trata de ti, ni de Kyanoreh o Ethren. Algo se está agitando, Maxi, algo que se nos queda grande a todos. Bueno, puede que no a todos… -Fue entonces cuando me miró con esperanza en los ojos.

-No, Kanaeda. Ya se lo dije una vez a mi hermano y ahora te lo digo a ti. Que pueda crear todo cuanto imagino no significa que sea un dios; los dioses crean cosas de la nada, pero yo no. Imaginar no es más que hacinar recuerdos, ideas, sentimientos, hacer una mezcolanza para crear algo que parece que no existe, pero solo es eso, una mezcla, nada más. Yo… yo no soy vuestro salvador. Es más, preferiría compararme con la deidad envidiosa esa. -Ella sonreía.

-¡Rubia! -Llamó West unos metros más allá- ¡Un poco más de prisa os podéis dar ¿no?! ¡Cuando te salgan arrugas dejaré de quererte! -Gritaba cómico el de pelo albino.

-Lo más gracioso es que se cree que me pica con esos comentarios, pero solo me hacen reir. Y encima se sentirá un triunfador.

Se apretaba el corte en el hombro con fuerza. Tras ocultarse entre tomillos y grandes rocas, miró la carretera en dirección a los perseguidores. Maldecía al ver que aún le seguían el rastro y estaba seguro de que se debía al olor de su sangre, pero no podía hacer más; no tenía fuerza suficiente para enfrentarse a ellos, por lo que seguiría huyendo.

Estaba muy confuso, asustado y furioso. Tenía sueño, tenía sed, hambre, los pies destrozados, heridas en el brazo derecho y ganas de fumar un cigarro. Se sentía impotente y avergonzado, tenía ganas de llorar y reir al mismo tiempo.

Todo había comenzado con la chica que había visto, luchando contra los monstruos que ahora mismo le intentaban dar alcance a él. Después el rayo de sol y por último, aquellas criaturas, idénticas a las anteriores, que corrían desde el cementerio en pos de alcanzar esa luz prístina que había dejado caer el cielo. En vez de eso, tras avistarle el objetivo había tornado ser él, por lo que comenzó a correr tras darse cuenta de lo que aquello suponía.

Estaba amaneciendo. Se podía distinguir cualquier tipo de forma que hubiera en el entorno con tan solo aquella tenue luz, por lo que Pedja dobló la vigilancia de sus acciones. De vez en cuando reía de pura desesperación y realizaba el amago de liarse un cigarro, pero no podía hacer eso. O tal vez sí. Seguramente debido a la situación, le vino la idea de propagar un incendio, pues con la humareda de las hojarascas agostadas conseguiría neutralizar el olfato de aquellos monstruos y dejarían de oler su sangre. Si actuaba con cuidado, aquella podía ser la mejor oportunidad de alejarse un poco más. Sólo unos metros más y entraría en Villares, un pueblo cercano a Villavieja.

Prendió fuego a su chaqueta pronunciando un “que la den por culo” y la tiró todo lo lejos que su fuerza le permitió en aquellos instantes.

-Cago en dios… en la quinta esto fue más divertido. -Se llevaba la mano a la cabeza, apretándola con fuerza, para intentar calmarse y así poder pensar con claridad. Comenzó a notar que el humo ya se extendía y también que conseguía llamar la atención de aquellos seres. Se alejó agachado lentamente.

JR y Alexandra estaban en la habitación de Álvaro, mirándole en silencio. Gracias al poder del chico, el ayanamiento de morada se había convertido en algo habitual. Descansó inerte, cuan cadáver, durante toda la noche y la tarde restante de ayer. Estaban impresionados, pues aun estando inconsciente había parado el tiempo de los familiares que habitaban en su casa y permanecían como estatuas. La chica le apretaba la muñeca con fuerza, para hacerle saber que seguían a su lado y así alentarle. Aunque consiguiera despertarse rápidamente, pasaría un par de días muy débil hasta que su jovialidad le colmara de nuevo.

El móvil de JR sonó. Tanto él como ella se quedaron impresionados, pues les pareció raro una llamada a esas horas de la mañana, cuando apenas el cielo se alumbraba. Con cautela respondió.

-¿Sí? -Alexandra escuchó un largo murmullo- ¿Javi el del estanco? -Un ruido grave la hizo pensar que habían pronunciado un “no”, seguida de la explicación- Bien, voy en seguida.

-¿Sergio?

-Era Fátima. -Se levantó con prisa del asiento- Como no vaya corriendo a Villares se cargan a Pedja.

-¿¡Qué hace Pedja en Villares a las seis de la mañana!? -Se quejó Alexandra mientras JR desaparecía.

Álvaro se quejó en sueños y se dio media vuelta sobre la cama, por lo que su amiga se alegró enormemente. Se le notaba respirar mejor que antes.

-Bien, bien vecino. Sigue así. -Mirándolo en silencio, se acordó también de Ángel, el cual estaría dormido tranquilamente después de la aventura que había tenido el día anterior.

El joven huido estaba a punto de recibir un ataque mortal, pero un filo negro se interpuso entre la vida y la muerte. Pedja cayó al suelo, exhausto, y miró con atención al salvador. La peculiar espada, negra como el azabache, le pareció muchísimo a la forma que tenían los arcos de los indios, pero era rectilínea en su totalidad y donde debería estar la cuerda descansaba la empuñadura por la cual la sostenía. Llevaba dos armas idénticas.

-¿JR? -Preguntó Pedja, impresionado.

-Eehh, que pasa. -Comenzó a descargar una salva de ataques sobre los enemigos mientras cantaba- ¡Uno dos y treees, cuatro cinco y seeeeis -Cantaba acorde abatía a los monstruos- sigamos contando hasta llegar a los dieeez -se añusgó y tosió violentamente para recuperar la voz- Que de diez a ¡Hostia! -se apartó de un guadañazo que lo pilló desprevenido y contrarrestró con maestría asestando un golpe mortal. Resopló aliviado- pooocos faltan ya, y esos son los bichos que me pienso hoy cargaaar! -De una estocada horizontal con ambas armas el último de todos ellos cayó seccionado. El viento comenzó a llevarse los restos de los Claros.- Pedja, que pasa tío.

-Pues… te juro que no sé qué decir… porque me persiguen estos bichos que me cago en dios, y encima sales tú de la nada, te los cargas cantando ¿Qué quieres que diga? -Comenzó a reir, pero se le borró en seguida el gesto. Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a resoplar, se lió un cigarro en cuanto se dio cuenta que ya podía hacerlo y se tumbó sobre la carretera a fumarlo. En su interior, una deflagración de sentimientos e ideas lo tenían intranquilo y asustado, pero sabía, o eso creía, que su quinto podría darle una explicación a todo aquello.

-Es que es largo de explicar, tío.

-¡Toma, nos jodió!

-Que llevo toda la noche despierto, no tengo ganas.

-¿Sabes quien lleva toda la noche despierto y corriendo porque lo iban a matar?

-¿Qué es eso? -Preguntó Sergio mirando a la lejanía, una estela de humo.

-Ah, que le prendí fuego pahí a ver si dejaban de seguirme. Y funcionó un rato… hasta que me pillaron. ¿Puedes apagarlo?

-Bueno, a ver si te crees que soy yo aquí ahora… Pero sí, puedo.

-¡Entonces que hablas! Tira a apagarlo que se prepara la de Cristo.

-Encima yo. -Con un chasquido de sus dedos, el cielo se deformó como cuando se mira el humo de una fogata y un paisaje completamente diferente se dibujó por encima de la humareda. En el se podía ver un gran lago, un lago que caía desde las alturas sobre el incendio.

-¡Pero quieto animal! -Alertó Pedja con terror.

La catarata enorme descendió con fuerza sobre el páramo agostado, tan fuerte que hizo temblar el suelo sobre el que estaban sentados. Se escuchó como el fuego se apagaba por un breve instante y aquella cantidad desorbitante de agua, en vez de recorrer grandes distancias desbordándose retornó al lugar de donde había sido llamada. El chico no podía estar más conmocionado.

-¿Qué has hecho?

-Manipular el espacio.

-¡Venga ya!

-¿No te lo crees? -Agarró a su amigo por el brazo y ambos se impulsaron por una dimensión vacía hasta llegar a lo alto de la iglesia de Villavieja. Pedja quedó semisuspendido en el aire, con un pie sobre el edificio y el otro en el aire. Lo había hecho a propósito. De un tirón lo dejó a salvo al lado de una de las campanas, para que se tranquilizara.

-Tío, esto es…

-Y no sólo esto. Puedo aparecer en cualquier lugar, puedo cambiar de sitio cualquier objeto, desde una lámpara a un coche, o si me pongo burro podría intercambiar a España con Japón; podría hacer que la tierra fuera plana, que las nubes cayeran al suelo y la lluvia ascendiera a las alturas, puedo aumentar o disminuir de tamaño lo que me proponga, agarrar el horizonte con la mano y darle vueltas, coger una casa lejana y lanzarla a kilómetros como si fuera una simple piedra, bifurcar la realidad y crear una simetría, paralela a esta. Incluso podría meterme en tu cuerpo e intercambiarlo por el mío. Hacer copias de mí mismo, estrujar el sol con mi puño hasta hacerlo añicos… todo esto y más es lo que abarca mi poder.

-Tío… llévame a casa, no quiero saber nada de todo esto. Prefiero vivir al margen.

-Ahora ya no puedes, tío. No pasa nada, no eres el único que está así. Ángel, por ejemplo. Calzada, Mesi… incluso Fátima.

-Que me da igual, JR, tío. Quiero irme a casa y dormir, luego ya veré.

-Venga, que te llevo.

-¡Sergio! -Gritó Alexandra, que venía veloz saltando de edificio en edificio. Se posó en el tejado de la iglesia como si solo hubiera dado un pequeño brinco e informó a JR. Pedja seguía mirando con los ojos y la boca abiertos.

-¡No me jodas que le ha pasado algo a Alvarito!

-¡No, no… él está bien! -Cogía aire. Sergio resopló aliviado en gran medida- ¡Claros, por todos lados! ¡En los pisos, en el pabellón, cerca de las piscinas…!

-Voy a los pisos. Vete al pabellón, supongo que a las piscinas irá ella. -Dijo refiriéndose a Fátima, aunque Pedja no supo de quién se trataba.

-Bien, nos vemos luego. Ten cuidado. -Marchó igual de presta. JR agarró a su amigo del brazo de nuevo.

-¡No, para!

-No hay tiempo. -Atravesaron nuevamente las dimensiones. Fue solo un instante, pero notó de nuevo aquella sensación que daba adentrarse en otro plano diferente a la realidad. Era como estar metido dentro de un flan, caliente y frío al mismo tiempo, con intervalos de colores oscuros y claros de un segundo. Aparecieron en los pisos. Ahí estaba Calzada luchando, solo.

Los notaba más fuertes, más sagaces, más expertos. Aquellos Claros eran muy superiores a él, pues ya estaba exhausto y apenas había conseguido intercambiar dos ataques con éxito. Los días anteriores aquellos seres habían sido igual de poderosos, pero siempre existían algunos cuantos con defectos, como la ausencia total de inteligencia o malformaciones físicas. En comparación, estos eran verdaderos asesinos, máquinas de matar.

-¡Calzada! -Llamó JR. Al oir la voz de la esperanza el nombrado se dio la vuelta y tuvo que sonreir. Los dos se acercaron raudos al malherido.

-Dime que eres el íony del que habló Maxi. -Rogó el chaval.

-Claro. ¿Quién si no? ¿Puedes darle una espada de esas a Pedja? Vi como Fran le daba una a Mesi en el pabellón, la duplicó. Supongo que podrás hacer lo mismo.

Y tan solo con pasarle la idea por la cabeza, extendió la mano libre y otra arma idéntica se materializó. Javi le cedió la espada al otro Javi; la sostuvo en un inicio con torpeza, pero a los cinco segundos abrió los ojos impresionado y con firmeza la izó. Ya había aprendido todo lo referido al combate.

-Cómo mola ¿no? Venga va, vamos a patearles. Eso por lo que me han hecho correr hoy, cabrones. -Se quejaba Pedja. Si estuviera solo, seguramente no hubiera sido tan valiente como Calzada, pensó. Pero estando allí JR, se sentía capaz de ayudar en lo que hiciera falta.

Todos los Claros quedaron inmóviles, mirándola a ella. Alexandra los observaba sin expresión en el rostro, apretando los párpados de vez en cuando para recordar quien era ella. Se recordaba que no debía perder el control, que debía vaciarse en aquellos momentos de cualquier sentimiento para poder usar su poder a libre albedrío, sin miedo a que pudiera terminar controlándola. Extendió la mano y una espada, de forma más estándar que la de JR, se materializó en su mano derecha.

-Por desgracia, mi poder no es tan bonito como el de ellos, ni sirve para realizar a cabo cosas cotidianas. Este “don” solo sirve para la guerra. Así que, preparaos. Aunque… puede que después de esto no vuelva a ser la misma.

El ruido de una enorme explosión indicó a JR que Alexandra estaba luchando en serio. Pedja y Calzada se asustaron en gran medida, pero estaban más pendientes del enemigo que de lo que pudiera suceder al margen de aquella batalla.

No eran los únicos que peleaban. De hecho, parece que todos aquellos que sabían lo referente al mundo de Amast no habían podido pegar ojo aquella noche, excepto Santi, Ángel y Álvaro.

Elena, Mesi y Fran se mantenían alerta y peleaban espalda con espalda contra aquel grupo, mucho más fuerte que el del día anterior. Escucharon aquel sonoro ruido, provocado por lo que parecía una explosión.

-¿Qué fue eso? -Alertó Fran.

-Esperemos que más de estos no. -Bromeó Iván. Elena empujó a los dos chicos ara apartarlos de un embate mortal y con un grito de batalla rajó la pierna del atacante; después se escuchó un ruido sordo.

-¡Palmarla, cabrones! -Gritaba Elena fuera de sí. Los chicos estaban anonadados por la reacción de ella. Se miraban el uno al otro acongojados.

Jonatan, malhumorado, se adentró a la sala de reuniones, en la que discutían los planes a tratar. Sin saludar siquiera, se acomodó en su asiento de siempre, frunciendo el ceño. Idún no podía por menos de dibujar un mohín al ver triste y enfadado a su amigo.

-¿Qué te pasa, canijo? -Preguntó amistosamente Garanth, colocando su parche.

-Pues que va a ser… sigue de una mala hostia terrible.

-Es que esta vez se la han jugado pero bien. -Reía Redan.

-“Nos” la han jugado, querrás decir. -Enfatizó la mujer- Su bienestar es el tuyo, Redan. Vosotros no sabéis la gran deuda que tenemos con él.

-Pues no, no la sé. Y le agradezco que no me diera sentimientos como a ti. Por lo que veo día a día, no parecen más que una carga. -Carcajeaba. Idún le plantó cara levantándose del asiento, el cual casi se cae debido al impulso. Las risas del hombre aumentaron- ¿Ves? ¿Crees que puedo tenerte miedo, aunque lo des? No, no puedo tenerte miedo, no tengo corazón. Eso me hace fuerte e impasible, no como a ti, que te alteras con cualquier burla.

-Me “apena” decirte -bromeó Garanth- que Redan tiene razón. Si mañana os morís alguno de vosotros, no sentiremos ni la más mínima pena. No estaría mal que intentarais hacer lo mismo.

-¿Cómo puedes decir algo así? -Se quejó la mujer al del parche- Yo te creía una persona sensata e inteligente.

-Precisamente, puede que no comprendas lo que quiero decirte.

-¡No te hagas el chulo!

-¿Chulo? Idún, el que va de chulo lo hace para alzar su orgullo, por eso le duele tanto que alguien lo turbe. Yo no puedo ser chulo porque no sé que es el orgullo.

-Como siempre, saldrás perdiendo tú en la conversación. -Haciendo caso omiso a lo que Redan le decía, como otras tantas veces, se acomodó de nuevo en el sillón. Ahora eran dos las personas con el ceño fruncido.

La puerta se apartó con violencia. Jonatan dio un respingo en su asiento al ver pasar a Ethren delante suyo, malhumorado, cargado con espada en mano. Todos se pusieron serios y le prestaron atención.

-Partiremos en breves. -Dijo con un tono de voz normal, ni enfadado, ni triste, ni rabioso.

-¿Hoy no habrá conversación filosófica? -Bromeaba Garanth.

-Preguntáte a ti mismo que hay de la libertad que te he arrebatado.

-¿Libre? Claro que lo soy. De hecho, consideraría que serle leal a alguien que es libre me hace libre a mí también.

-Desde que nacemos somos esclavos, Garanth. Esclavos de tantas cosas…

-Si quieres verlo así…

-Ethren. -Llamó una voz de mujer desde el pasillo. Era ella, la favorita. Aún tenía cicatrices por el cuerpo, del color de la carne humana; el tono grisáceo de los demás no había sido adquirido todavía y llevaba los ojos tapados con una larga venda negra, pues la luz hacía daño a sus débiles y no acostumbradas retinas.

-Hermana. -Llamó Jonatan con alegría.

-¿Qué tal, Derenán? -Preguntó el que tiempo atrás había sido su novio, Garanth.

-Supongo que no puedo quejarme.

-Tenemos que irnos, ya hablaréis por el camino. Ahora lo que importa es buscar a Effen.

-Aún no entiendo por qué le das tanta importancia a ese chico. -Dijo Idún, como si pensara en voz alta. Jony se asustó, pues pensó que aquella frase enfadaría mucho a su amigo, pero no fue así.

-Es una larga historia, Idún. Si consigo lo que quiero, desvelaré el verdadero final del cuento que narra la historia de este mundo. Hay cosas que aún no me cuadran… y para conseguir atravesar esta bola de cristal lo necesito a él.

-No… no sé a qué te refieres. -Explicó Idún con sinceridad. La verdad es que ninguno lo sabía.

-Algún día lo veréis. El día en que consiga taladrar las paredes que no nos dejan ver el otro lado, el lado de lo eterno. Juro que os llevaré algún día. Hasta entonces, os pido que me deis vuestra lealtad.

Sin saber muy bien qué decir, todos asintieron colmados de dudas que no podrían ser resueltas todavía. ¿A qué se refería? Bola de cristal, paredes que no dejaban ver el mundo de lo eterno…

-¿Qué es lo que maquinas, Ethren? –Idún quedó pensativa. Intentaría averiguar con cautela lo que estaba sucediendo con su compañero, pues no era normal que hubiera cambiado de forma tan radical su objetivo. Eso, o que tal vez les habría estado engañando. Ahora, sólo podía limitarse a observar y pedir la colaboración de un chico que por suerte mantenía sus sentimientos intactos.

4X de Agosto – Ángel

Resultó que Jaime debía volver a Salamanca durante varios días.

Sin demora, informó a Ángel de la situación actual. No fueron más que cinco minutos de charla, pero suficientes para entender sus motivos aun con la ausencia de tanta información. El chico tampoco anhelaba saber más; su amigo debía marchar y lo respetaba y lo comprendía.

Se despidió. Después de montar en la bici, fueron segundos lo que tardó en llegar nuevamente a la puerta trasera del Castilla, por la calle de la vivienda de Elena. Antes de torcer para adentrarse en la de los bares, se fijó en que una mujer, a la cual reconoció a la perfección, corría con presura en pos de tomar la calle del estanco. Ante tal imagen, la curiosidad se adueñó de él y corrió tras ella frunciendo el ceño, pensativo.

La veía descender por la casi rectilínea cuesta; decidió seguirla a una distancia de veinte metros, para que el ruido de las cadenas del vehículo fuera inaudible a sus oídos. Aquella separación fue constante y si ella aminoraba Ángel imitaba el gesto y viceversa.

Tras parpadear, observó que había algo fuera de lugar. Elena transportaba en una de sus manos un objeto, que por la forma en que brillaba debía ser un metal, de color blanco y negro a partes iguales. A pesar de la lejanía podía ver perfectamente y distinguir sus formas, no había perdido contacto visual ni por un instante, por lo que le pareció muy extraño que no se hubiera percatado del hierro que ahora portaba en la diestra.

No, no era un hierro. Sabía perfectamente lo que era. Eso era una espada. Era una espada y su amiga estaba corriendo con toda la velocidad que podía alcanzar. Se le pasaron muchas cosas por la cabeza: corazonadas obvias, corazonadas irracionales, malos presentimientos… lo que sí sabía es que algo no iba bien, pues ya lo había notado los días anteriores.

Llegó Maxi completamente transformado; es verdad que si hubiera adelgazado sus facciones también habrían cambiado, pero no de forma tan exagerada. Su rostro no era el que sus recuerdos le dibujaban, pues lucía uno nuevo, similar pero distinto. Al segundo día, en la casa de Elena, había visto a Calzada serio e intranquilo, en tensión constante. Al siguiente, se percató de la ausencia de Javi y del malestar de Elena, a pesar de que había intentado disimularlo, otra cosa más por lo que la preocupación le había invadido. Por último… Fran.

Aquí sucede algo. -Reiteró en su mente de nuevo como llevaba haciendo días. Por primera vez, frenó en seco la bici y miró a otra persona que no se trataba de Elena, pero que seguramente tenía el mismo semblante escéptico que él. Estaba de espaldas, de pie, mirando a una chica que portaba una afilada hoja blanquinegra. Ángel lo conocía, aquel chaval de su edad le sonaba de algo, pero al estar volteado y tan lejos no podía discernir de quién se trataba.

Decidió que no quería ser visto, por lo que tomó la calle que a su izquierda se mostraba. Bastaría con cruzar después a la derecha y adentrarse entre las casas para seguir a Elena y ver también el rostro del chico, aunque eso ya le importaba menos. Llevó a cabo el recién nacido plan.

Atravesó cuidadosamente la calle en la que vivía Maxi, sin hacer ruido en el preciso instante en que volvía a tener contacto visual con el chico, pero había desaparecido. Sin darle mayor importancia, prosiguió por el camino que dibujaban las partes traseras de las casas y por fin se resguardó tras una para observar lo que Elena estaba llevando a cabo.

Le tomó varias decenas de segundos aceptar lo que allí estaba ocurriendo. Unas criaturas de forma humanoide, que medían el doble que él y eran albinos en su totalidad, con guadañas adheridas a los antebrazos, estaban intentando matar a su amiga. Para su asombro, aunque no le tranquilizaba en absoluto, conseguía acabar sin dificultad con aquellos seres y seguía sin mostrar signo alguno de cansancio. Tiró la bici a un lado y se dispuso a salir de la calle contigua para auxiliarla.

Pero algo le detuvo. A su derecha, por uno de los pequeños callejones, se acercaba otro grupo más de monstruos. Entonces dudó. Si iba con Elena, podría ayudarla de alguna forma, o eso pensaba, pero ahora, con todo aquel grupo de criaturas observándole, no podía; no supondría más que un problema para la chica. Sabía que ella podría derrocarlos, pero él no. No tenía esa espada ni sentía un tipo de poder más allá del humano propio. Así que decidió huir.

Se apartó saltando de una guadaña brutal que descendió velozmente y su vehículo quedó hecho añicos. Antes de poder ser víctima de otro ataque, comenzó a correr por el carril bici, en dirección contraria al pabellón. Sobre la marcha planearía algo.

Tras dar varias zancadas, siempre llevaba la vista atrás para obtener información de la cercanía a la cual estaban aquellos seres. Unos eran más lentos que otros, pero aun así el más torpe de todos ellos conseguía perseguirle a un ritmo constante. Más adelante, visualizó un camino que nacía a su derecha, el cual se alejaba del pueblo y daba paso a la inmensa dehesa salmantina. Por allí estaba el cementerio. Rápidamente pensó que era la mejor opción, alejarse de la civilización para no inmiscuir a nadie más. O tal vez no lo pensó tanto. Rápidamente también, pensó, también, que sería irónico que aquellos monstruos le dieran alcance y acabaran con él justo a la entrada del cementerio.

Apartó las verjas a un lado y corrió para esconderse detrás del frío mármol de uno de los epitafios. Las criaturas se adentraron con fuerza y destrucción al camposanto. Olfateaban. Se dispersaron, caminando lentamente y concentrándose en el olor que desprendía el joven. Uno de ellos amenazó con acercarse demasiado, lo que provocó que Ángel tuviera que cambiar de escondite sigilosamente. De cuclillas se resguardó tras otra tumba, no sin casi ser visto, lo que le alteró durante varios segundos. Tras encontrarse más calmo, recogió un puñado de tierra y lo lanzó en dirección contraria; tal vez eso pudiera causar una distracción para salir de allí.

Nada más hacer contacto con el suelo, todos los monstruos gritaron y saltaron con furia en dirección al sonido. Incluso algunos se rajaron con las guadañas en un descuido por saciar su sed de sangre. El perseguido corrió sin cuidado alguno hasta la cerca de nuevo y salió aliviado de aquel sitio; torció a su derecha y se adentró por un camino pedregoso donde finalizaba la carretera bien asfaltada. En medio minuto, llegaría a la Charca del cementerio, la cruzaría y se adentraría en la dehesa.

El resplandor que iluminó todo lo que sus ojos captaban le obligó a darse media vuelta y observar en dirección a Villavieja. Un rayo fulgurante de sol atravesaba las nubes, las evaporizaba, y caía en un punto concreto, como si hubiera sido invocado en ese mismo lugar. Ya que todo lo que estaba aconteciendo no era normal, tampoco se impresionó mucho al ver algo así. Su preocupación era mantenerse con vida. Puede que aquel haz de luz llamara la atención de sus perseguidores, por lo que decidió aprovechar la situación y seguir corriendo.

Debido al calor apenas tenía agua. Solamente quedaba un pequeño charco, que rodeó para seguir corriendo a la velocidad máxima que alcanzaban sus piernas. Las gotas de sudor que le caían de la frente se adentraban por sus lacrimares y le hacían escocer los ojos; el pecho le abrasaba, la garganta también. Ayudó que el miedo le hacía segregar adrenalina a montones, por lo que sus músculos funcionaban mucho mejor.

Por el rabillo del ojo observó que un único monstruo le seguía el rastro, lo que consideraba un logro. Se deshizo de la camiseta después de limpiarse el sudor con ella y la tiró a un lado, en una finca la cual estaba delimitada por una pared de rocas colocadas unas encima de otras. Si aquellas criaturas se guiaban por el olor cuando no podían encontrar a su enemigo, engañarle le daría más tiempo para ocultarse. Saltó unas cuantas paredes y avanzó agachado hasta el centro de una gran extensión, en la que había un gran peñasco de mayor tamaño que el resto. Se embadurnó bien de arenisca y polvo para que desapareciera la única forma de rastrearlo y se ocultó bajo la colosal roca. No se movía milímetro alguno, tampoco perdía contacto visual con el monstruo que ya se había lanzado en un ataque feroz a demoler la prenda abandonada. Su grito de decepción alertó a Ángel. Éste dio varios respingos cuando la calamidad observaba en la dirección en la que se encontraba, pero parecía no verle; su sentido de la visión no era tan agudo como el resto de sus facultades.

Aliviado, resopló tras ver que corría en dirección contraria. Cogió el móvil de su bolsillo y llamó a casa para informar que dormiría en casa de su amigo Jaime, con cautela. Tras varios minutos de discusión, aceptaron. Por suerte, eso le decían las campanadas del reloj, ya era tarde y no quedarían más que unas horas para que oscureciera. Se quedaría allí aunque se le hiciera eterno y cuando el índigo colmase el cielo volvería a Villavieja, al lugar de siempre, pues sabía que encontraría a sus amigos.

Ethren frenó en seco y dejó de hablar. Maxi estaba inconsciente, esclavizado en una especia de urna cristalina. Garnyon, el científico que llevaba a cabo todos los experimentos con los Claros, se tiraba de los pelos y empujaba con los brazos los hacinados objetos que sobre la mesa estaban posados. Movía las manos para sacudir unos cuantos cabellos rojizos que se le habían quedado adheridos entre las falanges y rechinaba los dientes con furia. El otro que estaba presente reía para sí mismo.

-¿¡Qué!? -Preguntó con rabia, pensando que aquel gesto iba dirigido a su persona.

-Acaban de fulminar a tus mediocres experimentos; de hecho, hasta un simple humano acaba de darles esquinazo… ¡y nada menos que ocultándose en un cementerio! Te está tomando el pelo y ni siquiera te conoce.

-Ahora mismo me preocupa más este… niñato. -Había estado días formulando todo tipo de operaciones para sonsacarle su poder, pero había sido incapaz. Aquello comenzaba a trastornar su mente- Despiértalo.

-¿Despiértalo? -Pronunció con repugnancia- ¿Pero quién te crees que eres?

-Por favor, Ethren. Sabes que te admiro y que te respeto. Es el estrés. No es mi intención tratarte mal.

-Eso pensaba, Garnyon.

Se acomodó en frente de aquella pirita de cristal, sentándose como los indios, en la cual estaba metido Maxi. Con un chasquido de los dedos, comenzó a despertar.

Miré a mi alrededor noqueado, intentando adecuarme al medio lo más rápidamente posible. Ya sabía dónde estaba, llevaba allí días. Desconsolado, pensé que Villavieja ya había sido atacada y en el peor de los casos, destruída por aquel Claro del que había hablado mi alter ego. Ahora me miraba con una sonrisa inocente en el rostro que me llenaba de ira.

-Sé en qué piensas. Somos iguales. -Sabía que esa frase me hacía entrar en cólera, por lo que la usaba el mayor número de veces posible- Ya me darás las gracias, pues he ralentizado el tiempo que transcurre en la tierra en comparación con este. Los días que llevas aquí han sido unas pocas horas allí, en tu “querido pueblo”. -Enfatizó las dos últimas palabras- Y enhorabuena, resulta que tus amigos han sabido defenderse bastante bien. Bueno, uno de ellos no tanto. Está un poquito… jodido. Pero no sufras, la criatura que les he mandado lleva en sus manos el destino de tus amigos. Que no es otro que la muerte inminente, claro. -Sonreía como si contara una anécdota que se supone debía ser graciosa.- Ah… y será mejor que nos des ya tu don. Pensaba controlar tu mente y tu cuerpo, enviarte de nuevo a Villavieja para que tú mismo acabaras con tus amigos; que vieras su sangre deslizándose por tu espada, sus ojos llorando mientras claman por tu traición, cómo caen sin vida, ignorantes.

-Hijo de puta.

-Di que sí, originalidad al poder. -Aplaudió sarcástico- ¿Esto es todo lo que puede hacer el íony de la imaginación? ¿Aquel que puede crear cualquier cosa con sólo dibujar una imagen mental en su cabeza? Debes estar de broma. Imagínate que esta jaula estalla en pedazos y lo hará; imagínate que este laboratorio entero estalla y lo hará; imagínate que el universo estalla y lo hará.

-Supongo que te decepcionará que te diga esto, pero no puedo hacer lo que dices.

-¿Por qué? ¿Acaso no es tu poder tan grande? ¿Te obliga la ética a detenerte?

-No. Es, simplemente, que de dónde no hay no se puede sacar.

El silencio reinó en la sala. Por primera vez, fue Ethren el que frunció el ceño serio y yo quien reí con la más supina de las arrogancias. En aquel momento, aunque pudiera matarme solo con guiñar un ojo, me sentía completamente superior. Garnyon me observaba con la misma furia, pues todos sus esfuerzos eran en vano. Extendió el brazo hacia mí, atravesó aquella prisión compuesta de vidrio y me agarró del cuello de la camisa con un odio infinito.

-Qué has hecho con él. -Soltó entre dientes colérico.

-Yo no lo quería para nada… así que se lo di a Calzada. Fijo que lo usa mejor que yo, también tiene buena imaginación.

-Por desgracia para ti, había imaginado esto que cuentas. Desde el primer momento que mandamos aquel pequeño ejército, supe que transferirías tu fuerza a otro. Tu don, por excepcional que sea, no les servirá; no saben usarlo, ni siquiera conocen de su existencia. Aquel Claro a la inversa que creé les destruirá.

-Pues entonces todo esto es un empate, porque desde el primer momento imaginé que vendrías a por mí para dejarlos desprotegidos a ellos. Y no sólo eso, sino que imaginé que la ayuda tampoco tardaría en llegar; imaginé que llegaría justo después de contarte todo lo que tus oídos acaban de captar. Así que con tu permiso… me voy con mis salvadores. Adiós… -Pronuncié con un susurro que acabó en una sonrisa.

El cuerpo que sujetaba Ethren desaparecía lentamente, como si estuviera compuesto por humo. Apretó los puños dos veces rápidamente, para cerciorarse de que ya no sostenía nada en las palmas de sus manos. Al darse la vuelta nos observó a los tres, en especial a la mujer rubia de ojos morados oscuros… lo cual fue un grave error.

En un instante cayeron bajo la hipnosis de la joven.

-¿Por qué le hacéis esto a mi hermano? -Pronunció con falsa melancolía. Ethren y Garnyon, muy dolidos y consternados, se pusieron de rodillas e imploraron perdón. Las lágrimas abandonaban los ojos de ambos enemigos.

Cada vez que lo veía, el poder de Kanaeda conseguía estremecerme. ¿Cómo era capaz de manipular los sentimientos de una forma tan sencilla? Hasta el ser más impasible del mundo se rendía a sus pies sólo con desearlo. Podía hacer que sus enemigos la odiaran o la veneraran; podía hacer que se mataran entre ellos por amor, por celos, por una venganza que ni siquiera existía pero que sentían en el fondo de sus corazones… incluso podía obligarles a suicidarse o a llorar meses enteros de pura pena. Ahora mismo, el sentimiento que parecían dedicarla era de lealtad.

-He preguntado… que por qué le habéis hecho esto a mi hermano. -Los ojos de ambos enemigos casi se salen de las órbitas y cruzaban ambas manos implorando perdón. Ahora les hacía sentir miedo.

-¡Ven, tronco! ¡Nos piramos de aquí, tío! -pronunció el de pelo albino y ojos negros. Otra vez, West me había salvado con su también increíble poder. Gracias al íony de las ilusiones, aquella jaula de cristal y mi yo atrapado ahí dentro no habían sido más que una recreación falsa en las mentes de mis captores. En ningún momento fueron conscientes del intercambio y en ningún momento consiguieron detectarles, pues era capaz de alterar los sonidos, los olores, el tacto, el gusto y la visión; todo aquello que abarcara la mente. Para alterar el corazón ya estaba Kanaeda- ¡Kana, mándalos por ahí!

-Sí, jefe. -Sin tapujos, los mandó que saltaran por la ventana desde la planta más alta del edificio. Movidos por el miedo que les producía en aquel instante, corrieron despavoridos- Effen… que alegría verte. Seis años ya…

-¡Para mí han sido dos! Pero… también os eché de menos.

-¡Que sí, hombre! ¿Pero qué fue de las macizas de tus amigas? ¡Su virginidad me pertenece, lo tengo escrito en este papel! -Sacó una servilleta en la que claramente podía leerse “Entrego mi pureza y mi castidad a Westhen Lyric. Firmado, Ester y Marta Rodero Casquero”

-Que firma más falsa.

-¿Ah, sí? ¡Llévame frente a ellas y se lo preguntamos! -El puntapié que recibió en la espinilla lo dejó sin habla durante varios segundos.

-Ya te dije una vez… que te queda terminantemente prohibido acercarte más de dos metros a una mujer que no sea yo. -West se acercó a susurrarme.

-¿Sabes qué? Kanaeda estará buenísima, pero en la cama es más vaga… me toca a mí hacérselo todo. -Claramente, lo había dicho en un tono lo suficientemente alto para que la mujer pudiera escucharle. Le agarró del pelo y lo empotró contra la pared, atravesándola. Por desgracia para él, los íonys eran muy duros y aguantaban más que eso. Cogió un  ladrillo que se había desprendido de la pared y empezó a atizarle.

-¡No -ladrillazo- hables -ladrillazo- de ese tema -ladrillazo- con la demás -ladrillazo- GENTE! -El último que recibió debió matarle más neuronas que los anteriores, pues la cara de tonto que tenía al reincorporarse lo corroboraba.- ¡Estás sin civilizar!

-¡Joder, tronca… qué carácter! -Se quejaba. Ella tiró el ladrillo hecho añicos a un lado.

-Es culpa tuya, como siempre. -En aquellos momentos mi cara tal vez hubiera sido de asombro, pero ya estaba acostumbrado a su “relación de pareja”.

-Salgamos de aquí… antes de que me borre la memoria de un castañazo y no sepa por dónde volver. -Pidió West.

-¡Sí! -Pronuncié con alegría- ¡Tengo que ir al pueblo, como sea!

-¡Tranqui, colega! La ayuda ya salió hace unos días. Pero te aviso que tardará un poco más en llegar que aquel bicho.

-¿Cuántos van?

-¡Sólo ella! Como siempre, se negó a aceptar ayuda de nadie. Más bien, no quería que nadie la estorbara.

-No… ¿por qué tuvo que ir ella? Los va a traumatizar.

-Dijo que tenía una prima allí, que hacía mucho que no la veía. -Informó Kanaeda, lo que me pareció increíblemente raro. Me llegaban muchos nombres a la cabeza, pero ninguna de ellas se parecía en algo a la hermana de West, la que, sin lugar a dudas, ayudaría a los desprotegidos.

Ángel observaba la argentada, apoyado sobre la fría y apaciguable roca, pues a pesar de que la noche ya había caído el calor permanecía. Tanto las zarzamoras como el resto de la hojarasca, lucían grises bajo la atenta mirada del astro. Hasta las pedregosas paredes ganaban ese tenue brillo plateado, el cual no estaba siendo ocultado por ninguna nube de humo o contaminación carcterístico de las ciudades.

-Volvamos. -Se dijo a sí mismo, aún con los nervios recorriendo su cuerpo.

Apenas posó el pie en la tierra tras saltar la cerca, cuando un gran grito agudo y sonoro inundó sus oídos hasta ensordecerle. Como si recortara a un astado, se apartó, no sin salir herido, de la guadaña que cortó la carne de forma horizontal, aunque por suerte de manera superficial. Ahogó el grito y comenzó a correr por el camino que le devolvería a la charca, al cementerio, al pueblo. No se podía creer que aquel monstruo había estado esperando a que reapareciera para matarlo. La adrenalina volvía a inundar todos sus músculos; se agachó una vez para no ser decapitado y un estremecimiento le recorrió la espalda como si un cubito de hielo descendiera por esta, pues notó como el frío hierro de la guadaña segaba uno de sus largos mechones. El sonido de la hoz cercenando sus cabellos le produjo dentera, pero en aquellas circunstancias esos detalles no le importaban lo más mínimo.

Ambos, presa y víctima, atravesaban el camino con toda la velocidad de la que disponían. El monstruo iba arrollando y detrozando las paredes, pues no paraba de mover sus brazos de manera violenta y sin control. Mientras huía, Ángel se dio cuenta que acercarse al pueblo sería su perdición; si la criatura no había logrado alcanzarle era porque la oscuridad lo entorpecía. Las farolas iluminaban las calles… y en cuanto se acercara, también lo iluminarían a él.

Fátima apagó el cigarro tirándolo al suelo y lo pisoteaba mientras resoplaba. Miraba una serie de botones negros con pequeñas descripciones en letra pequeña. Rebuscó señalando con el dedo índice.

-Siempre me toca a mí hacerlo todo.

La luz abandonó Villavieja. El chico, jamás tan feliz en su vida, se alegró sin límites de lo que estaba sucediendo.

Había un uno por ciento de posibilidades de que esto ocurriera. ¡Bueno, no deja de ser una probabilidad matemática que debe tenerse presente. -Celebró en su mente.

El monstruo quedó completamente desconcertado y no paraba de gritar de rabia, por lo que Ángel aprovechó el momento para seguir corriendo. A pesar que su herida se mantenía sangrante, no la notaba, pues ya se sentía seguro y en casa. Tomó la curva hacia su derecha en dirección a la gasolinera. Cogió una piedra y la tiró en dirección contraria, para que se entretuviera buscándole mientras se ponía a salvo.

Corrió por la carretera y se adentró al pueblo por la segunda bifurcación, pues la desesperación le habría obligado a entrar por la primera y si el monstruo contaba con algo de inteligencia podría deducirlo. Cometió un error, que en el fondo le alegró. Una chica abandonaba su vivienda y cerraba tras de sí la puerta; le extrañó que la luz se hubiera ido en el mismo momento que dejaba su casa. Las farolas retornaron a su alumbrar. Fueron décimas de segundo lo que tardó en reparar en su amigo.

La joven le observó de arriba abajo, conmocionada. Sin camiseta, embadurnado de polvo y tierra, con los pantalones rasgados y el pelo alborotado. La joven de pelo castaño y mirada atenta se acercó.

-¿Ángel? -Preguntó con afán de saber- ¿Qué ha pasado? ¿Cómo vas así?

-¡Evita! ¿Qué ibas, al Castilla? -Disimuló como si no ocurriera nada, a la perfección, con una sonrisa en la cara. Ella solamente podía mirarle con la boca abierta.

-Pero- Un grito estremeció a ambos. Ángel ya conocía esa voz desgarrada por la rabia y el llanto, pero Eva no. Los nervios se adueñaron de ella en gran medida. En seguida oteó a todos lados para buscar algo que pudiera decirle de donde provenía aquel sonido, pero su amigo no lo recomendaba.

-Qué chungo ¿No? El ruido ese -intentaba bromear- ven, vamos, no le des más importancia -La empujó suavemente calle alante, con convicción. En todo momento la hizo caminar por delante de él, pues no quería que viese la gran herida que le recorría la espalda. En frío, ya notaba más el dolor.

-¿Cómo es que vas sin camiseta y lleno de mierda? -Hacía un esfuerzo por sonreír. Cualquier persona en el mundo, por poco avispada que fuera, podría darse cuenta que allí algo no iba bien. Y Eva, tonta, desde luego no era.

-Pues verás -Otro chillido, esta vez de triunfo, alertó a los jóvenes. Clavaron sus ojos al final de la calle, el cual les parecía infinito, sobretodo a la chica. Rugiendo con locura recorrió el asfalto, arrolló con violencia y Eva no pudo retener el grito. Esta vez, Ángel se dio la vuelta y se puso frente a ella, de escudo humano. Se acercó tanto a la chica en un afán de protegerla que manchó su ropa con la sangrante herida- es culpa de este.

-¡Ángel! -gritó tapándose la boca con ambas manos. Apretó tan fuerte que le dolieron.

Antes de poder recorrer media distancia que los separaba, frenó en seco y comenzó a desintegrarse. Cayó de rodillas, si es que acaso se podía usar ese nombre con sus extremidades, y el ruido fue sordo pero tranquilizador. Tras desaparecer, la mujer que lo había abatido sonreía a los perseguidos, con tristeza. Se acercó caminando lentamente.

-Malditos bichos, ya no dejan cenar a una. -Bromeaba Alexandra a su pesar- ¿Estáis bien?

-¡No, Ángel no! -En seguida alertó Eva. Ángel también sonreía, pero con sosiego y paz. No le importaba estar herido; al fin y al cabo se mantenía con vida. Aquel había sido el día más largo de su historia.

-Si me invitas a cenar algo, de lujo. -Propuso el chico.

-Que no, que vamos a curarte esto. Tonto. -Se quejaba Eva abrazándole. Reía con ganas y feliz.

-¡Estoy en vuestras manos, entonces! -Se rendía a la calidez de los sentimientos de Eva.

Los penetrantes ojos de Alexandra intercambiaron miradas con los de Ángel. Con sólo cruzarse, obtuvieron cantidades ingentes de emociones, pensamientos, advertencias… ambos entendieron al unísono. El chico asintió con la cabeza y su amiga sonreía satisfecha.

-Esto no ha hecho más que empezar. -Susurró a los oídos del chico.

A pesar de que no entendían nada, aún menos Eva, decidieron no hacer preguntas. Ahora importaba la salud de su amigo.

Villavieja dormiría tranquila una noche más, ignorante del aciago destino que le esperaba. Aunque, aquellos jóvenes guerreros e íonys, no permitirían que nada malo le sucediera a su amada aldea. Y la ayuda iba en camino.

4 de Agosto – Inseguridad

La casa de la abuela de Elena se había convertido en el nuevo cuartel de operaciones.

Estaban agotados, frustrados, doloridos y tenían miedo. Calzada, Elena, Santi y Fran compartían información e intercambiaban opiniones acerca de lo que estaba aconteciendo en Villavieja. Tal y como Maxi había pedido, no se demoró en preguntar todo lo que quería saber.

-¿Qué es él? -Comenzó por lo que consideraba primordial.

-Pues se hacen llamar íonys. En realidad, la palabra íony son siglas que significan algo, pero no lo sé, nunca me lo dijo. Cada uno tiene un don, más débil o más fuerte, eso depende mucho del árbol genealógico, me dijo Maxi. Cuantos más íonys puros haya habido en la familia, más poderosas serán las generaciones venideras.

-¿Puros? ¿Cómo…

-Verás -intervino Elena- el gen íony ese se propagó por la humanidad de un mundo que se llama Amast. Al principio, las personas solo se hacían más fuertes, más rápidas y más inteligentes, pero aquel poder fue en aumento. Se les llama íonys puros a los que tuvieron descendencia entre ellos; los que formaron familias con humanos crearon un tipo de híbrido, más fuerte que el humano y más débil que el íony. De ahí comienza todo esto.

-Así que, imaginemos a un niño íony y a un niño mezclado. -Intentó aclararse Fran, sabía que aquello era el principio de algo mayor- Las generaciones venideras del íony irían aumentando de poder, mientras que las de los híbridos disminuirían.

-Sí. Unos desarrollaron un poder muy superior y las otras quedaron obsoletas. De hecho, solo cinco familias de íonys puros prevalecen aún hoy. Maxi es de una de ellas.

-Así que él es un íony fuerte.

-Sí. Y nosotros en breve también lo seremos. -Dijo Santi aportando algo a la conversación. Fran lo miró con escepticismo. Habían olvidado ese detalle- ¡Uy, es verdad! Pues mira, cuando permaneces cerca de un íony mucho tiempo, tus células mutan y cambian para mejor.

-Pero si un íony maneja el fuego no significa que tu vayas a obtener ese poder por pemanecer mucho tiempo a su lado, simplemente ganarías en facultades físicas y psíquicas. -Puso Calzada el ejemplo que le había dado Maxi dos días atrás.

-¡Evolucionamos, como los Pokémon! -Bromeaba Elena. Los demás sonreían.

-Estaba pensando -siguió Fran- si es tan fuerte, ¿por qué luchar con una espadita?

-Dice que a lo mejor le estaban vigilando y que no quería usar su as en la manga. A mí me dijo eso, vamos…

-Sí, pero… lo estaría ocultando por cautela. Ayer, cuando luchábamos los dos, parecía que lo ocultaba por miedo. ¿Creeis que puede suceder algo si utiliza su poder, que puede haber un precio por usarlo?

Aquella idea les había dejado bastante pensativos. No esperaban que Maxi les hubiera engañado, no tenía sentido ocultarles algo en aquella situación. Tal vez sí fuera cierto y no solo acarreara el cansancio, sino algo más, usar su poder.

Alguien abrió la puerta de la casa.

-Fran, no digas nada. -Le dio tiempo susurrar a Elena. El nombrado comprendió.

Ángel se adentró hasta el salón y oteó de un vistazo la estancia. Esta vez, Elena si tenía el ordenador sobre sus rodillas y estaba viendo fotos, como de costumbre. Calzada también sonreía, sentado a su lado, señalándole a veces alguna imagen que le llamaba la atención. A Santi lo veía normal, riendo de alguna gracia que le hacía Calzada, pues éste se daba cuenta que debía parecer natural. Sí le extrañó la presencia de Fran.

-Buenas. -Saludó el de tez morena. Jaime, que se adentraba en aquel momento, no tardó en secundar el gesto de su amigo.

-Pues quedamos en eso, Calzada. El fútbol para otro día. -Disimuló a la perfección el de pelo rizo- Venga chavales, ya nos vemos. -Se despidió también de los recién llegados.

Entre risas y bromas, se colocaron en el sofá, no sin discutir, a su libre albedrío. Como siempre, Elena y Jaime comenzaron a intercambiar palabras con el mayor sentido peyorativo posible, aunque bromeando. Otras veces, Ángel hablaba con su mejor amigo de sus cosas; Elena se metía con Calzada y le pegaba; Santi se reía de ellos y animaba las discusiones… aunque en su cabeza había muchas preocupaciones y dudas que querían ser resueltas.

Había una pregunta, en concreto, que se alzaba por encima de todas las demás: ¿Se lo decimos?

Era injusto no informar a sus dos amigos del peligro que habitaba en Villavieja. Si atacaran el pueblo, aunque pudieran defenderlo, cabía la posibilidad de que no pudieran salvar a todos los aldeanos, por lo que sería idóneo informarles de todo aquello. Pero se hacía muy pesado, informar e informar sin parar, de cosas que nisiquiera ellos mismos entendían aún; ya bastante tenían con lo que Fran les había contado, la desaparición de Maxi. Su amuleto, aquello que les hacía fuertes, se había esfumado. La seguridad que tenían depositada en sí mismos había desaparecido casi por completo, pues no se veían capaces ellos solos de derrotar a aquellas criaturas tan poderosas y sagaces. Deseaban con todas sus fuerzas que aquellos ataques fueran menos frecuentes o que cesaran por completo, aunque sabían que aquello no iba a ocurrir. El objetivo ya no era Maxi, si no ellos.

Abrí los ojos y me reincorporé. Sentía dolor por todo el cuerpo y apenas podía discernir los objetos que mis ojos captaban. Aquello era incómodo, oscuro, pero no estaba húmedo, por lo que pensé que no sería una celda. Escuchaba conversar a un hombre y a una mujer, jóvenes a mi entender.

-Pobre lámpara. -Le dijo ella al chico. Él resoplaba de vez en cuando, por lo que pensé que se podía tratar de un fumador- Fíjate, está sucia y la bombilla se ha fundido. Debe sentirse muy triste.

-No es más que una lámpara, mujer. Un objeto sin vida.

-Dime, Garanth, si ese Dios del que todos hablan existiera… ¿por qué crees que creó la lámpara?

-Para dar luz, ese es su cometido.

-Exacto. Pero, entonces, ¿por qué crees que te creó a ti o a mí? Todos tenemos un objetivo, ¿cierto?

-Claramente.

-Y si supieras cual es tu cometido… ¿no serías feliz cumpliéndolo? ¿No te satisfacería cumplir con éxito la única tarea que se te ha encomendado? Esta lámpara, lo único que le da sentido a su vida es alumbrar; por eso, cuando está sucia la limpio… y cuando no puede dar luz le cambio la bombilla. Así su vida, su existencia, vuelve a recobrar sentido y es feliz. -El hombre, Garanth creí haber escuchado, sonreía con ganas.

-¿Por qué tanta empatía por un objeto sin vida? No lo comprendo. Aunque… siempre fuiste muy rarita para esas cosas, Idún.

-¿Por qué no mostrar empatía? Al fin y al cabo, esa lámpara y yo estamos compuestas de lo mismo.

La puerta que daba a aquella habitación se abrió, por lo que supe que yo estaba en una especia de cuarto anexo. Aquello no era de piedra o tenía barrotes de hierro, como en las películas, sino que era una habitación a oscuras, pero vacía. La siguiente en ser abierta fue la de mi habitáculo; la luz me cegó con fuerza, pero en seguida me acostumbré. Mi otro yo miraba apoyado en la pared a que me despejara con una amplia sonrisa. En seguida me levanté y me puse erguido; me esperaba cualquier reacción. Entonces él intentó calmarme y habló.

-Solamente quiero que veas una cosa. Ven. No has de hacer más que salir de aquí. -Con un gesto de la mano me invitó a salir. Puesto que estaba esclavo, aunque no lo pareciera, no tenía más remedio que obedecer.

Lo que vi a continuación me sorprendió, pero ínfimamente. Eran aquellos dos que conversaban segundos atrás, que ahora me miraban.

-¿Les notas algo raro? -Me preguntó sabiendo que la respuesta era obvia.

-Su piel… es gris, como las cenizas, casi negra.

-¿Y tienes una ligera idea de por qué?

-No, no lo sé. Ni un atisbo.

-Eso pensaba. Sígueme.

Abandonamos la habitación. Nada más salir me fijé en aquel lugar: pasillos enormes, estancias cada diez metros, techos altos, grandes ventanales… aquello parecía una academia, una escuela. Yo estaba cabreado. Si había llegado hasta ese lugar no era para dar un paseo con el que sería, en aquellos momentos, mi mayor enemigo.

-Paciencia, pronto tendrás lo que quieres. -Pareció leer en mí.

-Estos cortes… no me los has hecho tú. -Me fijé que eran demasiado estrechos y cortos, aquello no podía haberlo ocasionado una espada.

-Exacto. A la persona que te hizo eso, es a la que quiero presentarte.

-Mientras me llevas y no podrías contarme que son ellos.

-Son creaciones mías. -Contestó al instante, con ningún sentimiento en particular- Verás, yo no soy el que te envía esos monstruos malformados y subnormales. No son más que experimentos de un científico que se cree mejor que nadie. Tú ya sabes cómo de fuerte es un Claro de verdad. Su coraza es blanca, inexpugnable, los hace imperecederos. Cuando miras sus ojos, la cosa que más temes en esta vida se materializa y te hace temblar de terror. Y, si por suerte o milagro consigues derribar esa muralla blanquecina que les rodea, su verdadera forma aparece; sombras, destrucción, caos… es imbatible.

-Sí, pero cuando destruyes su coraza se quedan inmóviles y doloridos, por lo que puedes destruir la oscuridad que hay tras el caparazón antes de que reaccionen.

-Exacto. Y ése es el fallo que yo acabo de arreglar ¿Ahora comprendes por qué ellos tienen la piel como el azabache?

-Proceso inverso.

-Sí. -Sonreía con orgullo- Mientras la oscuridad mutila y destruye todo cuanto toca, el enemigo gasta todas sus fuerzas y usa todos los trucos posibles. Para cuando consigue acabar con la oscuridad, si es que puede,  está agotado, por lo que la luz, esa luz impía y falsa de los Claros, que los rodea les hace inmunes a todo el daño. El Claro está protegido y el enemigo exhausto, lo que significa la muerte inmediata.

-¿Y quieres probar uno de esos conmigo?

-No. Con tus amigos.

Antes de poder asestarle un puñetazo en la cara, algo me agarró con increíble poderío. Era tal la fuerza que sentí que podría romperme el brazo sólo con mover su cuerpo por descuido.

-No era necesario Redan. Aun así, gracias. Como puedes ver -seguía hablando- cada uno tiene una cualidad. A Redan lo hice fuerte, a Garanth inteligente y astuto, a Idún le otorgué sentimientos muy cálidos y a la nueva la hice veloz y sanguinaria. De momento es mi favorita, deberías verla. Fue la que te hizo todo aquello. -Señalaba las heridas de mi cuerpo- Ya he mandado un Claro de estos que te he dicho a tu querido pueblo, hace una hora; pero no temas, en este mundo ya sabes que el tiempo trancurre más rápido que en la tierra. Tal vez, hasta les dé tiempo a ser un poco más expertos. Puede que sobrevivan y todo.

-Aún no comprendo qué quieres de mí.

-Pues quiero de ti lo que quería de Kyanoreh. Y seguramente te haga a ti lo mismo que le hice a ella.

-¿Atravesarme el cuerpo con la mano y arrancarme el corazón? -Recordé a la perfección, como si estuviera volviendo a vivir esa parte de mi memoria. Jamás podría olvidar la mirada de melancolía de aquella mujer, que no era más que la reencarnación de mi otro yo- Si quieres mi poder te lo doy, no lo quiero para nada. No me trae más que dolor.

-Lo que acarrea un gran poder es una gran responsabilidad. No es que solo te cause dolor, es que no quieres ser responsable de todo lo que puede ocurrir por tenerlo.

-¡Yo no lo pedí! -Redan abrió la boca levemente impresionado. Esa frase le había llegado muy dentro, pues había sido como escucharse a sí mismo en cada conversación que mantenía con Ethren- ¡¿Por qué tengo que aguantar todo esto?! Guerras, ataques, sufrimiento, miedo… ¡Quédatelo, no lo quiero! -Le solté con rabia. Parecía satisfecho.

-Usaré tu poder para un último experimento. Está aquí mismo, ya hemos llegado.

Con ambas manos, separó las dos puertas que daban a lo que sería un gimnasio. El eco, propio de un lugar así, retumbaba por la estancia de forma amenazadora. Se oían gemidos, golpes crueles, maquinaria y utensilios… aquello parecía un laboratorio. Miré en seguida a una dirección en concreto, pues me llamó la atención ver el cadáver que allí estaba tendido.

-Kyanoreh.

-Eso es, Effen. Haré un Claro de ella y le daré tu poder. Tú morirás y… ¡todos contentos!

-Sí, sobretodo yo. -Me atreví a bromear- Estos claros que has creado antes eran humanos.

-Decidí no quitarle sus recuerdos. Quiero que tengan algo por lo que luchar, algo por lo que morir. Así serán mucho más fuertes; no podrán sentir, pero podrán recordar qué se sentía.

-Es cruel.

-La vida en sí lo es. A mí no me eches la bronca por eso.

Mientras, en la habitación anterior, Idún terminó de limpiar y se acomodó en un sillón, al lado de Garanth. Se llevaba la mano a la frente, desilusionada y con la mirada perdida. El chico tenía el cenicero lleno de cigarros, pero aun así encendió otro. Un desconsolado Jonatan se adentró en la estancia. Ambos le miraron con indiferencia.

-¿Qué tal la tarde, tío? -Preguntó con la voz temblorosa. Se limpiaba los ojos con la manga de la chaqueta.

-Venga ya, ¿seguías llorando? Creéme que la ha ayudado.

-¡Pero cómo dices eso, joder, Garanth! Es mi hermana.

-También es mi novia.

-¡No empecemos! La ha convertido en un bicho de esos, como vosotros, cago en dios. Ahora fijo que destiñe y todo. -Garanth soltó una carcajada sonora.

-Sólo es un color. ¿Qué mas da que tenga la piel como las cenizas? Tú eres el único que sigue siendo humano, podrías sentirte orgulloso.

-Que me la suda, tío. Dame un piti, que tengo un mono… -Apenas acertó a meterse el cigarro en la boca y a encenderlo- Es un bicho cojonudo, la otra.

-Bueno, al menos ya no te insultará ni te dirá que te odia.

-Pues como te pasó a ti cuando te hiciste así, capullo.

-Si, por suerte para ti ya no tenemos sentimientos. Bueno, Idún sí los tiene; incluso recuerdo cómo era, pero ya no lo siento, así que me da igual.

-¡Cállate anda, déjame en paz de paranoias! Me duele la cabeza cada vez que os escucho hablar.

-Jony -habló ahora Idún- ¿por qué no te haces como nosotros? Es una gran oportunidad.

-Que no, Idún, tronca… -Guardó silencio. Los otros dos también decidieron no hablar más del tema.

Fran llamó al timbre de la casa y en seguida fue atendido. Apartó las grandes berjas de hierro de color negro para adentrarse en casa de su mejor amigo, el cual ya esperaba en el salón, poniéndose unas zapatillas.

-Iván. -Llamó Fran con seriedad. El nombrado le miró con sus grandes ojos castaños, preocupado. Le respondió mientras ataba los cordones y se colocaba la cresta en el pelo.

-¿Qué pasa? -Dudó entonces si debía contárselo. Sabía que tarde o temprano lo terminaría haciendo, pues no podía ocultarle algo tan grave; aparte, su amigo le notaría algo raro en seguida. Decidió rápido.

-Vamos a dar una vuelta, al pabellón.

-¿No quieres ir a las piscinas? Echamos un futbolín, hombre.

-No, no. -Sonreía Fran- No es que no me apetezca.

-¿Fútbol?

-¿Si ya sabes que me pasa algo por qué te haces el tonto? -Decía todavía con una sonrisa.

-Para ver qué decías. -Secundaba él ahora.

-No vamos a jugar a nada. Es bastante serio.

-Eso parece, sí.

-Venga, vamos. Te contaré algo por el camino. -Se levantó del sofá al oir la petición de su amigo y marcharon.

Eran ya las ocho de la tarde y los cinco estaban sentados en la terraza del Castilla, el bar de Fátima y Candi. Ángel y Jaime tenían puesta la música del móvil a un alto volumen y cantaban las canciones, mientras que Calzada, Santi y Elena hablaban de los futuros planes de las ferias.

-Sí, pues a este paso no sé qué ferias vamos a tener, porque como sigan apareciendo bichos de estos… -Se apenó Santi.

-Sí, los cojones. -Se quejaba Calzada- A mí, ni los bichos ni nadie me joden las ferias. Cago en dios.

-Di que sí Javi, les metemos dos hostiacas y que se larguen de aquí. O les invitamos a un par de copas y les vestimos con camisetas de la peña a ver si se animan. -Reían los tres de la broma de Elena.

-Oye, ¿qué sobrados vamos, no? Aquí, bromeando con los monstruos esos. -Se fijó Santi.

-Si es que son feísimos, la virgen.

-Pues como tú, Javi. -Reía la chica.

-Maldita amarilla. -Antes de terminar la última sílaba de la palabra ya había recibido tres golpes sucesivos en el hombro. Después un pellizco- ¡AH! ¡Pero como eres tan put-

-¡Tú vuelve, ya verás! -Sonreía con malicia.

-Jaime. -Llamó Fátima, que salía del bar. El nombrado bajó la música- Tu hermano pasó hace nada por aquí, me preguntó que si te había visto. Mira ver que a lo mejor te anda buscando.

-Hostia. ¿Me acompañas, tío? -Pidió a Ángel.

-Claro, venga vamos.

Ambos dos montaron en sus bicicletas y marcharon por la calle que daba al almacén del bar. La mujer, con el cigarro en la mano, se sentó en una de las sillas que ya no estaban ocupadas y miró a los otros tres chicos, los cuales guardaban silencio.

-¿Qué pasa, Fati?

-En cuatro minutos vendrán dos grupos  de monstruos. -Dijo como si de una conversación normal se tratara- Aparecerán en el pabellón y en el frontón viejo. Son idénticos a los que habéis visto anteriormente, así que se supone que podréis con ellos de sobra. Pero lo peor está por llegar, así que como no os preparéis me temo que no sé qué será de Villavieja.

-¿Cómo sabes todo eso? -Preguntó Calzada impresionado.

-¿No ves que el diablo sabe más por viejo que por diablo? -Bromeaba- También sé que Maxi se fue ayer, pero volverá sano y salvo. Bueno… eso no lo sé con certeza, pero lo espero de él. Al fin y al cabo, es el íony más fuerte del mundo. Venga, no perdáis el tiempo. Marchad.

-Voy al pabellón. -Dijo Elena decidida. Ambos chicos, en un actorreflejo la agarraron del brazo.

-¡No, tú sola no!

-¡Javi! -Le miró con furia. Se sentía igual de capaz que ellos dos para defender el pueblo y las personas que quería. En aquello, no importaba ser hombre o mujer- Debería ser yo la que te dijera eso, te saco tres años por si no lo recuerdas.

-Voy contigo -Pidió Santi.

-Fran está en el pabellón. -Los tres chavales quedaron impresionados una vez más. ¿Qué había estado haciendo Fran desde que había abandonado la casa? ¿Y qué hacía ahora en el pabellón?

-Voy sola entonces. Id vosotros al frontón viejo.

Sin mediar más palabras, marchó corriendo de la calle de los bares. Fátima animó a los dos chavales que se habían quedado parados mirando a Elena, cantando aquella canción que decía “las chicas son guerreras”. Corrieron en dirección contraria, rumbo a la ermita, preocupados por la chica. Tres personas miraban desde lo alto de la iglesia, sin mediar palabras, a los dos  novatos que avanzaban a gran velocidad.

-Ya van haciéndose íonys. -Se fijó la chica. Un cierto orgullo le recorría el cuerpo cada vez que veía a los chicos, más fuertes, más rápidos, más astutos- ¿Cómo lo llevan Fran y Mesi, JR?

-A ver. -El nombrado agarró el aire como si una cremallera de una chaqueta se tratara y tiró para abajo con la mano. Una brecha en el espacio quedó abierta, deformando la realidad, e introdujo media cabeza dentro. Podía ver a Fran, sosteniendo la espada, enseñando a su amigo Iván tácticas y trucos para el combate. Su amigo sostenía un palo a modo de espada y a veces intercambian de arma para que se adecuara al peso de la misma. JR sacó la cabeza de aquel vórtice y lo cerró con sólo pensarlo- Ya no está contándole lo de los íonys, ahora está enseñándole a luchar.

-No pierde tiempo este Fran ¿eh? -Reía la chica- Gracias por la información, íony del espacio y las dimensiones.

-Nada, mujer, para eso estoy. Para eso y para ir de fiesta. -Decía serio el chico, pero los otros dos se lo tomaban como una broma.

-¡DIOS! ¡NO! ¡YA VIENE! -Gritó la mujer. En seguida se tapó los oídos.

-¿El qué? -Preguntó el otro chico, rubio de ojos castaños.

La campanada que dio el reloj de la iglesia los dejó semiinconscientes y les hizo perder el equilibrio durante milésimas de segundo. Casii se caen de lo alto de la iglesia, pero la chica los sujetó.

-Buff… Gracias Alex.

-¡Pero cómo que gracias! ¡Joder, Alvarito! -Bromeaba JR- Mira que te lo decimos siempre: “Adelanta un minuto el reloj cuando esté a punto de tocar, que así no suena” pero ni caso.

-¡Claro, no tengo mejor cosa que hacer que estar pendiente de la hora que es a cada segundo del día!

-Pues sí. ¡Tú manejas el tiempo, hombre, que no se diga! Cuando queréis bien que me pedís “Sergio, llévanos aquí. Sergio, me dejé en casa la cámara; cógela, que con alargar el brazo llegas. Sergio, ya no queda alcohol en la peña, entra al almacén ese y roba un poco”. Me estáis corrompiendo.

-¿A ti? -Reía Alexandra- Oye, llévanos con Calzada y Santi. Luego vete tú con Elena.

-¿Ves? Voy a empezar a cobrar por los viajecitos interdimensionales. -Los agarró a los dos por los hombros y les dio un empujón. Caían desde lo alto de la iglesia- ¡A la noche quedamos! -Antes de estrellarse contra el suelo, ambos gritaron a la vez:

-¡HIJO DE PER-

Atravesaron el suelo y cayeron de culo en el cemento del frontón viejo. Abrieron la boca doloridos, apretando con la mano en la zona de la rabadilla. Su cara de sufrimiento loo decía todo.

-Lo mato… te juro que me lo cargo. -Juraba Álvaro- Fijo que ahora se está partiendo el culo.

-¿Más que nosotros? Imposible. -Reía la chica a su pesar.

JR seguía riendo en lo alto de la iglesia. Después de varios segundos, se calmó y se dispuso a usar su poder de nuevo, esta vez para teletransportarse a sí mismo y llegar al pabellón, junto a Elena. No podía evitar recordar la cara de terror de sus dos amigos.

-¡Mu bueeeno! -Después de otra carcajada más desapareció.

Frenó justo después de atravesar el parque. Tal y como había predicho Fátima, allí estaban esos monstruos a los que Maxi había llamado Claros. Elena los miró cauta; en seguida se fijó que el objetivo era ella y se puso en guardia. Alargó la mano para materializar su espada y clavó sus ojos en el enemigo; estaría atenta a cualquier gesto que hicieran a partir de ese mismo instante. Rugían e intentaban intimidar a la chica con todo tipo de jugarretas, pero no lo conseguían, a pesar de que medían dos veces su estatura. Aquel encaramiento con su amigo le había dado valor y fuerza para enfrentarse a lo que se le pusiera por delante.

Uno de los monstruos, más atrevido que el resto, se acercó a ella para provocarla. Hacía gestos raros y afilaba las guadañas que sobresalían de sus antebrazos.

-No te tengo miedo. -Pareció entender esas palabras y, con lo que pareció una risa de triunfo, el monstruo cargó contra ella él solo. A Elena le bastó con dar una vuelta sobre sí misma para rajarle de un sablazo la barriga y posicionarse detrás de él para apuñalarle la espalda. Cayó muerto.

Sin saber muy bien por qué, aquella espada parecía atravesar esa carne, metal, o cosa de la que estuviera compuesta esos monstruos, pues ella misma no se veía lo suficientemente fuerte como para atravesar ese cuerpo acorazado. Victoriosa de su primer encuentro, se apostó de nuevo frente al resto de enemigos, segura de sí misma. Si pelear contra uno no había supuesto ningún esfuerzo, pensó que acabar con varios de ellos a la vez solo requeriría un mínimo de cuidado por su parte.

-Vamos, no tengo todo el día. -Provocaba ella ahora. Y funcionó. El resto de enemigos se lanzaron a la vez a por ella.

Se agachó para esquivar al primero. Realizó el amago de reincorporarse, para engañar al siguiente, pensando que podría cortarle la cabeza, pero se agachó aún más y después paró un ataque dirigido por la izquierda. Cortó el tobillo del primero, apartó al último que había intentado golpearla y saltó atrás dando una voleterta en el aire para colocarse en el cuello del segundo, agarrándose con ambas piernas.

-¡Cómo mola! -Dijo mientras apuñalaba el cuello de la calamidad. Se impulsó en los hombros del que caía muerto y se posó de pies varios metros atrás. JR miraba sentado en el cielo, en ninguna parte, impresionado. Jamás había visto a alguien acabar con un monstruo con esa facilidad y sin ningún remordimiento, aunque en el fondo pensaba que aquello era como romper un peluche.

Fue ella la que cargó. Aquellos monstruos temían el filo de la espada, por lo que cada vez que la veían acercarse se protegían con las hojas de sus antebrazos. Aquellos Claros habían subestimado al enemigo, pues Elena resultó ser rápida y certera en cada golpe, estocada o tajo que llevaba a cabo. Tras acabar con otros dos, los tres restantes la atacaron a la vez; no le dio tiempo a esquivar, por lo que interpuso el arma entre su vida y el arma enemiga. Las tres hojas golpearon su arma con fuerza inusitada, lo que la hizo retroceder varios centímetros. Un dolor en los hombros la invadió, un dolor intenso que abrasaba su cuerpo. JR se percató en seguida y metiendo las manos en un vórtice de los que podía crear sacó sus armas. Estaba dispuesto a atacar cuando se fijó que Elena hacía retroceder a los monstruos.

-¡Fuera de mi pueblo! -Apartó a los Claros y de una estocada horizontal, el filo de su espada liberó un flujo de sombras que los golpeó, estallando en miles de susurros amenazantes de voces que no tenían dueño. La chica observó su arma intrigada, pues no se creía lo que acababa de hacer. La oscuridad devoraba, como un ejército de termitas, la coraza y el interior de aquellos seres rápidamente. Cuando ya no quedó nada, se disipó como el humo de un cigarro hasta desaparecer.

Tanto el espectador como ella se quedaron impresionados.

-¡Eh! -Llamó Fran desde el camino que daba al pabellón. Elena los miró a ambos; tenían heridas por todo el cuerpo y estaban agotados. En seguida se acercó a ellos.

-¿Estáis bien?

-Y tú, ¿necesitas ayuda?

-Que va, ya me los cargué. Ya no quedan ¿no?

-¿Tú sola? -Preguntó Iván. Fran y él miraron los cuatro cadáveres de los Claros que iban desapareciendo lentamente. No se podían creer que Elena pudiera ella sola contra todos ellos.

-Nos hemos cargado Mesi y yo a dos… y míranos. -Elena se fijó que Iván también tenía una espada. ¿Podría crear ella una espada y dársela a alguien y después invocar otra completamente nueva?- Escucha, le di mi espada y pude coger otra, no pensé que funcionaría.

-En eso estaba pensando… Tenemos que ir al frontón viejo, están allí Calzada y Santi. No creo que les pase nada, pero…

-¡Bien, vamos! -Apremió Fran.

Los dos chicos estaban pegados espalda con espalda, mirando a su alrededor todo lo que se movía. Santi había parado un par de golpes y la herida se le estaba abriendo, la sangre brotaba levemente pero sin pausa. Calzada se maldecía a sí mismo por haberle ocasionado aquella herida tan grave a su amigo.

Un grito les alertó que se avecinaba el ataque. Agacharon los dos sus cabezas para librarse de la guillotina, pues era así como atacaban aquellos monstruos, y cada uno intervino  por un lado para frenar acometidas y puñaladas. Santi cedió ante la fuerza de uno de los Claros y recibió un corte en el pecho, que se cruzaba con el que le había ocasionado su amigo por error de manera simétrica. Aguantó un gemido de dolor; Calzada no se había enterado por lo que no quería preocuparle más ni causarle más remordimientos. Dio una vuelta sobre si mismo, apartó con fuerza ambos brazos del enemigo y lo cercenó por la mitad. Cayó con un sonido sordo.

Los demás enemigos, al notar débil al otro, dejaron de prestar atención a Javi para acabar con al menos uno de sus objetivos. Los cinco embatieron al unísono, tan rápido que a Santi no le daría tiempo ni a pensar cómo reaccionar.

-¡Álvaro! -Alertó Alexandra. Con un chasquido de sus dedos,  todo comenzó a descender de velocidad.

Alexandra parpadeó más lentamente; más lentamente se movían las nubes, viajaban los pájaros. Incluso los coches, a pesar de marcar los cien kilómetros por hora, parecían no ir más rápido que a diez. Las nueve campanadas del reloj de la iglesia se hacían eternas, el ruido se distorsionaba y se hacía grave; el humo del tabaco de los bares parecía una danza hipnótica, el líquido que caía en los vasos de tubo parecía espeso como la miel. Pero Calzada y Santi podían moverse igual de rápido.

Ni siquiera se fijaron que todo aquello transcurría más lento, pues ambos estaban demasiado concentrados en no acabar muertos. Todo aquello terminó en un segundo. Santi se apartó de aquel ataque tan demoledor y Calzada apuñaló rápido a dos de ellos. Los tres restantes lo atacaron de forma continuada hasta que lo hicieron caer, pero en lugar de rematarlo se centraron en acabar con el malherido. Como había pasado con Elena, Santi interpuso su arma entre su vida y aquellas hojas tan afiladas que querían arrebatársela, con esperanzas de que pudiera retener aquellas fuerzas tan colosales.

Las frenó. Sintió como la sangre abandonaba su pecho, como el dolor en los hombros, brazos y muñecas se expandía por todo su cuerpo; él no quería morir allí.

-¡Santi! -Gritó Calzada.

-¡Santi…! -Susurró Alexandra.

-¡Joder! -Gritó con fuerzas. Los apartó a los tres e hizo descender su arma con fuerza y velocidad.

Elena, Fran e Iván frenaron en seco y abrieron la boca exageradamente al mirar en una dirección en concreto. En alguna parte de Villavieja, precisamente en la que pensaban ellos, un rayo de sol caía fulgurante y prístino. Escucharon gritos violentos que cedían gradualmente hasta desaparecer; los monstruos habían caído, calcinados, seguramente, por aquel rayo de sol concentrado y abrasador.

Aquella luz se fue. Santi cayó al suelo inconsciente y Calzada corrió a socorrerle, con la boca abierta; sabía que aquel poder provenía de su amigo, no le cabía la menor duda.

-Alexandra -Susurró JR que ya estaba a su lado- ¿lo usó? -preguntó.

-Sí, míralo. -Álvaro estaba inconsciente, descansando en el suelo- ¿Cómo puede cansarle tanto ralentizar el tiempo durante un segundo?

-Pues porque no sabe hacerlo sobre una zona en concreto. Frena el universo entero. -La chica lo miró con ojos grandes, anonadada. Después miró al inconsciente con miedo.

-Que poder…

-Ahora estará sin moverse dos días o así. Una vez estuvo un mes entero.

Se llevó a Álvaro al hombro y atravesando las dimensiones lo posó en la cama de su habitación. Lo dejarían ahí hasta que despertara.

-¿Y su familia que pensará?

-Que está durmiendo la siesta. Digo yo.

-¡Y si no despierta durante una semana también, es porque duerme la siesta ¿no?!

-Ya se nos ocurrirá algo. Vámonos.

Abandonaron el frontón viejo. Elena, Fran y Mesi llegaron en seguida y de lejos pudieron observar a los dos malparados chavales. Los ojos de Calzada sólo podían mostrar preocupación por su amigo, el cual descansaba en el suelo no tan frío del pabellón.